Los que me conocen saben que, entre mis múltiples defectos, se incluye ser un devoto seguidor del Barça. Todos tenemos nuestras cruces, penitencias y puntos débiles, ya se sabe. Mi barcelonismo, especialmente estos últimos tiempos, ha sido un ejercicio de frustración constante, culminando con el triste espectáculo de la inscripción de Dani Olmo y Pau Victor al cerrar el año.
Las repetidas pifias de los dirigentes del club, sus salvajes improvisaciones y berrinches constantes me han hecho pensar en una vieja idea de Bill Simmons, un periodista deportivo de aquí Estados Unidos: el “vicepresidente de sentido común”.
Según Simmons, los propietarios de muchos equipos profesionales tienen cierta tendencia a creerse su propio genio, y rodearse de ejecutivos que les da la razón. Eso hace que a veces hagan grandes planes para configurar sus plantillas y equipos que suenan muy bien cuando hablan entre ellos, pero que suelen encallarse en alguna obviedad la mar de simple, sea por dinero, edad, rencillas personales o provocar carencias en el resto del equipo.
Su solución, medio broma, medio en serio, es que los equipos deberían fichar un “vicepresidente de sentido común” para controlar y vigilar las tendencias megalómanas de sus dirigentes. Para reclutar este vicepresidente, pararían a un aficionado al azar que se paseara por la calle, lo llevarían a rastras a sus oficinas, y le explicarían su jugada maestra, su plan genial. El aficionado en cuestión no tendría acceso a informes, ni proyecciones contables, ni estadísticas, ni maquetas, ni dibujos, ni nada por el estilo; sería una persona normal al que le contaría su estrategia, a ver si les suena bien. En su condición de vicepresidente de sentido común, sería el encargado de decirles en voz alta que ese esquema fabuloso que tienen para traer a no sé quién para que ocupe no sé qué posición es una fantasía idiota o algo que puede ser razonable.
Un aficionado merengue aleatorio seguramente hubiera comentado que el plan de fichar un delantero zurdo que juega en la mejor posición que tu jugador más decisivo era uno menos prioritario que reemplazar al mejor centrocampista del mundo tras anunciar su retirada
Volviendo a mi condición de culé impenitente, mi sensación estos últimos meses es que Laporta necesita desesperadamente un vicepresidente de sentido común. Este buen hombre consiguió autoconvencerse en algún momento de que la mejor manera de inscribir a un jugador fichado por los pelos con dinero prometido no se sabe de dónde era mediante la venta de palcos en el estadio a potentados árabes utilizando artilugios contables sacados del Necronomicón. La maniobra es otra más de un cúmulo de ridículos y torpezas improvisadas que estoy seguro de que suenan muy bien dentro de su cabeza, pero que han metido al club en un atolladero tras otro.
La figura del VP de sentido común, por supuesto, no sólo haría bien al Barça. Un aficionado merengue aleatorio seguramente hubiera comentado que el plan de fichar un delantero zurdo que juega en la mejor posición que tu jugador más decisivo era uno menos prioritario que reemplazar al mejor centrocampista del mundo tras anunciar su retirada. La idea de jugar media temporada sin lateral derecho y con un central de pega para esperar a que venga gratis alguien este verano también es un plan al que el VP de sentido común medio le vería algunas fisuras.
La necesidad de vicepresidentes de sentido común, por descontado, no se limitan al fútbol. Las empresas también se meten de vez en cuando en estrategias incomprensibles fruto de las alucinaciones de CEOs con demasiado tiempo libre. Preguntad por ahí fuera a todos esos que invirtieron en el metaverso, sin ir más lejos.
Sánchez tiene un inusual talento para hacer cosas obvias, como negociar con otros partidos, intentar solucionar conflictos regionales y salirse de en medio cuando la economía va bien
Y por supuesto, tenemos a los políticos. Nadie se mete en sus propios mundos imaginarios con la devoción y el entusiasmo del líder de un partido político o un presidente, sea autonómico o nacional. Todo el proceso catalán necesitaba a la desesperada una tieta escéptica que les soltara “què cony foteu” en algún momento. La historia entera de Ciudadanos, el partido político, hubiera sido distinta si se hubieran molestado en preguntar a alguien sobre sus fantasías. Y del PP bajo Pablo Casado, ni hablamos.
El genio político de Pedro Sánchez, más que una brillantez táctica inigualable, es que primero, siempre ha tenido rivales o enemigos que necesitaban un VP de sentido común a la desesperada. Nadie ha tenido más suerte que este hombre topándose con flipados que le subestiman constantemente. Segundo, y no menos importante, Sánchez tiene un inusual talento para hacer cosas obvias, como negociar con otros partidos, intentar solucionar conflictos regionales y salirse de en medio cuando la economía va bien.
No será el mejor gobernante del mundo (no lo es) y ha dejado mil cosas a medias, pero a veces ser una persona medio normal que no hace cosas extrañas no es mala idea.