En Caracas, los caminos que separan la miseria y la opulencia apenas miden unos kilómetros. La tremenda sima social es fácilmente identificable en la capital de Venezuela. Los cerros que arropan la ciudad están forrados de chabolas. Los lugareños las llaman con sorna “ranchos” y algunos las pintan de colores chillones para sobrellevar la grisura habitual del cielo y de la vida. Las barriadas de infraviviendas se ven muy cerca, en una tétrica panorámica, desde algunas de las colinas donde viven unos pocos empresarios con muchísimo dinero.

Nicolás Ibrahim Issa, el magnate que se beneficiará del controvertido rescate español a Plus Ultra, es uno de ellos. El empresario venezolano es tan rico como desconocido. Sólo hay un par de imágenes de su rostro, sonriente, mientras da un pequeño 'speech' en la inauguración de una tienda de Zara.

Ibrahim es un perfecto exponente del selecto club que controla los resortes del dinero en la hundida Venezuela. De mediana edad, con olfato bien pulido para los negocios y una agenda de contactos políticos envidiable, el empresario ha construido un conglomerado de sociedades que abarcan distintos sectores -de la distribución comercial a la consultoría, pasando por el inmobiliario- y cuyos tentáculos se extienden a otros países -como España-.

Ibrahim es un perfecto exponente del selecto club que controla los resortes del dinero en la hundida Venezuela

Ni el nombre ni las dos fotos de Nicolás Ibrahim Issa habrían salido nunca a la luz en España si el Gobierno no hubiera inyectado 53 millones de euros a Plus Ultra. El rescate ha generado ruido mediático y acabará en el Parlamento (el PP preguntará por ello al Gobierno). Hay demasiadas piezas que no encajan. Y demasiadas incógnitas.

¿Por qué la SEPI socorre a una empresa con dudoso peso estratégico en España? ¿Cumplía Plus Ultra, sumida en pérdidas perennes, los requisitos para beneficiarse de un fondo creado puntualmente para combatir la covid-19? ¿Merecían el dinero público sus gestores, pese al desastroso historial de gestión que presentaban?

Uno de los empresarios más cercanos a Plus Ultra es el venezolano Nicolás Ibrahim.
Interior de un avión de Plus Ultra. PLUS ULTRA

Los fundadores españoles de Plus Ultra (Fernando González Enfedaque y Julio Miguel Martínez Sola) hundieron en 2006 Air Madrid, dejando a decenas de miles de viajeros en tierra y un reguero de pérdidas que todavía se dirime en los tribunales. Es más, uno de ellos (González Enfedaque) fue condenado a prisión por delitos fiscales.

Ambos hechos son fácilmente constatables en la hemeroteca. Otra sencilla búsqueda, en el Registro Mercantil, permite hallar conexiones con empresarios venezolanos que han sido investigados por corrupción en su país y cuyos nombres aparecen ligados a sociedades en paraísos fiscales.

Los hombres fuertes de Plus Ultra

Los hombres fuertes de Venezuela en Plus Ultra son Rodolfo José Reyes Rojas (presidente), Raif El Arigie Harbie (vocal) y Roberto Roselli Mieles (apoderado). Todos tienen lazos directos con el poderoso Camilo Ibrahim. Y no sólo en lo personal. Como informó este diario, comparten dos sociedades en España dedicadas -en teoría- a la comercialización de café.

Contar con un socio de la talla de Ibrahim garantiza hilo directo con algunos despachos del Palacio de Miraflores, la sede del Gobierno de Nicolás Maduro. El empresario se mueve en el privilegiado entorno donde habitan los mandamases de la política venezolana. Desde la todopoderosa vicepresidenta Delcy Rodríguez, conocida en España por el polémico ‘Delcygate’ -destapado por Vozpópuli-, a la esposa del propio Maduro, Cilia Flores.

Para alcanzar tan elevadas cotas de poder, Camilo Ibrahim tuvo que abrirse paso en la intrincada jungla de los negocios de Caracas. Nacido a finales de los 60, en una familia dedicada al comercio en Isla de Margarita, pudo recibir formación universitaria en el extranjero. Según su biografía oficial, estudió Economía y Administración en la University of Western Ontario de Canadá.

