No gozan de renombre en el panorama internacional. No perciben sueldos astronómicos. No dan titulares en las ruedas de prensa. No se suelen meter en polémicas. Pero hacen su trabajo como entrenadores a las mil maravillas. De hecho, son los responsables de que la distancia entre los grandes y el resto de clubes se vaya acortando poco a poco en esta Liga un tanto enloquecida por la ausencia de público en las gradas.

Marcelino en el Athletic, Paco López en el Levante, Diego Martínez en el Granada o Bordalás en el Getafe representan el triunfo de la humildad en el fútbol profesional. Ellos y algunos otros componen una suerte de nueva generación de técnicos españoles que nada tienen que envidiar en lo técnico o lo táctico a los grandes de Europa. Su tranquilidad en la manera de comportarse y su capacidad de trabajo son sus principales señas de identidad. Actúan sin grandes aspavientos ni alharacas fuera del terreno de juego. Gente del fútbol que ama este deporte y no tanto el protagonismo.

Cada uno de ellos tiene características propias, por supuesto, porque unos son más vehementes durante los partidos y otros más callados, unos apuestan por un fútbol más físico y otros más de toque, unos reaccionan rápido para hacer cambios y otros no tanto, pero en general sus equipos muestran esa pátina de solidez -más allá del tópico de que son "equipos trabajados"- que solo puede originarse gracias a entrenamientos que no son trámites y a mentes que trabajan en ideas nuevas para aplicarlas en el terreno de juego.

Los más mediáticos, los más solicitados

¿Se fijarán los clubes más grandes alguna vez en ellos? Seguramente no ocurrirá, porque el elefantiásico negocio del fútbol actual requiere otras características de los protagonistas. Los equipos con aspiraciones de ganar títulos sólo apuestan por técnicos presuntamente consagrados. Pero el término "consagrado" quiere decir que tengan un nombre reconocible para el aficionado aunque sus méritos sean escasos o directamente no existan. Además, si son mediáticos porque de vez en cuando hacen declaraciones espantosas, mejor que mejor.

También hemos visto casos surrealistas en los que Barça y Madrid sí han sorprendido al optar por contratar a técnicos que no eran tan conocidos en España pero que a priori garantizaban el objetivo de contentar a sus estrellas, que los conocían y recomendaban, como en los casos de los inefables Carlos Queiroz o Tata Martino, respectivamente. Lo más habitual es, en síntesis, buscar fuera soluciones mágicas cuando quizás cerca hay opciones mejores.

La cuestión, en todo caso, no es si los grandes de la Liga se atreverán algún día a dar una oportunidad a estos técnicos. Lo importante es que esta generación que encuentra su fortaleza en la humildad está contribuyendo de forma decisiva a enriquecer el campeonato patrio. Cada vez es más difícil para los equipos de presupuestos multimillonarios derrotar a los sólidos conjuntos de los Marcelino, Paco López o Diego Martínez. Quizás por eso algunos sueñan con emigrar a la Superliga europea.

Estos entrenadores, en suma, son la prueba palpable de que en este gigantesco negocio del balompié el dinero o la fama no lo son todo, porque el esfuerzo y la humildad también importan. Sólo por ello, los aficionados al fútbol les debemos mucho.