Cultura

Ansu Fati, la bandera de España y la izquierda ‘friki’

Otro año de disfunciones ‘progres’ en la fiesta nacional

Ansu Fati, joven delantero del combinado nacional de fútbol
Ansu Fati, joven delantero del combinado nacional de fútbol

El pasado viernes, mientras Madrid esperaba la declaración del estado de alarma, las calles del centro y de muchos barrios lucían llenas de carteles con la rojigualda. Eran parte de una campaña del ayuntamiento donde se invitaba a celebrar la fiesta nacional española, más que el Día de La Hispanidad, en un momento en que la gestión de la pandemia ha polarizado políticamente nuestro país. El Partido Popular lanzó su propia campaña en formato vídeo, bajo el lema '#12O_LaBanderaQueNosUne'. Por su parte la izquierda, casi siempre tan incómoda con los símbolos nacionales, fijó posiciones unos días antes a través de una polémica campaña de Correos, escrita y protagonizada por Sara Socas, que se autodefine en su biografía de Twitter como “rapera podemita”.

¿Cómo hubiera reaccionado el progresismo español ante el espot de una empresa estatal repleto de rojigualdas y cantado por una Norma Duval que se describiese en redes como “cupletera pepera”? No parece complicado adivinarlo. La campaña de Correos, titulada ‘Orgullo por lo nuestro’, ofendió a algunos por la ausencia de la bandera, pero se presta a una interpretación más profunda sobre sus claves sociopolíticas. 

El sociólogo Guillermo Fernández, especialista en el análisis de nuevos populismos, descifra las principales: “Diría que tiene dos mensajes fuertes. El primero es que ‘lo diferente genera unión’ y que son los exaltados quienes rompen esa unión. La segunda es que ‘ser patriota no es izar una bandera, ni atacar al que lucha por llenarse la nevera’. Resulta curioso que cuando dice ‘ser patriota no es izar una bandera’ hay alguien que está levantando algo, pero no es una bandera sino una vara para agitar las aceitunas del árbol".

"Contrapone la bandera al trabajo manual, al trabajo del campo. Me parece un mensaje logrado, que sigue el discurso de Podemos de 2014. Lo que encuentro raro es comunicar todo esto en un anuncio para el 12 de octubre, ya que normalmente en ese día la izquierda está callada o recurre a discurso anticoloniales, o como se dice ahora decoloniales”, explica a Vozpópuli.

"El patriotismo plebeyo de Podemos nunca había llegado a afirmaciones como la de que hay que comprar productos nacionales", destaca el sociólogo Guillermo Fernández

Hay más sorpresas: “Otra novedad es que el discurso patriótico-plebeyo de Podemos, ese que dice ‘la patria es la gente’, nunca se había declinado hasta llegar a afirmaciones como la de que ‘hay que comprar productos nacionales’. Eso se enuncia de manera explícita, con la frase 'defender lo nuestro’ mientras se muestran imágenes de gente trabajando en pequeñas tiendas y talleres”, subraya: “Cuando Vox y el PP hablan de ‘defender lo nuestro’ suelen aludir a cuestiones identitarias: pongamos los toros, el terraceo o cualquier otra manifestación que ellos consideren cultura nacional. Esto es distinto, propone apoyar a los ciudadanos que no lo están pasando bien.

"Luego en la campaña aparece el verbo ‘rebelarse”, que no se explicita contra qué, pero que deja entrever que es que hay que rebelarse contra contra Amazon y las grandes cadenas comerciales. Dicen ‘rebélate’ contra los superpoderosos, ya que así apoyas a tu vecino o a tus compañeros de trabajo. En los últimos años, el concepto de ‘rebelión’ lo defendía más la derecha radical y la izquierda tenía bastante abandonado ese campo discursivo. Esto podría ser directamente una campaña de Podemos o de Más País, pero se hace a través de Correos”, destaca Fernández.