Contar con un socio de la talla de Ibrahim garantiza hilo directo con algunos despachos del Palacio de Miraflores, la sede del Gobierno de Maduro

A la vuelta, con el título bajo el brazo, se instaló en Caracas con la misión de expandir los intereses familiares. A principios de los 90, se metió de lleno en el sector de la distribución. Corrían años difíciles, bajo el segundo mandato del polémico Carlos Andrés Pérez, autor de una batería de privatizaciones y protagonista de sonoros casos de corrupción. De hecho, Hugo Chávez usaría su desastrosa gestión para justificar su primer -y fallido- golpe de estado en 1992.

Ibrahim acertó al abrir canales para que grandes multinacionales de la moda pudieran introducirse en el país. Lo hizo a través de una sociedad denominada Phoenix. A través de ella contactó con compañías en proceso de expansión por Latinoamérica. Entre ellas estaba Inditex.

El gigante español de la moda entró en Venezuela por la puerta que le abría Phoenix. Consciente de que era un mercado complicado, la empresa de Amancio Ortega rehusó instalar sus propias tiendas. Optó por la fórmula de la franquicia y selló un contrato con el grupo que lidera Ibrahim. Inditex, presente en 202 países, suele tirar de franquiciados en destinos complicados: donde quiere probar suerte antes de echar raíces o donde prefiere limitar al máximo los riesgos.

Venezuela se encuadra en el segundo supuesto. Y con razón: para los venezolanos no es extraño ver tiendas de Zara desabastecidas, por las razones más insospechadas. Unas veces, la asfixiante inestabilidad social y política dificulta la importación de los productos; otras, el Gobierno ha propiciado avalanchas de compradores con medidas tan drásticas como el recorte obligatorio de precios.

A través de Phoenix, Nicolás Ibrahim fue expandiendo las marcas de Inditex por el país, con Zara a la cabeza. Al cierre de 2020, la multinacional contaba con 19 tiendas en Venezuela: siete de Zara, ocho de Bershka y cuatro de Pull&Bear. Todas son gestionadas directamente por su franquiciado a cambio de unos royalties.

Inditex, presente en 202 países, suele tirar de franquiciados en destinos complicados: donde quiere probar suerte antes de echar raíces o donde prefiere limitar al máximo los riesgos

Junto a Zara, Ibrahim también allanó el camino a firmas como Mango. En 1996 dio un salto cualitativo en prestigio, y en posibilidades de negocio, al promover la reconversión del negocio de los centros comerciales de Venezuela. Se trataba de adaptarlos al modelo occidental, introduciendo nuevos métodos de gestión y administración.

Ese año fundó junto a otros empresarios la Cámara Venezolana de Centros Comerciales (Cavececo). Con el cargo de vicepresidente en su tarjeta de visitas, se fue abriendo puertas en los despachos institucionales (la patronal cuenta hoy con más de 140 centros comerciales y comercios asociados). Los contactos y la experiencia adquirida le llevaron a promover una sociedad más, Altair Retail Consulting, dedicada "a la mentoría de nuevos emprendedores".

Que sólo circulen dos fotos de Ibrahim no implica que sea desconocido. Pocos venezolanos le reconocerían si se cruzaran con él por las aceras de la Avenida Sucre. Pero su rostro es familiar para quienes se mueven -o pretenden hacerlo- en los despachos del poder en Caracas. Según informaba El Mundo esta semana, Camilo Ibrahim ha participado en los encuentros de alto nivel que ha promovido José Luis Rodríguez Zapatero con empresarios vinculados a Maduro.

La relación del magnate con el expresidente español añade otra incógnita a las muchas que ya giran en torno al rescate de Plus Ultra. Hasta ahora, el currículum y el tamaño de sus cuentas bancarias demuestran que Ibrahim ha sabido manejar con atino su olfato y su influencia. De lo contrario, no divisaría Caracas cada mañana desde el lado privilegiado, con vistas a los 'ranchos' de los muchos desheredados que confiaron en la revolución bolivariana.