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Verónica Fumanal

Opinión

Barcelona: tal como éramos

Les mintió el Gobierno de Cataluña. Les engañó. Les hizo creer que la independencia ya estaba ahí. Y se lo creyeron. Ahora muestras su decepción a ladrillazos

Disturbios en Cataluña.
Disturbios en Cataluña. EFE

Pocas veces es tan complejo enfrentarse a un folio en blanco para analizar una situación política. Con más motivo, si aquello que debes explicar forma parte de tu historia, de tu vida, de las calles en las que tanto has vivido. Cuando emigras de tu casa es difícil explicar de donde te eres, en un país donde el localismo solo es superado por el regionalismo. Así que cuando te preguntan intentas explicar que naciste en un lugar, pero que te convertiste en una adulta en otro y que ahora vives en otro, donde también te sientes muy a gusto y pretendes quedarte. Y esta es la historia de mi vida, criada en un pueblecito de Huesca, convertida en mujer en Barcelona y residente de Madrid. He querido explicar esto, porque para mi escribir de lo que sucede en Barcelona no es solo un ejercicio intelectual, es un ejercicio emocional que me remueve parte de mi identidad y es justo que el lector los sepa.

Para quien no conoce Barcelona, para quien no la ama, es difícil experimentar los sentimientos que nos abordan a los que sí. Ver como arde una ciudad que ha sido albur de culturas, de idiomas, cosmopolita e integradora reducida a una hoguera de la frustración de aquellos a los que se les prometió una república que no iba a llegar es doloroso. Porque el daño a la ciudad no es realmente el destrozo de su mobiliario urbano, algo que es subsanable con tiempo y dinero, es la profunda herida en lo que representa la ciudad, una ciudad abierta al mundo, una ciudad europea donde se acoge e integra al migrante y se fusiona con los nacidos en la Ciudad Condal. Esa es mi experiencia, Barcelona y sus habitantes me dieron lo que soy hoy, una de las razones por las que siempre he dicho que era medio barcelonesa, no de nacimiento, sino de adopción.

Democráticamente, en las urnas, el independentismo no gana en Barcelona, por ello, querían hacerla suya por la fuerza

La Barcelona de la violencia independentista pretende acabar con esa idea de Barcelona, por la que tanto trabajaron sus alcaldes, “una ciutat del mon”, una ciudad con una magia tan especial que no puede ser solo patrimonio de Cataluña o de España, porque es tan especial que hay que compartirla con el resto del mundo. Por eso es un símbolo a batir por el independentismo, por eso todas las marchas independentistas confluyen en una ciudad que no lo es. En las últimas elecciones generales, el independentismo obtuvo casi 300.000 frente a lo más de 500.000 de las fuerzas no independentistas; en las municipales, las fuerzas no independentistas casi duplicaron a las que están a favor. Democráticamente, el independentismo no gana en Barcelona, por ello, querían hacerla suya por la fuerza.

Poco importa que los que han quemado la ciudad durante estas noches sean profesionales de la violencia callejera, o adolescentes frustrados que han jugado a la guerrilla urbana, con sus camisetas a modo de pasamontañas que vuelven a ponerse cuando regresas a sus casas bajo el techo de papá y mamá para descansar tras una noche de juerga de selfies y containers quemados. Los que diseñaron la estrategia de devastación y desbordamiento de la paz social tenían un objetivo, que las calles de Barcelona fueran suyas porque no lo pudieron conseguir en las urnas.

Liderado por delincuentes

Han aprovechado para ello, el profundo conocimiento que tienen del comportamiento de las masas: caos provocado por la valentía que otorga a los cobardes el anonimato, todo liderado por delincuentes profesionales del asunto y por adolescentes frustrados por promesas de independencia y prosperidad social que no intuyen como posibles.

La sentencia del Tribunal Supremo solo fue la excusa, la verdadera causa que se intuye en la violencia de las noches catalanas es el desengaño de una sociedad a la que se le prometió que la independencia seria rápida y fácil, que ni si quiera hacia falta ser más del 50% de la sociedad, que tan solo con urnas de plástico sin legalidad podría alcanzarse. El Govern de la Generalitat les mintió, pero ha sido lo suficientemente hábil como para seguir señalando, con todavía más fuerza, al tradicional enemigo común del nacionalismo catalán: España. Hoy el país clama por una solución, incluidos los cientos de miles de personas que pacíficamente marcharon hacia la capital catalana, manifestándose una vez más por un derecho que, todavía, no existe: el de decidir sobre el futuro de Cataluña. Hoy, con el fuego en la calle, la solución, sea cual sea, está más lejos que nunca, porque la violencia arrebata cualquier derecho a la razón. Para mí, Barcelona, siempre será una ciutatdelmon.

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