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Juan José Laborda

Opinión

Sánchez, AMLO y el riesgo de bordear las instituciones

Cuando López Obrador anuncia que ‘la ciudadanía tendrá la última palabra’ y Pedro Sánchez bordea las instituciones, estamos ante dos versiones no muy distintas de populismo

Pedro Sánchez y López Obrador.
Pedro Sánchez y López Obrador. EFE

Tras el fracaso de las experiencias populistas en Argentina, Ecuador, Venezuela, Nicaragua y hasta cierto punto de Bolivia (Bolivia es el modelo constitucional de la “nación de naciones”), en estos momentos aparece el México de Andrés Manuel López Obrador (AMLO).

El populismo está en la manera de gobernar de AMLO. Es característico de AMLO, y de los populistas -desde Juan Domingo Perón, pasando por Hugo Chávez, hasta llegar a Pablo Iglesias e Íñigo Errejón- , que todos ellos apelen al “pueblo” y que definan su doctrina política con un simplismo: “Ellos contra nosotros”, siendo el “ellos”, en sucesivos momentos, “la casta”, “los que no nos representan”, “la oligarquía”, “el neoliberalismo” y todas aquellas etiquetas que resultan más eficaces para mantener una tensión electoral permanente que busca crear una sociedad “adicta a la indignación”.

La apelación al “pueblo” consigue ocultar que los populistas carecen  de un referente social y electoral definido. Dicen ser partidarios de la unidad (el pueblo unido), pero la unidad social es imposible pues el único vínculo común es la masa cabreada. Su objetivo no es representar las necesidades o aspiraciones de grupos o clases sociales concretas, sino inducir un estado de ánimo indignado que permita a los mantener su poder electoral basado en la eterna protesta, fuera de las instituciones representativas. La reciente confluencia, en Madrid, de la manifestación pidiendo mejores pensiones de jubilación, con el gremio corporativo de los taxistas en huelga, son un ejemplo de que el populismo puede desencadenar una “fronda” (la unidad de los contrarios contra el gobierno o el “sistema”), pero nunca propondrá soluciones democráticas a los problemas, ni pondrá en marcha  la revolución.

El mito de la unidad del pueblo, y el éxito electoral basado en emociones, emparejan a AMLO con Perón y con los diversos populismos

Recorramos con la memoria una larga historia de lamentables ejemplos. El más reciente, los “chalecos amarillos” en Francia. Se produjo una protesta unitaria contra el aumento de los impuestos en carburantes, para acabar siendo un ataque contra las instituciones republicanas y europeas,  que beneficia sólo a los derechistas de Le Pen. En España ese fue el itinerario que también recorrió el movimiento del 15M, comenzando con la emoción de la unidad asamblearia para terminar destrozándose dentro del antiquísimo estilo de las izquierdas esclerotizadas. En Argentina, el banco de pruebas mundial de los populistas, y la patria del que fue su teorizador más conspicuo, Ernesto Laclau (1935-2014), Juan Domingo Perón obtuvo un arrollador triunfo electoral al proponer un programa unitario que satisfacía a todo el mundo, desde la izquierda revolucionaria de los Montoneros, hasta las fuerzas oscuras del mentor de su esposa (y sucesora en la presidencia de la República; ¡ah, el populismo diviniza a los cónyuges!), José López Rega (1916-1989), ministro de Bienestar Social y jefe de los terroristas de la Triple A. Aún está Argentina sufriendo sus consecuencias.

AMLO, a diferencia de Perón, no es militar, y México se libró del militarismo que asoló Argentina a lo largo del siglo veinte. Pero el mito de la unidad del pueblo, y el éxito electoral basado en emociones, emparejan a AMLO con Perón, y con los diversos populismos, derechistas o izquierdistas. AMLO obtuvo la mayor proporción de votos que cualquier otro presidente de México. Su movimiento político y electoral, MORENA (Movimiento Regeneración Nacional), domina las dos Cámaras del Parlamento mexicano. Pero en su seno coexisten individuos y grupos unidos sólo por su oposición al modelo político anterior. Militantes y dirigentes de todos los antiguos partidos, desde el PRI  al PAN, están juntos con miembros de un partido ultrarreaccionario evangélico y de un partido comunista identificado con el régimen de Corea del Norte.

El caso del llamado ‘relator’ es un ejemplo de las consecuencias de optar por caminos ajenos a las instituciones o a los órganos internos del partido político al que perteneces

Para mantener unida esa mezcla explosiva, se entiende que AMLO no decida nada sobre cómo resolver los grandes problemas nacionales, sea la pobreza, la corrupción, la violencia, la baja productividad empresarial, o la reforma del Estado. Es el pueblo quién decidirá, por medio de consultas. “La ciudadanía tendrá la última palabra -anunció AMLO en su  primer discurso como Jefe de Estado-, porque todos estos asuntos se van a consultar a los ciudadanos”.

Entre el pueblo y el líder populista no hay nada. El líder no quiere nada para sí, salvo el poder  absoluto. ¡Atención! Prescindir de las instituciones de control, y en su lugar prometiendo consultar a los militantes o a los ciudadanos, no es un atavismo mexicano. Aquí, al presidente Pedro Sánchez le acaban de surgir serios problemas  por las mismas causas, el mayor de todos, el llamado “relator” que iba a mediar entre el Gobierno y los separatistas; en gran medida porque sus decisiones fueron adoptadas fuera de las instituciones, sea el Consejo de Ministros, las Cámaras Parlamentarias, o los órganos internos de su partido político.



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