Ocurre con muchos casos de diferentes ámbitos informativos. Durante un tiempo llenan las portadas porque parecen lo más relevante que sucede pero con el tiempo desaparecen de las primeras páginas y acaban apagándose en una larguísima batalla judicial que a buen seguro se resolverá demasiado tarde. Esto es, a grandes rasgos, lo que está pasando con el caso del vertedero de Zaldibar.

El derrumbe de miles de toneladas de escombros, ocurrido el 6 de febrero de 2020 en el ya célebre vertedero, provocó un seísmo en la política vasca sólo unas semanas antes de la fecha prevista para las elecciones autonómicas. Errático, el lehendakari, Íñigo Urkullu, tardó en reaccionar y mostró un nerviosismo propio de quien está superado por los hechos. La oposición le acusó de "falta de empatía" con las víctimas (Alberto Sololuce y Joaquín Beltrán). Una de las familias de los dos desaparecidos bajo los escombros mostró su desagrado con la gestión del suceso.

La crisis derivada de la tragedia prometía marcar la campaña, pero entonces llegó la pandemia y el caso simplemente se esfumó. Ahora, quince meses después del derrumbe, el caso vuelve a escucharse porque el Gobierno vasco anunciaba este viernes que dejaba de buscar el cuerpo de una de las dos víctimas mortales. Pero la realidad es que la tragedia de Zaldibar ya llevaba un tiempo fuera de los focos. Esa misma realidad, dura como la roca, demuestra que ni queda descanso para las familias ni hay responsables políticos de lo sucedido, como informó Vozpópuli al cumplirse un año de lo sucedido.

"Errores"

En su día este caso del vertedero de Zaldibar generó mucha polémica por la actuación del Ejecutivo vasco. Por la magnitud del suceso, por la fuerza de las imágenes, por el impacto ambiental generado y también por los clamorosos errores en la gestión que denunciaron los afectados. Tiempo después el lehendakari admitiría equivocaciones durante una tensa comparecencia en el Parlamento vasco. No es casualidad, de hecho, que fuera el propio Urkullu quien comunicase el pasado jueves a la familia la decisión de finalizar los trabajos de búsqueda de Joaquín Beltrán.

La caída de 700.000 toneladas de escombros de un vertedero que almacenaba más basura de la que debía almacenar, que medía mal la contaminación o que almacenaba residuos con amianto no causó dimisión alguna en el ámbito político

En todo caso, por ahora no hay culpables políticos de lo sucedido. La caída de 700.000 toneladas de escombros de un vertedero que almacenaba más basura de la que debía almacenar no causó dimisión alguna en los responsables de vigilar que cumpliera la normativa. Tampoco que la contaminación que generaba se estuviera midiendo de forma defectuosa durante años. Ni que las licencias de uso no se cumplieran de forma estricta. Ni que el basurero llevase años almacenando residuos con amianto pese a tenerlo prohibido. Ni siquiera los citados errores de gestión posteriores a la tragedia. Nada de nada en la vertiente política. Ni un responsable.

Verter vs. Gobierno vasco

La versión del Gobierno vasco de PNV y PSE es que fue un accidente. Y que la responsable de todos esos errores previos y posteriores es la empresa que explotaba el vertedero, Verter Recycling. Punto. El caso ha desnudado un panorama inesperado, con múltiples cabos sueltos, pero nadie ha pagado por ello todavía. Las amargas quejas de diversas plataformas ecologistas y vecinales se han escuchado, pero no han cambiado las cosas. Ahora, el caso está en los tribunales. Todo apunta a que la batalla judicial será larga y tardará en resolverse para disgusto de los afectados.

Justo es decir que durante este tiempo el Ejecutivo vasco ha dedicado muchos recursos a intentar encontrar los cuerpos de los dos operarios perecidos. Este mismo viernes, tras anunciar el final de la búsqueda, el consejero de Seguridad, Josu Erkoreka, destacaba que han trabajado en la zona entre 80 y 120 operarios al día, incluso doblando turnos, y que se han cribado más de 400.000 metros cúbicos de residuos "de manera rigurosa" solo para la búsqueda. Recursos que sirvieron para encontrar el cuerpo de Alberto Sololuce el pasado agosto pero no así el de su compañero, Joaquín Beltrán. Nombres que ahora todos recuerdan pero que indefectiblemente se acabarán apagando en los medios.