Ni los indultos a los presos del procés, ni la gestión de la pandemia, ni el aplazamiento del Ingreso Mínimo Vital ni siquiera los alquileres. Al final, el Gobierno de coalición se rompe por un chuletón y por la única vez en la que el ministro de Consumo, el insípido Alberto Garzón, ha dicho lo que el Gobierno había puesto negro sobre blanco en su cacareado Plan España 2050: que hay que reducir el consumo de carne.

Con las cosas de comer no se juega, ministro. Por mucho que lo recomiende la OMS y lo escriba su propio Gobierno en los planes para dentro de 30 años. Garzón ha tenido el don de la inoportunidad: soltar un vídeo en vísperas de que en Moncloa se anuncien los cambios en el Gobierno para afrontar la segunda parte de la legislatura, esa que debe intentar garantizar a su sanchidad una remontada que hoy se antoja harto difícil a lomos de los fondos UE y la recuperación económica.

Y como pasa cuando el tiburón huele la sangre de la presa débil –y Garzón, el ministro de Consumo, está más solo que nunca desde que Pablo Iglesias decidió cortarse la coleta y pasar a mejor vida a la sombra de Roures- los ‘compañeros’ socialistas del Consejo de Ministros se lanzaron como pirañas al olor de la carne, perdón, del chuletón.

Planas abre la veda del chuletón

El siempre discreto Luis Planas abrió la veda en una entrevista por la mañana en la que no ahorró ni una descalificación hacia el vídeo de Garzón. Le acusó de mentir y de manipularle. Tal agresividad del veterano Planas, curtido en mil batallas andaluzas, europeas y hasta marroquíes, solo podía indicar que el compañero de IU era un precadáver. Y que los demás lo sabían. Y el chuletón abría la veda.

Al festín se sumaron los barones socialistas con dentelladas igual de voraces: a García Page solo le faltó insultarle. Reyes Maroto, la ministra de Turismo a la que todas las quinielas la sitúan también fuera del Gobierno, llegó tarde pero se sumó a la fiesta: “Estamos hartos de que nos digan lo que no podemos hacer”.

Y, como el abusón de la clase, Pedro Sánchez dio la puntilla a su ministro con la mejor de sus sonrisas: “Un chuletón al punto, para mí es imbatible”. Garzón, atónito, asistía en directo junto a Ferreras a su linchamiento con cara de funeral. Solo Greenpeace y Errejón habían salido a apoyarle. Ni Yolanda Díaz, ni Irene Montero, ni Ione Belarra ni Manuel Castells

Silencio total del resto de ministros morados, no fuera a ser que el guapo de la clase se enfadara también con ellos justo en vísperas de hacerse público quién es expulsado de la casa común de Moncloa.

Alberto Garzón, ministro de Consumo, 41 millones de presupuesto, casi 600 empleados a su servicio y siete meses en los que no ha llevado ni una sola medida al Consejo de los martes. Este podría ser su epitafio. Sánchez, desde Lituania, le desautorizó y le humilló. El chuletón, al punto, y Garzón, achicharrado. Que pase el siguiente.

Y la siguiente puede ser la propia Irene Montero, quien no guarda precisamente muy buena relación con la ‘jefa’ de la parte morada de la coalición, Yolanda Díaz, la de la vivienda oficial de 443 metros cuadrados, a la que los ministros socialistas susurran al oído la necesidad de que la sacrificada sea Montero. Y Díaz se deja querer.

Todos los ministros intentaban pasar desapercibidos en estas horas en las que los dedos se vuelven huéspedes, se esquivan las miradas y se interpreta cada gesto, cada palabra de su sanchidad y su rasputín de cabecera. Carmen Calvo, enfrentada a Iván Redondo, parecía de salida; José Luis Ábalos -"yo soy omnívoro", fue su aportación a la guerra del chuletón- sigue crecido y gana aún más peso tras la toma de Granada esta misma semana gracias a un político de ida y vuelta como Luis Salvador; a Maroto le buscan sitio en Madrid; Manuel Castells apela a la cuota Colau para evitar su salida; Pedro Duque seguía en la luna…

“¿Sabes cómo nos llaman?", insisten algunos ministros que ya están de vuelta de todo. "Los Otros, porque muchos estamos muertos y no lo sabemos”. Alberto Garzón sí creía saberlo y todos los demás le señalaban. Murió de una indigestión. De chuletón al punto. Pero los caminos de Sánchez son inescrutables. Y una maniobra de última hora salvó a todos los ministros morados. O eso, al menos, parece: en realidad, su sanchidad les ignora. Más que nunca, a partir de esta remodelación serán dos gobiernos en uno: los que pintan algo y los que solo están por cuota.