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Jesús Cacho

Opinión

Ocupar Lavapiés, tomar Sol, asaltar el palacio de invierno

Juan Carlos Monedero, pidiendo calma en Lavapiés.
Juan Carlos Monedero, pidiendo calma en Lavapiés.

Mañana de viernes en Lavapiés, barrio caliente tras los sucesos de la noche anterior, muerte de un mantero en la acera de una tarde de marzo, paro cardíaco, y a la plaza Nelson Mandela se acercó el cónsul de Senegal con muchas horas de retraso, de modo que él y su chilaba se vieron obligados a refugiarse en un café protegido por la policía, y hubo sillas y mesas volando de nuevo, hasta que en un claro de la batalla, entre cargas de la brigada ligera, apareció en la tele el ilustre Monedero, el Lenin de Podemos, ¿cuándo trabaja este hombre?, pañuelo rojo al cuello, con esa cara suya de sabio marxista de vuelta de todo sin haber ido a nada y, su pinganillo en la oreja, ¡oh casualidad!, comienza a relatar el cuadro para La Cuatro, “mucha pena, son como nosotros, llorando de pena porque se les ha muerto un compañero, me recuerdan a cuando los españoles teníamos que emigrar a Alemania y nos veían allí como los negros, triste, porque éramos sospechosos, ¿cómo que no hay una política racista? ¿Cómo que no hay una Ley de Extranjería que les señala como sospechosos? ¿Cómo que no hay una voluntad de que esta gente no pueda ganarse la vida? Luego nos emocionamos viendo lo que sufren para llegar hasta aquí, huyendo de sus países víctimas de nuestra explotación, y después llegan y ¿cómo viven? ¿Qué hacemos para que se ganen la vida? Con el riesgo de que en Lavapiés se enfrenten pobres contra pobres, porque si un blanco quema un contenedor la policía no lo reconoce por la calle al día siguiente, pero en cuanto ven a un negro se convierte en sospechoso…”

Monedero agitando la coctelera. La culpa es del capitalismo. “En un mundo plagado de continuos y complejos problemas, un mundo lleno de frustraciones y desengaños, el liderazgo de América debe estar guiado por las luces del conocimiento y la razón, so pena de que aquellos que confunden la retórica con la realidad, lo plausible con lo posible, conquisten el favor popular con sus aparentemente rápidas y simples soluciones para cada problema que el mundo enfrenta”. La frase, pronunciada en un lejano 1963 por John F Kennedy en el Dallas Trade Mart, no puede estar más de actualidad en este mundo nuestro plagado hasta la náusea de recetas populistas que prometen soluciones milagrosas a problemas complejos, ofrecen el oro y el moro con cargo al gran padre Estado, pensiones, educación, sanidad, paro, becas, renta mínima, y sacan las masas a la calle con la intención de menear el árbol viejo de un sistema que se cae a pedazos hasta que en sus ramas no quede más solución que la revolución.

La oportunidad que representó la mayoría absoluta de Mariano Rajoy a finales de 2011 para haber puesto al enfermo sobre la mesa de operaciones y haberlo abierto en canal hasta dejarlo listo para una nueva singladura de décadas, se perdió estrepitosamente

Conquistar la calle para asaltar el palacio de invierno. El país está parado en la cuneta de una carretera secundaria, un camino vecinal perdido entre riscos, sin móvil a mano, sin mecánico a la vista, sin taller en el que reparar el vehículo. Sin liderazgo. Y llevamos tiempo así. La oportunidad que representó la mayoría absoluta de Mariano Rajoy a finales de 2011 para haber puesto al enfermo sobre la mesa de operaciones y haberlo abierto en canal hasta dejarlo listo para una nueva singladura de décadas, se perdió estrepitosamente, seguramente porque para viaje de tan altos vuelos hubiera hecho falta un liderazgo de muchos quilates. Mandaba la economía, la superación de shock de una crisis que puso a España contra las cuerdas, el costoso rescate bancario, y todo lo demás quedó al pairo, abandonado como esas hojas secas que lleva la corriente río abajo, y alguien lo advirtió: se superará la crisis económica, pero la crisis política –más grave, más profunda- seguirá intacta cuando la economía vuelva a crecer.

País sin proyecto, de nuevo perdido en la espesura de algunos de sus tradicionales demonios históricos, Franco, los muertos de la guerra civil, esa nueva Ley de Memoria Histórica con la que el PSOE pretende imponer un único relato del conflicto con sanciones para quien discrepe, aliñado todo con espantajos iniciáticos que con virulencia enseñorean el paisaje hispano, los pensionistas, los estudiantes, las mujeres, la guerra de los géneros, esfuerzo de ideologías viejas que despiertan enarbolando señuelos nuevos intentado quebrar la paz social en el momento de máxima debilidad, porque España sigue débil, lejos de haberse liberado del cepo tendido por el nacionalismo catalán, nuestra Mater Dolorosa continúa anémica, perdida en el laberinto que llegó del brazo de las generales de 2015, aquellas que iban a finiquitar con el bipartidismo para aflorar un Congreso variopinto, qué bonito, pero que ha resultado un filfa, un desespero que hace mucho más difícil la gobernación, un lío que mantiene a esta en tantas cosas exuberante España parada en la cuneta, sin proyecto, perdiendo un tiempo precioso mientras el mundo, cada día más complejo, avanza sin mirar atrás.

