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Agustín Valladolid

Porque nada es casual

Nuevas siglas, EGC: Estado General de Cabreo

Tras cinco años de parálisis, de pérdida de oportunidades, de debilitamiento de las instituciones e ilusorio teatro, podría afirmarse que estamos ante la peor generación de políticos de la democracia

Albert Rivera y Pablo Iglesias.
Albert Rivera y Pablo Iglesias.

Voy a confesar algo que no sé si debo, porque puede que definitivamente me desacredite para el ejercicio de eso que llamamos, con perdón, análisis político: no he visto ni un solo capítulo de Juego de tronos. Peor aún, por no ver no he visto ni un tráiler. Y he de reconocer que igual no me habría venido nada mal tragarme toda la serie. De no haber sido tan pretencioso, quizá hoy sabría más de política, de esta política superficial cuyos protagonistas parecen seguir el guion escrito por sujetos que venden al líder de turno como si se tratara de una marca de café. De no haber desdeñado las series de moda, quizás habría sabido interpretar mejor los acontecimientos de estos últimos años, mitad realidad disparatada, mitad ficción.

Hay en Juego de Tronos un personaje, un tal Lord Varys, que dice cosas interesantes (googleando uno encuentra todo). Por ejemplo: “El poder reside donde los hombres creen que reside. Es un truco, una sombra en la pared. Y un hombre muy pequeño puede proyectar una sombra muy grande”. Imagino que Varys se refiere a Tyrion Lannister, el enano de la serie (eso, que había un enano, sí que lo sabía), pero lo que sería interesante descubrir es cuál de nuestros presuntuosos “enanos” políticos se ha tomado la memorable frase al pie de la letra. “Un hombre muy pequeño puede proyectar una sombra muy grande”. ¿Sánchez? ¿Casado? ¿Rivera? ¿Iglesias?

Que nadie se ofenda. Seguimos en clave de ficción. Lo lamentable es que es ahí, en el terreno de lo ficticio, donde han jugado sus cartas nuestros líderes políticos. En un escenario en el que a la realidad, entendiendo como tal los intereses y urgencias del país, se le ha reservado el papel de mero decorado. Un país, por cierto, demasiado tiempo entregado al tacticismo insensato de los druidas del marketing político. “La democracia ha muerto; bienvenidos a la sondeocracia”. Definición exacta de un lector fiel, pero incompleta. Es peor; mucho peor.

La torpeza de Rivera e Iglesias a la hora de gestionar la ilusión que un día despertaron les convierte, por méritos propios, en los principales damnificados del actual estado de decepción masiva

Aquí hemos descrito algunos síntomas del trastorno: “(…) la común y enfermiza obsesión por competir a cara de perro con el vecino por un espacio achicado, en lugar unir fuerzas para ensancharlo; o el infantil e inaceptable argumento de la falta de química con el que a veces se ha pretendido justificar la ausencia de acuerdos, son razones suficientes para cuestionar la idoneidad de la actual dirigencia si de lo que se trata es de defender los intereses del país”. Hoy, en pleno estado de general cabreo, tras cinco años de parálisis, de pérdida de oportunidades, de debilitamiento de las instituciones e ilusorio teatro, son muchos los ciudadanos que piensan, con sobradas razones, que estamos ante la peor generación de políticos desde que se aprobó la Constitución. Un peligroso dictamen, por la desafección que encierra, en buena parte provocado por el fiasco de eso que se dio en llamar la “nueva política”.

Dos pardillos

Los que venían a regenerarnos, a librarnos de todos los males del bipartidismo, han colaborado activamente al deterioro de la imagen de la política y, por ósmosis, de las instituciones.  “La preocupación por la política alcanza su máximo histórico desde 1985, según el CIS”, titulaban no hace mucho este y otros medios. Para los españoles, los políticos en general, los partidos y la política son ya el segundo problema del país, sólo por detrás del paro. Albert Rivera y Pablo Iglesias dirán ahora lo que quieran, intentarán esquivar su cuota parte de responsabilidad señalando a los demás, pero su extraordinaria torpeza a la hora de gestionar la ilusión que un día despertaron, la escasa competencia que uno y otro han desplegado para convencer a los ciudadanos de su utilidad, les convierte, por méritos propios, en los principales damnificados del actual estado de decepción masiva.

Por si fuera poco, la imagen de Rivera e Iglesias ha acabado por parecerse a la de dos pardillos que, incapaces de mantener un discurso convincente y uniforme, a base de vaivenes no siempre justificados, han terminado cayendo en la trampa del que ahora presentarán (aún con mayor vehemencia, quiero decir) como el Mefistófeles de la política española, don Pedro Sánchez Pérez-Castejón, quien tomó hace tiempo la decisión de que se repitieran las elecciones pero ha tenido la habilidad de involucrar en este fracaso colectivo a los demás, y de que la que sin duda es una maniobra estrictamente partidista acabe pareciendo un accidente provocado por la inexperiencia al volante de los líderes de Ciudadanos y Unidas Podemos.

La abstención y la elevada deserción del votante de centro-izquierda, no descartable, sería para Sánchez lo más parecido a una catástrofe

Queda mucho para el 10 de noviembre, pero las expectativas electorales de Cs y UP son directamente proporcionales a las de su creciente fragilidad. Esa es la cuenta que se han hecho en Moncloa: la de un voto útil que, ante tamaña inestabilidad, vuelve a concentrarse en los dos grandes partidos. El retorno al bipartidismo por incomparecencia del contrario. Veremos. El 10-N está muy lejos, y aunque el presidente en funciones tiene todas las de ganar, el final de esta penosa historia está aún por escribir.

Hasta ahora Sánchez ha tenido suerte. Su ilimitada osadía le ha permitido salir adelante en circunstancias a veces muy adversas. Pero antes, sin apenas equipaje, tenía poco que perder. Ahora es distinto. Se juega todo, y esta vez se le ha visto demasiado la patita. No quería un gobierno controlado por Podemos, y vigilado por los independentistas, y tenía razón. Pero no lo dijo cuando debía. Hasta el último momento ha alimentado la fábula de eso que denominó “gobierno progresista” y que no tenía la menor intención de formar. El engaño es una cosa muy fea, y hace tiempo que en política dejó de salir gratis. Toca rezar.

Una vela a Tezanos y otra a Monsieur Victor d’Hont. La abstención es más que una amenaza. Y la elevada deserción del votante de centro-izquierda, no descartable, sería para Sánchez lo más parecido a una catástrofe; un final de trayecto. Luego está la sentencia de los ERE, que puede perfectamente hacerse pública en plena pelea. Es más, ya hay quienes apuestan porque así será. Dirigentes históricos del socialismo andaluz condenados por el despilfarro de centenares de millones de dinero público. Un martillazo en las urnas. Un misil de seguro impacto electoral. Un imprevisto (o previsto, quién sabe) regalo para un Pablo Casado que, si es capaz de poner orden en su casa y gobernar la fogosidad de Cayetana Álvarez de Toledo (idónea para la batalla parlamentaria, pero una dudosa candidata para la reconquista del centro político), puede ser el gran beneficiado de este fracaso histórico.

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