El artefacto prometido ya está aquí. Doce grandes clubes europeos, entre ellos Madrid, Barça y Atleti, han decidido que son los más grandes y más importantes del continente. Y, en consecuencia, se han creado una competición ad hoc de nombre superlativo -¿Por qué Superliga y no Liguísima?- y prometedores beneficios económicos.

En el titular de este artículo hablamos de egoísmo pero también podríamos hablar de elitismo, clasismo o platonismo. Incluso de cesarismo. Pero, sobre todo, de arrogancia. Estos doce hacedores de la Superliga, encabezados como no podía ser de otra manera por otro ser superlativo, Florentino Pérez, no son arrogantes porque digan que son los más grandes, ya que es cierto que son los más ricos de Europa (es discutible que la riqueza y la grandeza sean sinónimos, pero eso lo dejamos para otro día). Tampoco es cierto que, tal y como se está diciendo, se estén llevando por delante el principio de solidaridad. Su arrogancia consiste en creer que son necesariamente los mejores.

Porque esta Superliga parte de la base de que para competir en ella lo importante es tener mucho dinero pero no necesariamente disponer de calidad, de buenos jugadores o de un gran entrenador. Esto es un club clasista que en realidad se lleva por delante el concepto de igualdad que hace tan maravilloso un deporte como el fútbol. Ya no vale aquello de "que gane el mejor". Aquí los mejores sólo son (o sólo pueden serlo) quince clubes ricos y cinco invitados por vaya a usted saber qué criterios. No se me ocurre nada menos democrático, si hablamos en términos políticos.

No es legítimo ni normal ni comprensible que, para lograr esos objetivos, estos equipos pretendan hurtar al resto la opción de competir, que es, valga la redundancia, la esencia de la propia competición

Es legítimo que estos grandes clubes quieran aumentar sus beneficios. Es normal que quieran explotar todas las oportunidades de negocio que ofrece el fútbol. Incluso puede ser comprensible que pretendan librarse del yugo con que les oprime esa malvada UEFA. Pero no es legítimo ni normal ni comprensible que, para lograr esos objetivos, estos equipos pretendan hurtar al resto la opción de competir, que es, valga la redundancia, la esencia de la propia competición. Lo peor de su comportamiento es que simple y paradójicamente no es deportivo. No es que este proyecto sea megalómano o ambicioso, sino que es egoísmo químicamente puro.

Por otra parte, ya tenemos dicho aquí que la Superliga tendría como principal consecuencia cargarse las ligas nacionales, pero el formato que han presentado los clubes lo deja aún más claro precisamente por su falta de deportividad. Esta Liguísima de los presuntos mejores es filosóficamente tan antideportiva que desnaturaliza el propio concepto de la competición doméstica.

Algunos -quizás seamos mayoría- creemos que lo mejor del fútbol es que sigue siendo de la gente. Y no de un grupo de poderosos que se alían para repartirse pingües beneficios

Veamos un ejemplo para entenderlo: imaginen que el Barça empieza una Liga de mala manera, con resultados negativos durante las ocho o nueve primeras jornadas, de manera que sus rivales le aventajan en tantos puntos que da el campeonato por perdido. ¿Para qué, siguiendo con este supuesto, va a luchar el club azulgrana durante el resto de la Liga si ve que no tiene opciones de ganarla pero sabe que igualmente va a clasificarse para la Superliga porque no necesita quedar entre los cuatro primeros para tener puesto de Champions?

Para terminar, sólo basta recordar que algunos -quizás seamos mayoría- creemos que lo mejor del fútbol es que sigue siendo de la gente. Y no de un grupo de poderosos que se alían para repartirse pingües beneficios. Eso no lo entienden los equipos y los seres superlativos.