Están en su casa, en su trabajo y haciendo una vida social marcada por la pandemia y bajo la lupa de la Gestapo soberanista que ha llegado a espiar a los niños en los colegios para que no hablen en castellano en los recreos. Nadie habla de ellos, nadie se pregunta si no es hora de que se movilicen antes que, sin remedio alguno, se conviertan en gente de segunda con la bendición del Gobierno de España. A qué esperan para no tolerar que su dinero defraudado durante el procés, sacado de sus bolsillos y de los demás españoles, no vuelva a las arcas públicas como pretenden ellos, Sánchez y sus mariachis.

Este Gobierno sabe que las encuestas de hoy, mañana puede habérselas llevado el viento. Dos años por delante para exhibir una engañosa mejora económica, presentarse como el pacificador del secesionismo catalán recalcitrante y el gran vacunador que ha cambiado, desde su frivolidad y populismo, las mascarillas por nuevos rebrotes. Lo ocurrido en Baleares, con la pancatalanista Francina Armengol, es una vergüenza, pero como sanchista tiene bula. ¿Imaginan algo así en el Madrid de Isabel Díaz Ayuso? Sería la bronca permanente, los insultos y las zancadillas de un ministro tras otro.

Dos años para derrochar lo que no hay,
para tener contentos a sus paniaguados que han engordado el sector público con sus asesorías bien remuneradas

Con las televisiones a su servicio salvo contadísimas excepciones, la propaganda volverá a jugar un papel clave en noviembre del 23. Dos años para derrochar lo que no hay, para tener contentos a sus paniaguados que han engordado el sector público con sus asesorías de nombres rimbombantes, bien remuneradas, para que los estómagos agradecidos sigan creciendo. El PSOE es un maestro en comprar voluntades. Que se lo pregunten a los andaluces que tardaron 40 años en sacudirse el sistema clientelar, con uno de los mayores casos de corrupción del que ya nadie habla por las tragaderas de la izquierda que sólo son comparables con las mandíbulas de una pitón. Ahora Pablo Casado presenta sin casi eco en los medios su propuesta para Cataluña. Una propuesta que llega tarde. Tan tarde que debió ser Rajoy quien la pusiera sobre una mesa de diálogo cuando las cosas empezaron a ponerse más feas que de costumbre. Soraya Sáenz de Santamaría montó despacho en Barcelona y Junqueras le engañó como a una china llevándole de pitón a pitón y montando un referéndum ilegal que el Gobierno fue incapaz de evitar. Después, la aplicación del artículo 155 con una suspensión falsa de la autonomía por las exigencias de Sánchez.

Un estado dentro de otro estado

Junqueras no se va a sentar con Sánchez y Aragonés. Ahí Sánchez ha sido hábil al apelar a que el líder de Esquerra está indultado, pero inhabilitado. Sabía que permitir su presencia en las negociaciones pondría aún más en evidencia su falta absoluta de respeto a la legalidad. Lo que este Gobierno ofrece a los soberanistas es un estado dentro de otro estado. Porque es prácticamente imposible más competencias salvo la fiscalidad que en definitiva ya la disfrutan vascos y navarros. ¿Estarán satisfechos con eso? No, y lo que es más grave, que Euskadi ya está pidiendo ser reconocida como nación.

La fractura está servida y el resto de España puede reaccionar muy mal ante la profunda discriminación a la que van a ser sometido. Y esa reacción, de mantenerse en el tiempo, puede ser el final de la era Sánchez, que mientras su partido sigue bajando en los sondeos, él sigue siendo el líder mejor valorado. ¿Una incongruencia, o un problema de Casado? Me temo que lo segundo. Los electores no le reconocen todavía como un líder fuerte, y no les gusta su cercanía a Vox. Lo cual no tiene demasiado sentido mientras Sánchez está en manos del tres por ciento catalán y un comunismo de caricatura pero que no respeta las reglas constitucionales. Si Vox pusiera freno a sus disparates, favorecería un cambio de tendencia que llegará tarde o temprano. Que Iglesias haya desaparecido, de momento, no hace de
Unidas Podemos un producto digerible. Entre las estupideces de Irene Montero, y los falsos másters de Yolanda Diaz sin que su currículum falseado tenga consecuencias, la izquierda sigue riéndose de los españoles.