El asesinato del niño Gabriel; la muerte del periodismo

España sin futuro. Emmanuel Macron está intentado rescatar a Francia -más rica, más poblada- con un proyecto que pretende reinsertarla en el liderazgo global, tras muchos años igualmente ensimismada y enferma de estatismo, negada con las reformas, paralizada por un aparato burocrático que rechaza cualquier cambio. No hay noticia de España, barco al pairo perdido en el océano de la inanidad, sin capitán en el puente de mando, sin brújula, sin poderes claros. Con un Gobierno en minoría que circula por la historia de una legislatura prematuramente agostada con la mano atada a la espalda de la maldita corrupción, los casos de corrupción que siguen ocupando el día a día de los tribunales y los titulares de la prensa como flores del mal en esta primavera pasada por agua, pobre España sometida a la granizada de unos medios de comunicación que han perdido el rumbo para entregarse al amarillismo más escandaloso, a la politización más viscosa, a la corrupción más repugnante. La muerte del periodismo. El asesinato del niño Gabriel. Cada vez más claro que nuestra crisis política está indisolublemente unida a la crisis de los “media”, una crisis en la doble horquilla de las cuentas de resultados y del extravío de unos profesionales que han abdicado de sus códigos deontológicos.

Podemos ha logrado instalar la agenda de la demagogia social. El debate político está podemizado. Es la victoria de Iglesias precisamente cuando más débil está Iglesias, ergo más decidido, más dispuesto al asalto del palacio de invierno"

Sobre la cubierta de la nave perdida comienza a llegar el eco de un murmullo creciente, un sonido ronco, el ruido y la furia de los pescadores en río revuelto interesados en romper la paz social, dispuestos a edificar no sé qué soluciones populistas (la retórica con la realidad, lo plausible con lo posible), algunas de las cuales, o todas juntas, bastarían para llevar a España a la suspensión de pagos en pocos meses. Las pensiones. Podemos ha logrado instalar la agenda de la demagogia social. El debate político está podemizado. Es la victoria de Iglesias precisamente cuando más débil está Iglesias, ergo más decidido, más dispuesto al asalto del palacio de invierno, a sacar a la gente a la calle con la ayuda de los sindicatos y el aval de unas televisiones entregadas a la tarea de expandir basura, más la radicalización del PSOE de Sánchez, lo más preocupante, un PSOE podemizado que ha decidido echarse al monte abandonando el campo de ese centrismo desde el que se suele gobernar. En frente, un Gobierno sin capacidad de respuesta y, lo que es peor, en gran medida convencido también de que hay que empezar a regar el campo del voto con dinero público. Ni rastro de liberalismo. Nada ni nadie capaz de oponerse a la marea populista. Ni sociedad civil, ni intelectuales, ni siquiera la CEOE, obligada a defender la causa de la libre empresa. Y honda preocupación en los cuarteles generales de las (pocas) grandes empresas, asustadas por el parón de las reformas y el callejón sin salida en que se encuentra la política española.

Con riesgos importantes a la vuelta de la esquina. En efecto, ninguna reforma en marcha. Ningún gran proyecto de futuro. Todo parado hasta la celebración de nuevas generales. Con Ciudadanos en la sala de espera, Mariano se limita a actuar de freno ante los desvaríos de una izquierda empeñada en abrir la caja de caudales pública para empezar a repartir. Lo llaman Igualdad. El riesgo de recaída de nuestra economía no ha desaparecido. España superó la crisis gracias al rescate bancario, la reforma laboral, y los retoques en pensiones que evitaron la quiebra del sistema, entre otras cosas. Consecuencia de lo cual volvió la confianza, se desatascó la llegada de dinero del exterior y se logró retener el doméstico. Eso ha permitido superar el intento de golpe de Estado independentista sin afectar al crecimiento. Pero la lenta subida de tipos y el aumento del gasto público, tendencia agudizada por las pulsiones socialdemócratas de los Montoro y compañía, podría volver a colocar a España en una situación delicada en el horizonte del 2020, en cuanto el crecimiento dé síntomas de ralentizarse, con un déficit que volvería a dispararse por culpa de una estructura de gasto público, que paso a paso vamos construyendo, imposible de financiar en situaciones de crisis.

El intento de romper la paz social

Ninguna amenaza, sin embargo, tan grave como el intento de romper la paz social al que estamos asistiendo estos días, la conquista de la calle en que está empeñada una izquierda radical campeona del cuanto peor mejor, alentada por un Pedro Sánchez que ha perdido el juicio, y jaleada por unos medios de comunicación a quienes, en buena parte, la suerte de España le importa una higa. Alguien ha escrito que al PP le están preparando, a través de la agitación en la calle, otro desalojo como el que sufrió en abril de 2004, pero Mariano no parece enterarse. Ocupar Lavapiés, tomar Sol, asaltar el palacio de invierno. “Lucrecia Pérez, Samba Martine… hoy Mmame Mbage. Los nadie víctimas de la xenofobia institucional y de un sistema capitalista que levanta fronteras interiores y exteriores. El pecado de Mmame ser negro, pobre y sin papeles”, tuiteaba el jueves noche una tal Romy Arce, concejala del Ayuntamiento de Madrid. “La derecha manipula y roba con pensiones de mierda”, podía leerse ayer en la portada -foto de pensionistas concentrados en la Puerta del Sol- de la edición digital de El País, el periódico patrocinado por Soraya Sáenz de Santamaría y mantenido por Telefónica, Santander y CaixaBank. “Ancianas gritando bajo la nieve”, rezaba otro titular más, con su correspondiente y vomitivo texto, del mismo diario, referencia del periodismo español serio. Y bien, ¿cómo piensas aguantar tu presidencia dos años más en esta situación, Mariano? Entre la estulticia de unos y la maldad de otros, este gran país parece tener difícil arreglo.



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