No sé qué dirá ahora la izquierda de que Roig haya decidido aplicar dos millones de euros a arreglar desperfectos en la vía publica en las zonas más afectadas por las riadas de Valencia, pero puedo imaginarlo. Discutí ya por las entregas de material tecnológico sanitario de Ortega a la Sanidad Pública, así que puedo anticipar los argumentos.
Algunos tienen que ver con una definición de solidaridad institucionalizada desde el Poder. Sólo el Poder puede ejercer bien la auténtica solidaridad, la que define el Poder. Los particulares o bien hacemos chapuzas o nos sobra el dinero, lo que demostraría que no pagamos suficientes impuestos. A mí, sin embargo, me parece que los señores Roig y Ortega antes irán al Cielo por estas acciones de filantropía, auténticamente revolucionarias, antes que por todos los impuestos, que son muchos, que sus actividades empresariales pagan. Más que nada porque las primeras son libres y los segundos no.
Otro argumento, que han escuchado estos oídos que ha de comerse la tierra, es que estos benefactores no pueden hacer adquisiciones o reparaciones para el Estado sin un mandato para ello. En todo caso pueden donar dinero al Estado, pero no pueden decidir la finalidad del gasto público porque eso es competencia de la correspondiente administración. ¿Ni tan siquiera pueden entregar el dinero condicionado a un fin concreto? Tampoco y por la misma razón.
No me llamen agorero. No estoy diciendo que mañana no vaya a haber mañana para las pensiones ni que los hospitales públicos se cerrarán la semana que viene. Es algo más lento… pero imparable
Hemos visto en los sucesos de Valencia los resquemores de las autoridades hacia las iniciativas particulares de ayuda a sus semejantes. Intentan disimularlos -para evitar juicios del tipo: son ustedes el perro del hortelano- de razones como la defensa de las competencias propias o la mayor racionalidad que tiene un órgano central con visión de conjunto y todo el conocimiento, entre otras. Pero hay otra cosa y lo sabemos: el Estado está colapsando. Precisamente colapsa por su pretensión omnicomprensiva y omnisciente, porque el Estado quiere ser un Dios y como no lo es, a diferencia del verdadero, nos niega la Libertad. No me llamen agorero. No estoy diciendo que mañana no vaya a haber mañana para las pensiones ni que los hospitales públicos se cerrarán la semana que viene. Es algo más lento… pero imparable y a los estatistas les produce tanto miedo, que reaccionan con violencia contra todo lo que se mueve. Sólo entienden un mundo quieto a la espera de la voz ejecutiva, el famoso ¡ar! de una formación militar.
El problema está en haber definido el Estado como el Todo, ese Todo contra el que se manifestaba Savater en su Panfleto contra el Todo hace ya casi medio siglo y que pocos entendieron. Para los estatistas, todo lo que llamamos la izquierda y una parte importante de lo que llamamos la derecha, el Estado no tiene competencias propias, porque su campo de acción es toda la actividad humana. La visible y la invisible. Todo es competencia del Estado. Las pocas actividades humanas que todavía no regula hasta el paroxismo o ejerce, bien directamente, bien a través de agentes que pueden ser entes privados, son enemigas del Estado que, poco a poco, intentará ir acaparando, aunque morirá antes de lograrlo.
Tenemos que definir las funciones del Estado, las intrínsecas o propias, que son muy pocas, las que lo hacen Estado y no el Todo y prohibirle salir de ahí
Como Milei, soy un anarcocapitalista teórico y un minarquista práctico. En cualquier caso, el sueño anarcocapitalista es posible que sea de la razón y produzca un monstruo y no me gustaría que, como los ilustrados y revolucionarios que en el mundo han sido, por mejorar un mundo perfectible creáramos un mundo peor, que es donde estamos. Tenemos que definir las funciones del Estado, las intrínsecas o propias, que son muy pocas, las que lo hacen Estado y no el Todo y prohibirle salir de ahí. Excederlas sería, cuanto menos, causa justa de rebelión con resonancias, cuanto menos, marianas.
No reclamo el principio de subsidiariedad, que he defendido en el pasado y comienza a parecerme una trampa. Ese principio por el que un ente superior y más alejado del problema puede intervenir cuando más abajo y cerca no se ha alcanzado solución o no se actúa. Principio que se ha subvertido y que nos permite ahora mismo actuar en un campo determinado hasta que el Estado no se meta en el mismo. Principio que se utiliza por todas las administraciones que forman parte del Todo para defender sus competencias y por los individuos para intentar proteger la poca autonomía que les va quedando, de tal modo que cuando dicha autonomía desaparezca totalmente, no será sino un artículo de un código de Derecho Administrativo para definir el reparto de competencias entre administraciones. No necesitamos un reparto competencial de la libertad humana. Necesitamos Libertad. Sin Libertad no hay hombres sino esclavos. Ni Dios se ha atrevido a tanto.
Al borde del colapso
El Estado como lo conocemos está herido de muerte. Ya colapsó en 1989 en el bloque soviético. Ahora está al borde del colapso, y no sólo en el Occidente algo más liberal, como corresponde a su tradición, que el Oriente. Pretende alargar su vida convenciéndonos de las ventajas de la pobreza y de la igualdad y aplica la violencia para los que no se convenzan, porque lo que nos prometió no lo alcanza. Así que ha decidido, para nosotros, qué no es deseable, ni nos permite buscarlo por nuestro bien, que él conoce mejor que nosotros.
El Estado tiene que aceptar su fracaso si pretende ser otra cosa al menos. Si no, como no es Dios, va a morir como todos.