Sin solución a la vista

Resumiendo: tenemos la típica alergia de la izquierda a la rojigulada, pero con innovaciones como dejar de hablar de ‘anticolonialismo’ el 12 de octubre para centrarse en recomendar la compra de producto nacional. También queda patente la mentalidad de ‘dueño del cortijo’ que supone utilizar un anuncio de Correos para colar un contenido idéntico al de una de tus campañas políticas.

¿Hay que enfadarse o alegrarse? Pregunto al doctor en Historia Diego Díaz, autor del elogiado ensayo Disputar las banderas. Los comunistas, España y las cuestiones nacionales 1921-1982 (Trea, 2019). “Pienso que a día de hoy las izquierdas españolas oscilan entre una convivencia fría con la rojigualda en tanto que bandera oficial del Estado y algunos intentos llevados a cabo por Sánchez y el errejonismo de resignificar la rojigualda en un sentido progresista que no han llegado a cuajar. No creo que haya solución para la cuestión de la bandera, ni en el corto plazo ni quizá en el largo”, pronostica.

disputar
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Díaz es un académico de ideología cercana a Podemos, pero capaz de explicar con claridad algunas disfunciones del progresismo nacional. La primera vez que le escuché en un debate explicó que mentalidad de nuestra izquierda sobre el patriotismo le recuerda a una célebre campaña contra las drogas donde se mostraba el contraste entre la percepción de la persona ‘colocada’ y la realidad.

“Todos hemos experimentado ese trance donde tú piensas que eres el rey del mambo, pero en realidad te estás portando como un mamarracho o una mamarracha. Los militantes de izquierda pensamos muchas veces en España como un espacio autoritario, hostil hacia las ideas nuevas y en general poco democrático, mientras que para los jóvenes europeos que nos escogen masivamente para pasar su año de Erasmus somos un país tolerante, tirando a 'progre' y abierto a la diversidad. No digo que estemos equivocados, pero tampoco tenemos la verdad completa”, admitió en una charla el año pasado.

"La primera medida práctica para disputar la idea de España desde la izquierda es volver a pronunciar el nombre de nuestro país sin complejos", defiende el historiador Diego Díaz

También es capaz de dar respuestas incómodas en una entrevista con Mundo Obrero, donde explica cómo se torció la relación de la izquierda española con la rojigualda: “La aceptación de la monarquía nos deja sin una identidad nacional española progresista, propia, y sobre todo con unos símbolos con los que tenemos una relación extraña, fría, que se ha extendido incluso a la propia palabra España, tan manoseada después de cuarenta años de nacionalismo español franquista. En todo caso, una cosa son los sentimientos de la izquierda militante, y otra los de la gente ‘normal’.

Quizá la primera medida práctica para volver a disputar la idea de España desde la izquierda sea pronunciar otra vez el nombre de nuestro país sin complejos. Creo que hablar de ‘Estado español’ nos convierte en una pandilla de 'frikis' de cara a la mayoría”, confiesa. Por supuesto, la campaña de Correos no pronuncia la palabra “España” ni sola una vez.

España y el anticolonialismo explosivo

¿Por qué la izquierda española ya no habla de colonialismo el 12 de octubre? Seguramente se ha convertido en un campo de minas sociopolítico, donde no hay mucho que ganar. El pasado sábado, el presidente de México Antonio Manuel López Obrador reiteró su solicitud al Papa y la monarquía española para que pidieran disculpas formales por la conquista de América. La reclamación, formulada por primera vez el año pasado, ha sido cuestionada desde diversos sectores, el más reciente las comunidades zapatistas, que hace unos días publicaron un rotundo manifiesto -atentos al punto sexto- donde reclamaban dejar de ser utilizados y que no se olvide el actual maltrato a los pueblos índigenas por parte del Estado mexicano.

