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Miquel Giménez

Opinión

Para qué sirve una autonomía

Ahora que tantos hablan de derogar la monarquía y cambiar la Constitución, veamos para qué son de utilidad las autonomías

Para qué sirve una autonomía
Para qué sirve una autonomía Europa Press

Se lo diré de entrada: las autonomías sirven para muchas cosas. No se asombren. En primer lugar, sirven para haber sido el foco de corrupción y clientelismo más grande de la democracia española. Cataluña, Andalucía, Valencia, Madrid, Baleares, por citar algunos casos que han obtenido repercusión nacional, son ejemplos de cómo esa administración lenta, inútil y torpe ha sido la cueva de Luis Candelas en la que el partido predominante se ha hinchado a robar a manos llenas. Todos. Sirven también para colocar a costa del erario público a todo inepto conmilitón que sea preciso, para darle mamandurria a los que no han trabajado en su vida pero tienen carné de partido, para crear una casta localque ha asimilado al caciquismo de toda la vida, ampliándolo y otorgándole una consideración política intocable.

También sirven para que el gasto en administración improductiva se eleve a niveles que ningún otro país europeo puede soportar, por la duplicidad de competencias, por la creación de estructuras inútiles, por el gasto en auténticas barbaridades, por mantener medios de comunicación onerosos e inútiles, por una política de obras públicas carísima, por comprar hierro a precio de oro y para que el comisionista de turno haga que el bolsillo del contribuyente esté pagando unos sobrecostes tremendos. Excuso decirles que nada de lo que hace una autonomía mejora lo que podría hacerse desde el Estado si este se gestionara bien. Nada. Ni conocimiento del territorio, ni proximidad, ni leches. Todo es peor llevado a cabo, todo es más lento, todo es más ortopédico y burocrático.

No gozan de los mismos privilegios los que son del País Vasco que los de Extremadura, ni tienen la misma sanidad los manchegos que los riojanos

Las autonomías son también de mucha utilidad, y eso es indiscutible, en lo que a garantizar la desigualdad territorial se refiere. No gozan de los mismos privilegios los que son del País Vasco que los de Extremadura, ni tienen la misma sanidad los manchegos que los riojanos, ni reciben el mismo trato por parte del Estado los murcianos que los catalanes. No me refiero al ciudadano, sino a sus politicastros, que según griten y amenacen con romper una España de la que lo único que quieren es seguir ordeñándola, reciben más o menos.

Y ahí vamos al meollo del asunto, a la yema del huevo o a la baraja marcada del tramposo: las autonomías se crearon para dar salida a los “problemas” catalán y vasco, pero ni se han solucionado ni parece que vayan a hacerlo. Eso, con el añadido de que el resto se dijo: “Oye, ¿por qué nosotros no?”. Ahí se empezó a conculcar todo el edifico constitucional. Porque, señores rojos pálidos o, lo que es lo mismo, señores izquierdistas de finca lujosa y americana mugrosa, la igualdad de los españoles no se mide tan solo por si se puede o no se puede juzgar al jefe del Estado, se mide por tener una única tarjeta sanitaria válida para todo el territorio nacional, porque la escuela sea igual en toda la nación, porque no existan policías dispersas a las que haya que “coordinar”, porque no haya ciento y una maneras distintas de pedir lo mismo. No, la igualdad ante la ley la da la igualdad territorial y para eso, me temo, sobran autonomías, privilegios medievales, orates que aspiran a imposibles, sacacuartos profesionales y toda esa nueva corte de los milagros que se ha ido enquistando como un cáncer corrosivo y voraz en nuestra vida, en nuestra política y en nuestra economía.

España no existe, está troceada como una pizza de viernes por la noche en la que todos quieren quedarse con el trozo más grande

Por eso permítanme que me ría al escuchar a los de Bruselas cuando dicen que España ha de hacer esto o lo otro. ¿Pero de qué España me está usted hablando? España no existe, está troceada como una pizza de viernes por la noche en la que todos quieren quedarse con el trozo más grande, sin equidad en el reparto ni generosidad en compartirla. No hay España, sépanlo todos de una puñetera vez. Hay un señor que dice ser presidente, pero no gobierna más que para convertir cada vez más en un infierno las vidas de los trabajadores y las clases medias, hay un vicepresidente segundo que está encantado de acudir al funeral de un país que odia y que no se merece y hay una ralea de terroristas de la nada que solo piensan en emular a los Pujol.

Ahora que ya podemos seguir con el heteropatriarcado, la Liga, los comadreos de la prensa del hígado y esas cosas que tanto entretienen a los pueblos ciegos, sordos y cortos de miras. Lo digo por no molestar, que hay quien se sofoca cuando coges un espejo y se lo pones delante. Y hace demasiado calor para sofocarse.

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