Pedro Sánchez puede estar satisfecho: el resultado de las elecciones en Cataluña aleja a su rival, Pablo Casado, de La Moncloa; y no tanto porque hayan ganado los comicios el PSC y Salvador Illa -sólo ha sacado 44.000 votos más que Miquel Iceta hace tres años- como por el sorpasso de Vox en el peor momento y sitio para el PP: en el Parlament; esa próxima Numancia donde Génova no tendrá grupo parlamentario pero los once diputados verdes sí.

Así podrán Santiago Abascal y los suyos guerrear al independentismo con el idioma y demás fetiches identitarios, y, sobre todo, demostrar al resto de España que, si hablamos de españolazos, ellos, no la derechita cobarde de PP y Ciudadanos aunque se intercambien las sedes Casado e Inés Arrimadas para enmascarar el batacazo.

Menudo altavoz han dado los electores catalanes a Sánchez para que se oiga de fondo el bisbiseo presidencial “o Vox o yo”, en un país lastrado todavía en lo electoral y en otros muchos aspectos por la memoria de cuarenta años de franquismo.

Ya puede Pablo Iglesias sacudir con sus declaraciones el Consejo de Ministros tres veces por semana, y salir Carmen Calvo, Nadia Calviño o Margarita Robles a desmentirle con estrépito a razón de cuarto de hora de telediario cada lunes, miércoles y viernes... que mientras Vox sea el tercer partido -desde este domingo, cuarto en Cataluña-, España no suma ni aunque Ciudadanos entero vaya al notario a hacer testamento de votantes en favor del PP; Ya pudimos ver un aperitivo de esa no suma en las elecciones vascas de julio.

Ese es el gran triunfo del líder socialista este 14-F. “O Vox o yo” contra viento y marea a partir de aquel lejano “no es no” con el que venció en las primarias de 2017 a Susana Díaz y al aparato del PSOE -que le había desalojado un año antes de la sede de Ferraz-, y luego a Mariano Rajoy en la moción de censura de junio de 2018. Una tautología política esa del “No es no” que ha devenido en un modo de hacer presidencial: la “determinación”, que dice su principal gurú, Iván Redondo, como el “carisma” lo fue a Felipe González y el “talante” a José Luis Rodríguez Zapatero.

A La Moncloa le convendría hacer un recuento de daños de lo ocurrido este 14-F; el primero, el ‘acuerdo de paz’ en Cataluña: ¿Alguien se imagina a este Pablo Casado derrotado firmándolo?

Sin embargo, entre tanta buena noticia para Sánchez y el PSOE les convendría también hacer recuento de daños en el sistema político que ha dejado este 14-F además de esa pavorosa abstención que ensombrece cualquier victoria. No son pocos ni menores, ni detectables a primera vista; a saber, el primero ese acuerdo de paz que ansía la sociedad catalana, la mitad que ha votado y la otra que se quedó en casa, tras una década de malhadado procés independentista.

Cualquier lector avispado al que le guste la política -no solo los que vivimos de contarla-, sabe que ese pacto de Estado, si quiere ser duradero, o tiene tres patas -futura Generalitat (ERC), Moncloa (PSOE) y, ojo... principal partido de la oposición (PP)- o es papel mojado; es más, si yo fuera el futuro presidente de la Generalitat, Pere Aragonès, así lo exigiría por el bien de mi Govern y del futuro de Cataluña.

Pues bien, ¿alguien cree que el hoy doliente y amenazado en su propio liderazgo por la irrupción catalana de Vox, Pablo Casado, va a firmarlo? O, más bien - me van a permitir que aquí fantasee un poco-, ¿no estará deseando el líder del PP pedir hora en cualquiera de esos salones que hay por el madrileño barrio de Malasaña, cerca de la calle Génova, a fin de tatuarse la bandera de España para contrarrestar a la derechita valiente y salvar el pellejo políticamente hablando? Apuestas... Tic-tac.

¿Un Gobierno con Abascal?

No, no vienen buenos tiempos para un consenso entre los dos grandes partidos como el que necesita ese acuerdo de fin de las hostilidades ni para otros, como el sobeteado Pacto para la renovación del Poder Judicial, ¿Se acuerdan?; que, a este paso, Carlos Lesmes va a seguir de presidente del Tribunal Supremo y del Consejo General del Poder Judicial (CGPJ) de forma vitalicia porque nunca es buen momento... para el PP -segundo daño colateral del 14-F-.

Un tercero, este más difícil de divisar hoy, es quién sustituya a Pedro Sánchez en La Moncloa y, sobre todo, cómo... Sí, ya sé que largo me lo fiais, pero si algo quedó certificado este domingo es que, para que Casado -o quien le suceda al frente del PP si los populares deciden cambiar de caballo a mitad de carrera- llegue a la Presidencia del Gobierno, o vota Vox esa investidura del candidato del PP en el Congreso o no hay nada que hacer... Tan sencillo argumentarlo entre los suyos como problemático en una Europa que mira con lupa cualquier aproximación entre el centroderecha homologado y la extrema derecha. Qué se lo digan al húngaro Víktor Orban.

Muchos en el PSOE reconocen estos días que un Gobierno con Abascal de vicepresidente, como lo es ahora Pablo Iglesias de Sánchez, puede acabar siendo un problema para el funcionamiento de la democracia española. No son tan optimistas como el líder de Podemos, quien insiste en que mientras la derecha dependa de los votos de Vox para llegar a La Moncloa, gobernará la izquierda... quizá no se acuerda ya cuando la calle, voluble por naturaleza en sus afectos políticos, le aupó en 2015 al grito de “no nos representan”.