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En la guerra de Ucrania han aparecido rostros norcoreanos dispuestos a lanzarse en oleadas sobre ese enemigo que nunca lo fue

  • Soldados norcoreanos, en el frente de Ucrania -

Se ha hablado menos de la invasión rusa de Ucrania desde que el foco fue reclamado por el conflicto de Oriente Medio. Normal, las guerras se ocultan unas a otras, cuando no desaparecen cronificadas, hasta convertirse, todo lo más, en fantasmas residuales del pasado. Nadie se acuerda hoy del Sudán martirizado y ni siquiera las hecatombes africanas libradas a machetazo limpio han dejado huella en la memoria civilizada. Cuando yo era niño nos asustaban o entretenían, según, con lo que ocurrió en Corea, pero pronto cayó sobre aquella tragedia el telón de la contienda auspiciada por Occidente en Indochina, y luego aquellos niños hemos ido coleccionando la memoria de tantas otras que resulta casi imposible recordarlas. Otra cosa es que todas las guerras se parezcan, a veces hasta confundirse, sencillamente porque ese ejercicio de salvajismo resulta, bien miradas las cosas, no poco elemental. Nos queda apenas el repertorio de ocurrencias de los grandes maestros: aquel brochazo gordo de que cuando los ricos se hacen la guerra son los pobres los que mueren o esa otra acuidad volteriana que asegura que el arte de la guerra, como la medicina, es a un tiempo asesino y conjetural. Poca cosa.

Al célebre oso ruso le queda lanzar proyectiles y cohetes pero sin que su garra logre abrir a zarpazos la mal estimada defensa que resiste sus embates, razón de más para repetir en Ucrania lo que China hizo en Corea

Hoy la guerra ha mutado, en todo caso, sobre todo porque ya ninguna tiene territorio propio en la medida en que sus actuales matanzas se ejecutan a distancia de eso que se llama “frente”, y es el aire y no la tierra el esquivo escenario en que se llevan a cabo. Hay una gran diferencia estimativa entre una carga de caballería o un inhumano cuerpo a cuerpo y la catástrofe producida por un impredecible misil lanzado por sorpresa a miles de kilómetros. El otro lado del “frente” ha intensificado una evanescencia que carece ya de rostro identificable.

De la guerra de Ucrania vuelve a hablarse ahora, no para repetir aburridamente el enésimo bombardeo de sus ciudades, sino porque en el “frente” terrestre han aparecido rostros norcoreanos dispuestos a lanzarse en oleadas sobre ese enemigo que nunca lo fue, es decir, para ayudar como carne de cañón a un ejército ruso que iba a conquistar Ucrania en un pispás pero que resulta que lleva años avanzando y retrocediendo ante un invadido al que no hay quien lo doblegue. Al célebre oso ruso le queda lanzar proyectiles y cohetes pero sin que su garra logre abrir a zarpazos la mal estimada defensa que resiste sus embates, razón de más para repetir en Ucrania lo que China hizo en Corea cuando los celos de Eisenhower relevaron a Mac Arthur o los rusos briagos de Zukhov avasallaron el corazón de Berlín: se trata para esos donantes de lanzar a la muerte en oleadas suicidas el excedente poblacional improductivo que desborda su estructura poblacional.

No es que la carne de cañón sea una novedad, todo lo contrario: quizá no hubo nunca guerra sin ella, y lo demás pertenece a la mitología estratégica o a la del honor, imprescindible la primera y mítica la segunda. No tengo clara la razón que pudo tener Lucano para reservar para las guerras civiles lo que sobradamente convendría todas y cada una, a saber, que al final de toda guerra la victoria es también una derrota. Es posible, sin embargo, que la visión de esa hordas abriéndose paso a pecho descubierto contribuya a cerrar el círculo ideológico que todavía disimula con éxito la atrocidad del negocio más antiguo ideado por el hombre.

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