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Javier López-Astilleros

Opinión

Islamismo y populismo

La derrota del islam político es sólo momentánea: los Hermanos Musulmanes dormitan y son pacientes. Saben que habrá más oportunidades

Musulmanes rezando enfrente de la basílica Santa Sofía
Musulmanes rezando enfrente de la basílica Santa Sofía Europa press

Todos los imperios provocan la atracción que genera el poder, pero suelen ser frágiles y heterodoxos en su composición. Aglutinan un conglomerado de etnias y territorios dispares, en ocasiones asociados a héroes mitológicos, que un día son enterrados en la memoria. A finales del siglo XIX y comienzos del XX la lógica de nuevos poderes devoró los restos de macro entidades políticas como la monarquía hispánica, el imperio austrohúngaro (1919) y el califato otomano (1924). De todos ellos, merece detenerse en los otomanos, sobre todo tras la conversión de Santa Sofía en mezquita a cuenta del AKP turco.

Los otomanos, sucesores de los selyúcidas, conformaron un espacio político compuesto de multitud de etnias y religiones integradas en una entidad compleja. El éxito militar de esta visión de conjunto los llevó a hostigar a los Habsburgo en todas sus fronteras, y a constituirse como una entidad de carácter islámico en suelo europeo. Lo cierto es que el califato era una apisonadora militar y administrativa formidable, pero las partes terminaron por independizarse del todo, lo que supuso un daño irreparable para el orgullo otomano.

Parece que Turquía es la gran despechada por los desplantes de la UE en su infinito proceso de adhesión, y busca resarcirse con este tipo de actuaciones con fines populistas

En términos históricos, el fin de los otomanos sucedió antes de ayer, y por eso Erdogan quiere dar la vuelta al proceso abierto por Atatürk en 1924. En efecto, el centenario de la abolición del califato conduce hoy a un mesianismo hábilmente explotado: la restauración de un ideario neotomano casi imposible, pero que conlleva un éxito de propaganda evidente. Por eso, las tropas civiles de Erdogan han transformado el museo laico de Hagia Sofía (Santa Sabiduría) en un símbolo confesional islámico. No es suficiente con la Selimiye del gran Sinan, o con la mezquita azul, enfrente del gran templo cristiano dedicado a la sabiduría griega. Parece que Turquía es la gran despechada por los desplantes de la UE en su infinito proceso de adhesión, y busca resarcirse con este tipo de actuaciones con fines populistas.

Hay que reconocer la gran habilidad del AKP turco para seducir a las masas más allá de sus fronteras. Los ideólogos neotomanos utilizan todos los recursos posibles para extender su área de influencia: desde las guerras más crudas como en Libia o Siria, hasta las series de éxito mundial como Ertugrul, un héroe considerado el fundador de la dinastía otomana encarnada en su hijo Osmán (1258-1326). Esta saga tiene lecturas particulares de gran interés, que ofrecen pistas de cómo los neotomanos se ven a sí mismos: cuenta la leyenda que Osmán sueña con un frondoso árbol que sale de su cuerpo y con espadas que apuntan a la Roma de Oriente, Constantinopla.

Los bizantinos fueron devorados por el poder de las espadas, pero también por la integración de multitud de etnias en el califato

El resultado ya los conocemos: los bizantinos fueron devorados por el poder de las flechas y las espadas, pero también por la integración de multitud de etnias en el califato, hasta la adopción de unas insignias imperiales que resultan pura iconoclastia. Si bien los otomanos fueron los vencedores, están marcados por la destrucción de Bizancio, en ciertos momentos inigualable en riqueza, poder cultural y militar en todo el Mediterráneo.

Otra serie histórica más rigurosa es El gran imperio otomano, un docudrama que muestra la toma de la ciudad milenaria del primer Constantino. Aquí, Mehmet II y sus disciplinados jenízaros rebanan los cuellos de los mercenarios genoveses al servicio del último Constantino (XI), mientras los enormes cañones del húngaro Orbán destruyen las milenarias murallas del gran Teodosio.

La ciudad de los prodigios

En la serie, el profesor Michael Talbot señala con admiración e ingenuidad unas palabras atribuidas al profeta del islam a propósito de la conquista: “Seguro que Tú, nación islámica, conquistarás Constantinopla, ¡Y cuán maravilloso será el comandante de esa nación”!¡Y cuán fabuloso será el ejército de esa nación! Es tentador presentar la conquista dela ciudad de los prodigios como la consecuencia de una elección divina, sin embargo, en la época de Mehmet II la urbe de Constantino era extremadamente débil, después de la fatiga de permanecer mil años más o menos incólume. Losmercenarios genoveses de Gustiniani no pudieron contener a un ejército disciplinado, armado con inmensos cañones, torres de asalto, y muy superior en efectivos. En realidad, la ruina de Bizancio comenzó mucho antes del supuesto sueño de Osmán; en la batalla de Manzikert (1071) los selyúcidas aplastaron a los bizantinos y en apenas 20 años ocuparon toda Anatolia.

Hay que considerar el poder de la propaganda neotomana y no desdeñarlo. Las series producidas en Turquía tienen una capacidad de seducción enorme en el Norte de África, Asia e incluso América. Además, la derrota del islam político es sólo momentánea: los Hermanos Musulmanes dormitan y son pacientes, saben que habrá más oportunidades y Erdogan es su gran valedor. Él tiene el respaldo silencioso de millones de creyentes norteafricanos, que ven así parcialmente restaurado su orgullo pisoteado por el colonialismo, y por sus propios desgobiernos militarizados y cleptocráticos. Esta es la pinza que alimenta la permanencia de los Hermanos en todos los sustratos sociales.

Es osada la decisión de Erdogan de tomar para sí Santa Sofía, pero el jefe turco libra mil batallas y resulta victorioso en la complicada maraña del Estado profundo

Detrás de la propaganda, sueños y dichos proféticos, se ha construido un mito con una fuerza de seducción formidable. En efecto, el califato como construcción política goza de gran respeto entre los sunníes. Es interesante estudiar esta cuestión, y cómo ha variado a lo largo del tiempo. Según el investigador Han Hsien Liew, fue el historiador Al-Ṭabarī (839-923) quién politiza el término de califa, en su interés de legitimar a la dinastía abasida. No fue el único: el famoso jurista malikí de Al Andalus Al-Qurṭubī ya señalaba el carácter electo de un califa como regidor al que seguir y obedecer. Sin embargo, el sentido y la legitimidad de un califato político no está claro. Algunos versículos coránicos (2:30, 35:39, 24:55) son interpretados para legitimar dinastías familiares hereditarias, cuando es muy plausible que su significado sea de un cariz bien diferente.

La restauración califal sirve únicamente a los intereses de una facción turca que está en apuros. Las maniobras del AKP turco tienen que ver más con su propia supervivencia que con la expresión real de una dirección del islam político internacional, que aspira a un califato universal.

Es cierto que es osada la decisión de Erdogan de tomar para sí Santa Sofía, pero el jefe turco libra mil batallas y resulta victorioso en la complicada maraña del Estado profundo. Y sus actuaciones son pura supervivencia del presidente y su partido. Pero los rehenes son millones de creyentes seducidos por una entidad supranacional.

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