“No queremos volver a ese pasado, ni solos, ni mucho menos de la mano de quien quiere sembrar el rencor racial y pretende alimentar su nacionalismo trasnochado con el supuesto esplendor de un imperio, el azteca, que creció a costa de la sangre de sus semejantes”, destacan en un comunicado que carga contra Obrador. También se preguntan, en tono burlón, si el pueblo español tiene que pedir perdón por Cervantes, Buñuel y Bartólome de las Casas, entre una larga lista de pensadores y artistas nacionales que admiran.

Tanto y tan fuerte ha militado la izquierda española en el antiespañolismo que el asunto se ha convertido en espinoso, por no decir tóxico

Hay más casos similares, pero me conformo con citar uno más: el de la artista y activista peruana Daniela Ortiz, que el pasado verano pidió derribar las estatuas de Cristobal Colón en Barcelona. Jaleada por sectores 'indepes' y de Los Comunes, así como por figuras del arte contemporáneo de la ciudad, despliega un discurso anticapitalista y anticolonial con retórica militante. La realidad es que su apellido completo es Ortiz de Zevallos, linaje descendiente de la nobleza española que ya ocupaba puestos de relevancia antes de que Perú fuese un país independiente. Se educó en una universidad católica privada, todos sus hermanos han estudiado en Europa y ella consiguió el dinero para el traslado a Barcelona gracias a la ayuda de “la parte rica de su familia”, que a cambio le pidió que filmase vídeos domésticos de niños de la clase alta limeña.

Entrevistada en Espejo Público, Ortiz desplegó un discurso incendiario. “El poder colonial que se inicia con la invasión de los territorios de Latinoamérica por parte de Cristobal Colón sigue vigente (…) Ese poder está vivo y está matando a personas como George Floyd”, insistió. Como si mantener una estatua en el puerto al descubridor de América implicase algún tipo de complicidad con la violencia policial en Estados Unidos.  “Para personas mestizas como yo esto es totalmente ofensivo”, recalcaba, ocultando sus privilegios de clase y las ventajas conferidas por su capital cultural. Aquí pueden escuchar su discurso completo:

Terminemos con fútbol, que es más ligero. A comienzos de la década de los dosmiles, el defensa Oleguer Presas se convirtió en un fetiche de cierta izquierda nacional por su independentismo, sus críticas a la justicia española y su negativa a ir a la selección, que le provocaba “rechazo por lo que representa”. En cambio, no despierta el mismo entusiasmo la historia de Ansu Fati, actual estrella del combinado procedente de una humilde familia guineana.

La relación de la izquierda con la selección ha sido tan distante que reivindicarla ahora por tener un mayor número de jugadores de color (Traoré, Williams, Fati...) solo podría resucitar los esteriles debates que arrastra el equipo de Francia desde que ganaron el Mundial de 1998. Aquella plantilla multirracial enfadó a la extrema derecha que pedía más rostros blancos y encandiló a la izquierda que celebraba ver más tonos de piel oscura, en vez de acordar que aquello era un triunfo colectivo que reflejaba la diversidad de las calles del país. La polémica seguía viva cuando ganaron el Mundial 2018, aunque se llegó al consenso de que defender o atacar a una selección por el número de jugadores "africanos" implicaba negarles la condición de franceses.

Tanto y tan fuerte ha militado nuestra joven izquierda en el antiespañolismo que el asunto se ha convertido en espinoso, por no decir tóxico. Lo demostraron los debates recientes (bastante agrios) por el uso de rojigualdas en la cartelería de Más País o incluso simples 'memes' de izquierda que incluyen la bandera. Por eso, cuando Unidas Podemos anunció el sábado que Pablo Iglesias y sus ministros acudirían hoy, por primera vez, a la fiesta del 12 de octubre a muchos les sonó más a acto de desafío que a reconciliación nacional. Lo que va quedando claro es que esta generación de izquierda populista ha sido incapaz de mantener una relación natural con los símbolos nacionales. Habrá que esperar a la siguiente.

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