Opinión

La sonrisa del Fiscal General del Estado

El Fiscal General sólo respondió las preguntas de la Abogacía del Estado, que dirige su defensa, y se negó a responder a las que le formulaba Su Señoría

  • El fiscal general del Estado, Álvaro García Ortiz -

Entraba en el Tribunal Supremo el hasta ahora imputado pero no dimitido o cesado Fiscal General del Estado, Don Álvaro García Ortiz. Y no lo hacía por la puerta de atrás, tapándose la cara con una carpeta o cubierto bajo un paraguas. Entraba, si me lo permiten, saludando a la canallesca y sonriendo, como el torero que sabe que ha de tener una buena tarde y desafía con la mirada al público con ganas de abuchearlo. Hombre, cuando el mismo presidente del gobierno se esconde en parkings, rampas y alejamientos de la ciudadanía y lo mismo hace su esposa, es de agradecer que al menos alguien dé la cara y asuma que va a pisar suelo de tribunal. Digo esto porque lo cortés no quita lo valiente y a mí me gusta que la gente tenga un mínimo de valentía y decoro.

Me he fijado, eso sí, en lo que se parecía la cara del Fiscal sonriente a la del Gato de Cheshire, el de Alicia, ese gato que tenía la capacidad de aparecer y desaparecer a voluntad, que sonreía siempre y que sostenía paradojas frente a una Alicia a menudo estupefacta ante los razonamientos del mínimo. Que el Fiscal, perdón, el Gato es un filósofo no tiene discusión, máxime cuando le dice a la azorada niña “Habrás podido ver muchas veces una sonrisa sin gato, pero nunca a un gato sin sonrisa”. De igual manera, podríamos decir que hemos visto a bastantes investigados del gobierno y aledaños sin sonrisa, pero jamás a uno que exhibiese sus dientes de manera tan ostentosa, acaso recordando lo que le dijo la Pantoja a su pareja Julián Muñoz ante la prensa “Dientes, Julián, dientes, que es lo que más les jode”.

Entraba, si me lo permiten, saludando a la canallesca y sonriendo, como el torero que sabe que ha de tener una buena tarde y desafía con la mirada al público con ganas de abuchearlo

Los detalles de la comparecencia se han reproducido ya en este medio y en muchos otros. El Fiscal General sólo respondió las preguntas de la Abogacía del Estado, que dirige su defensa, mientras que se negó a responder a las que le formulaba Su Señoría. Una hora y media en la que el todavía Fiscal General ha sostenido que él no había filtrado ningún dato, en referencia a la acusación que se formula en su contra sobre el caso de la pareja sentimental de la presidenta de Madrid, Isabel Díaz Ayuso. Curiosamente – o no – la fiscal no le ha hecho ninguna pregunta, lo que hubiera sido antológico: un subordinado inquiriendo a su superior jerárquico. Alude el Ministerio Pública en la causa que antes que preguntar hay que resolver un recurso de apelación y tal. O sea, muditos y a ver que pasa siguiendo el lema de la monarquía británica Wait and See que tan buenos resultados les ha dado, históricamente hablando. Por lo tanto, Don Álvaro García Ortiz ha negado por activa, por pasiva y hasta por perifrástica haber dado la orden de apretar el Código Rojo.

Algo hemos sacado en limpio, no obstante. La tesis que sostenía que quien filtró los datos fue el jefe de gabinete de Ayuso, Miguel Ángel Rodríguez, ha caído hecha trocitos ante la contrariedad del investigado y su defensa. Quizá por eso el Fiscal General del Estado imputado ha querido dirigir sus cañones contra el juez, acusándole de cierta actitud tendenciosa. Vamos, lo que en medios sanchistas se denomina ser facha, propagador de bulos, estar al servicio de Trump, de la fachoesfera y tal. Su Señoría, ajeno a las sonrisas – que en Sala fueron escasísimas, según testigos presenciales, porque Don Álvaro estaba con la mandíbula desencajada – exhibió una expresión serena de mandarín oriental pues tiene claro cómo y por donde ha de llevar este asunto. Lo que se nos antoja fatal para el presunto culpable, aunque los sindicatos siempre pueden salir a manifestarse en su favor argumentando que la culpa es del PP y los de Junts exigir que al Fiscal General del Estado, o bien lo elija Puigdemont o se le otorgue el empadronamiento en Cataluña – mejor en Waterloo – con lo cual el problema desaparecería. En fin. Como decían los antiguos seriales “Continuará”.

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