Uno de los momentos estelares del actual Gobierno de España fue aquel en que uno de sus miembros, Manuel Castells, compareció en el Congreso de los Diputados para explicar a sus señorías las medidas tomadas por su Ministerio a fin de evitar, ante el inicio del curso universitario, el contagio del coronavirus. Cierto es que la presente legislatura está siendo pródiga en momentos dignos de semejante epíteto, pero, a mi modo de ver, este de Castells se lleva la palma. Y hasta me atrevería a afirmar que merece un lugar en la historia de la política española contemporánea junto a los protagonizados en tiempos de la Restauración por los ministros Burgos Mazo, Romanones, Gómez Acebo y compañía, cuyo rastro perdura en las Impresiones de un hombre de buena fe de Wenceslao Fernández Flórez.

Seguro que se acuerdan. Así habló Castells: “Yo creo que el mundo está en peligro, el mundo tal y como lo hemos conocido. Yo no digo que se acabe, pero este mundo sí, este mundo se acaba, este mundo que hemos vivido se acaba. Y habrá otro mundo que está gestándose y renaciendo”. Con razón sus palabras fueron tildadas de apocalípticas, aunque me da la impresión de que obedecían más bien al sesgo oracular que suele acompañar las manifestaciones del Gurú de Berkeley, no exentas de unos ademanes algo imperativos, como de maestrillo marisabidillo.

Viniendo de un anarquista confeso, aquel augurio de un mundo que renace no deja de resultar un poco intranquilizante. A saber cuántas bombas de hace cosa de un siglo guardará este hombre en la memoria.

A mí, la verdad, lo que más me llamó la atención cuando las escuché no fue tanto el fin de este mundo, como que el otro, el que parece que vendrá, no esté naciendo, sino renaciendo. Me llamó la atención y ahora confieso que empieza incluso a preocuparme. Verán, el pasado domingo El País Semanal traía una entrevista de unas cuantas páginas hecha al ministro. Y en ella Castells, tras reconocer que era anarquista, precisaba al punto, supongo que para curarse en salud, que como ministro no lo practicaba, el anarquismo. Vaya, algo así como que era creyente pero no practicante. Menos mal, dirán ustedes. Sí, menos mal. Pero convendrán conmigo en que, viniendo de un anarquista confeso, aquel augurio de un mundo que renace no deja de resultar un poco intranquilizante. A saber cuántas bombas de hace cosa de un siglo guardará este hombre en la memoria.

El zumbido de la oposición

Por lo demás, en la citada entrevista Castells también admitía que el individuo que hoy ocupa el cargo de ministro de Universidades no es exactamente él. Con ello no estaba aludiendo, sobra precisarlo, a la existencia de un doble. Tampoco esbozaba, estoy convencido, la hipótesis de una posible afección. No, semejante otredad sólo indicaba una incomodidad manifiesta. La misma que siente, al parecer, cada vez que se acomoda en el banco azul del Congreso. El espectáculo al que asiste no le gusta. Y por espectáculo entiende la conducta de la derecha, que tiene “comportamientos totalmente no democráticos”. Puede que el hecho de estar sentado justo delante de la bancada popular haya influido en esa percepción. No debe de ser muy agradable formar parte de un Gobierno social-comunista, ser anarquista –aunque no practicante– y escuchar tras de sí, semana a semana, el zumbido discordante de la oposición. Pero así son las cosas. Con tanto ministro como tiene este Gobierno, no todos pueden situarse donde les apetecería.

Claro que Castells podría aprovechar su posición en el hemiciclo para observar los comportamientos totalmente no democráticos –por llamarlos a su manera– de muchos de los que integran las huestes en que se sostiene el Gobierno del que forma parte. Pero, por más que esos comportamientos también se den, él ni los oye ni los ve. Le pasa como a esos comunistas a los que retrataba el pasado sábado en ABC Juan Carlos Girauta, esos que siguen siéndolo “en pleno siglo XXI, bizqueando adrede para poner en un punto ciego cien millones largos de muertos”.

Aunque Girauta, a mi entender, se quedaba corto. No son sólo los comunistas y sus muertos. Ese estrabismo deliberado afecta, salvo honrosas y puntuales excepciones, al conjunto de la izquierda española. A mí me recuerda el que se percibe en una de las figuras de las picassianas señoritas de Avignon. Me refiero a la ceñuda que aparece en primer término, sentada y abierta de piernas, y cuyo ojo derecho está morbosamente dilatado, mientras el izquierdo da la impresión de andar perdido en las tinieblas. Y es que el punto ciego que a nuestra izquierda le impide reconocer maldad alguna en sus propios actos –ojos que no ven, corazón que no siente, advierte el refranero– se complementa con ese otro ojo que, como el del incomodado ministro Castells, sólo ve la maldad en los actos de la derecha.