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Miquel Giménez

Opinión

¿Alta traición o máxima estupidez?

Mediador, relator, notario, son meras palabras que pretenden hurtar a los ojos de la población la verdad. Socialistas y separatistas juegan a los disparates con el único fin de salvar su culo

Torra y Sánchez en el palacio de Pedralbes
Torra y Sánchez en el palacio de Pedralbes EFE

En vísperas del juicio a los golpistas, el escándalo del mediador se asemeja a lo que en términos periodísticos se denomina la serpiente de verano. Es inconcebible que, para resolver el mal llamado problema catalán, se tenga que recurrir a nada que no sea la ley, el orden constitucional, el sentido común, los respectivos parlamentos y las fuerzas políticas que los integran. Pero el socialismo, primero en boca de Iceta al hablar de un notario, y luego por la de la vicepresidenta Carmen Calvo se ha metido en un jardín de difícil salida. Lógicamente, PP, Ciudadanos y VOX han abierto la caja de los truenos, llegando Casado a calificar al doctorado Sánchez de felón y traidor. No es eso, no es eso, que diría Ortega, porque el ocupante de la Moncloa es incapaz, por su propia mediocridad intelectual, de perpetrar ninguna traición. Para eso se precisa alguien con la calidad de Bruto, de Casio, de Trebonio, de Décimo Bruto y, no en último lugar, a una Roma pujante.

Así las cosas, Sánchez, prisionero de su propia insignificancia, está incapacitado para ejercer el papel de Fouché. Solo puede cometer actos estúpidos, insensatos, carentes de grandeza, pero jamás una traición. Carece del nivel preciso y eso deberían tenerlo muy presente quienes, pretendiendo degradarlo, lo hacen aparecer a ojos de la historia como alguien de mayor enjundia. Vean, sin ir más lejos, la polémica acerca de esa figura que, dentro del buenismo suicida de la progresía de salón, denominan unos mediador y otros relator. Los nombres que circulan son, francamente, para reírse si la cosa no fuese seria. De la pista vasca que nos lleva directamente hasta Íñigo Urkullu, que ya ejerció ese papel cuando Puigdemont se debatía como un Hamlet de pacotilla entre convocar elecciones o proclamar una república de pacotilla – por cierto, el dirigente nacionalista vasco quedó hasta los mismísimos de Cataluña, de los separatistas y de Puigdemont al que en círculos próximos al lehendakari se califica de txotxolo, tonto – vamos hasta la de un expresidente del Parlament pasando por un eminente profesor. La última: Xavier Doménech, que dimitió del partido de Ada Colau por estar francamente harto de que le clavasen día sí, día también, un cuchillo en la espalda.

Lo que llama poderosamente la atención es el silencio de Esquerra, que se ha mantenido más o menos de perfil en todo este embrollo.

El Govern, es decir, Elsa Artadi, tiene sus preferencias mientras que Miquel Iceta tiene las suyas. Calvo dice que debe ser alguien de Cataluña, los separatistas que mejor alguien de fuera. Puigdemont se mantiene expectante, porque todo lo que no sea centrarse en el juicio le viene de molde para sus intereses personales. Lo que llama poderosamente la atención es el silencio de Esquerra, que se ha mantenido más o menos de perfil en todo este embrollo. Nos cuentan que entre los presos pro Puigdemont reina una gran agitación con respecto a este asunto, que ven poco menos como un triunfo del separatismo. Junqueras, en cambio, no dice nada, recluido en sus escritos y su misa diaria. Algo está sucediendo que no nos cuenta nadie, y mucho nos tememos que, a la larga, sea otra de las múltiples cortinas de humo para ocultar la auténtica finalidad: convocar una consulta en Cataluña pactada con el separatismo que contemple tres preguntas, a saber, si se está contento con la actual situación, si se desea más autonomía o si se quiere la independencia. Es la llamada propuesta Tardà, que ya he tenido ocasión de comentar en alguna vez.

Estrategia

García-Page, Lambán o Fernández Vara han exigido que se convoque el Comité Territorial del PSOE. En Ferraz se oyen comentarios muy críticos respecto de la política que emana de presidencia del Gobierno. Aducen que, con esta milonga del relator, el PSOE no gana ni un solo voto, pierde en cambio muchos y, en el fondo, da oxígeno a los separatistas. Todo, para que estos aprueben unos Presupuestos a los que, al menos hasta ahora, se oponen frontalmente. Ciertamente, como estrategia, hay que concluir que es una majadería de solemnidad.

Mientras tanto, en el Parlament de Cataluña, a Inés Arrimadas, le cortan el micrófono mientras interviene, Torra se ríe cínicamente cuando Alejandro Fernández, del PP – qué orador, por Dios – le recuerda que el president debe ser el único perseguido político que circula en coche oficial, cobra el doble que el presidente de España, dispone de medios de comunicación propios, ejerce la censura y hace soflamas para vulnerar el orden constitucional que le permite gozar de todo eso.

Relator o mediador, lo de menos es eso, lo realmente lacerante es que el Estado abdicó hace muchos años, décadas, de su autoridad en esta tierra, delegándola en un puñado de corruptos que hicieron fortunas descomunales a base del tres por ciento mientras ponían su bota totalitaria en el cuello de los disidentes. Que ahora a Sánchez le acusen de alta traición es casi un gag, pero que lo haga el líder de un partido que tuvo a un presidente que hablaba el catalán en la intimidad roza lo ridículo. La frase “tranquilo, Jordi, tranquilo” ha cobrado un significado muy distinto al original. Jordi Pujol y sus herederos están más que tranquilos, están encantados al ver que delante de él no existe un solo átomo de inteligencia, de coraje, de músculo democrático. Por lo tanto, que pongan de relatora a Pilar Rahola. A estas alturas, qué más da.

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