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Fernando Díaz Villanueva

Opinión

El fiasco Macri

La Argentina de Mauricio Macri sigue siendo un Estado hipertrofiado que gasta el 40% del PIB, arrastra un déficit anual de 26.000 millones de dólares (el 5% del PIB) y debe casi medio billón de dólares (el 86% del PIB)

El candidato opositor, Mauricio Macri.
El candidato opositor, Mauricio Macri. EFE

Llevan los argentinos un año hablando de crisis económica. Empezó hace doce meses exactos, el 18 de abril de 2018, cuando el peso empezó a devaluarse de un modo significativo frente al dólar y al euro. En aquel momento hacían falta 24 pesos para comprar un dólar, hoy son necesarios 47. Con los dólares ha sucedido algo similar, hace un año el billete verde se cambiaba por 20 pesos, hoy por 42.

La balanza comercial argentina es deficitaria. El país necesita dólares para adquirir en el extranjero todo tipo de productos manufacturados, básicamente vehículos y maquinaria. Estas dos categorías conforman más de la mitad de unas importaciones que pagan con venta en el exterior de materias primas agrícolas, como soja, maíz o grano.

Argentina exporta mucho, su agroindustria es eficiente y está bien gestionada, pero desde hace un lustro lo hace a menor precio. La soja, por ejemplo, está un 50% más barata hoy que en 2014. El maíz ha caído un 30% en el mismo periodo (un 55% desde 2012) y el trigo un 40%. Aquello fue la gallina de los huevos de oro durante unos años, lo que permitió salir de la crisis de 2001, hoy el país necesita algo más.

Cuando Mauricio Macri llegó al poder a finales de 2015 las materias primas ya estaban en caída libre, no es algo que le haya sorprendido a mitad de mandato. Pero, en lugar de acometer las reformas que muchos esperaban, lo que hizo fue mantener una suerte de kirchnerismo atenuado con la esperanza puesta en que el precio internacional de la soja repuntase y eso volviese a inundar de divisas la economía nacional.

Macri ha sido incapaz de mejorar la competitividad de la economía argentina, de abrir su mercado al exterior, de aligerar la regulación o de reducir el tamaño de la Administración pública

A aquello el Gobierno macrista lo denominaba la "lluvia de dólares" que empezaría a caer de un momento a otro. Según sus cálculos, y los de su equipo económico, una vez se recuperase la confianza afluirían inversiones millonarias desde todo el mundo. Las grandes firmas, en definitiva, se pelearían por dejarse los cuartos en Argentina. Todo era cuestión de esperar.

La tesis de gente como Marcos Peña (jefe de gabinete de Macri), Luis Caputo (ex gobernador del Banco Central) y Nicolás Dujovne (ministro de Hacienda) era fantasiosa en tanto que lo fiaban todo a la presencia cuasi mágica de Macri, como si él mismo, con su amplia sonrisa, sus ojos claros y sus formas de gentleman, fuese un argumento financiero sólido. Y no, obviamente no lo era.

El alza milagrosa en las materias primas finalmente no se produjo y entretanto no se acometió una sola reforma sobre un Estado hipertrofiado que gasta el 40% del PIB, arrastra un déficit anual de 26.000 millones de dólares (el 5% del PIB) y debe casi medio billón de dólares (el 86% del PIB). En resumen, que los indicadores macro de Argentina son los propios de las economías del sur de Europa durante la pasada crisis, pero sin el euro, sin el BCE por detrás insuflando aire fresco, sin el dinamismo de la industria italiana o española y dependiendo de productos de bajo valor añadido como la soja o el maíz.

En todos estos años Macri ha sido incapaz de mejorar la competitividad de la economía argentina, de abrir su mercado al exterior, de aligerar la regulación o de reducir el tamaño de la administración pública. En el Índice de Libertad Económica Argentina sigue abajo del todo, en el puesto 148 de 180 países auditados. En el Informe Doing Business del Banco Mundial que mide la facilidad para hacer negocios de 190 economías, figura en el puesto 119. Sospecho que los casi trece millones de argentinos que le entregaron su voto hace cuatro años esperaban algo más y no una versión edulcorada del kircherismo.

Ante un fracaso semejante y sin tiempo para enderezar el rumbo, ha pasado al plan B, que consiste en adoptar una política económica indistinguible de la de Cristina Fernándezde Kirchner. Y es ahí donde aparecen ideas de bombero, como el control de precios por decreto. Un control que no funcionará y que lo único que conseguirá es que desaparezcan existencias de los comercios y reaparezcan en el mercado negro.

Con las próximas elecciones a solo seis meses vista, obstinación de Macri en el error le terminará pasando factura a él y, lo que es peor, a todos los argentinos

Los controles de precios atacan la consecuencia, no la causa. La causa es la inflación, la consecuencia la subida de los precios. La inflación es un fenómeno enteramente monetario. El dinero, como cualquier otro producto, tiene su mercado. Si se incrementa artificialmente la oferta del mismo su precio caerá ya que, al haber mucho más disponible, el poder de compra de ese dinero también disminuye.

No descubro nada nuevo, es el ABC del dinero. Todos lo sabemos o lo intuimos. Si mañana el Gobierno nos ingresase a todos un millón de euros en nuestra cuenta bancaria no nos convertiríamos en millonarios de la noche a la mañana, simplemente pasaríamos a pagar el litro de leche o la barra de pan un millón de veces más caro. Si el Gobierno quisiese mantener el precio actual de la leche mediante una ley de precios máximos, la leche se esfumaría de los supermercados y tendríamos que adquirirla en el mercado paralelo a su precio real, es decir, a un millón de euros el brik, más una pequeña prima porque la venta clandestina conlleva sus riesgos.

No sé si Macri conoce algo tan elemental, seguramente sí porque tonto no es, pero no piensa en términos económicos, sino políticos o, peor aún, en términos electorales. Lleva en esto desde hace meses, desde que a finales del año pasado pidió un crédito al FMI como el que pide una botella de oxígeno. La inyección de urgencia le permitió evitar la suspensión de pagos, pero la depreciación del peso, la inflación y la contracción del PIB siguieron ahí. Fue algo parecido a la copa de whisky que se toma el borrachín en plena resaca. Le alivia diez minutos pero luego vuelven intensificados la descomposición y el dolor de cabeza.

Como tiene las elecciones cerca, a sólo seis meses vista, y quiere seguir en el poder, esta vez no se va a servir una copa, sino que ha dispuesto una barra libre bien surtida. Una obstinación en el error que le terminará pasando factura a él y a todos los argentinos.

A él porque puestos a elegir entre el original y la copia el votante siempre se quedará con el original. A los argentinos porque la crisis empeorará con los meses frustrando de paso cualquier solución sensata. Ya sólo queda esperar que hará el kirchnerismo en sus múltiples denominaciones y hasta dónde quieren elevar la apuesta.

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