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Juan José Laborda

Opinión

Lecturas en tiempo de elecciones

Los políticos de mi generación, fascinados en muchos casos por la lectura de Marx, medíamos nuestros avances con conceptos ideológicos. Al contemplar estas elecciones, me doy cuenta cuánto ha cambiado la política

Karl Marx.
Karl Marx.

Preparando unos textos académicos, acudo a un libro notable: “La poesía del pensamiento. Del helenismo a Celan”, de George Steiner (París,1929), publicado en inglés en 2011, y al año siguiente en castellano por la Editorial Siruela. George Steiner es único analizando la cultura europea, y sus libros me han abierto espacios luminosos en medio de la fronda inextricable o enrevesada de la literatura, la filosofía y el lenguaje de la cultura occidental durante dos milenios.

Sus ensayos sobre los mitos griegos, destacadamente los que se refieren a Antígona (cuya tragedia sólo se puede comparar con la de Cristo crucificado, después de la cual, como apuntó Goethe, ya no será posible ninguna tragedia más en el pensamiento occidental); o sus análisis sobre el regreso constante a los más profundos tópicos de las religiones cristiana y judaica en su genial ensayo “Nostalgia del absoluto” (1974), donde el marxismo y el psicoanálisis freudiano aparecen como lo que son, la búsqueda de un añorado pasado de felicidad y de inocencia; o este último libro que se refiere a la relación que tiene la filosofía occidental, desde los presocráticos hasta Wittgenstein, con la literatura, desde Homero hasta Celan. Todos sus ensayos, en efecto, son imprescindibles para entender nuestra época y para pensar nuestro futuro, como seres individuales y como miembros de la humanidad.

El comienzo (¡no el arranque!, vocablo repetido hasta el exceso) de la campaña electoral, parece adecuado para referirme al trabajo de Steiner, modulado por mis recuerdos librescos. Encuentro en eso diferencias. Cuando votamos por primera vez en democracia estábamos mucho más atentos a los factores sociopolíticos que a los pronósticos electorales. El mero hecho de poder explicar, en mi caso, el significado del socialismo, era más importante que resultar elegido. Esa importancia no era una característica de la joven democracia española, aunque tuviera más entidad entre nosotros, sino que el debate sobre modelos de economía y del Estado eran comunes en las campañas y en los partidos políticos de casi todas las democracias europeas y mundiales. Todavía se daba el debate sobre la superioridad de la democracia llamada liberal o representativa frente a la definida como democracia real; en el fondo, un debate sobre el pluralismo ideológico frente a la doctrina única-oficial de los Estados totalitarios, comunistas o fascistas.

Cuando tras muchos años volvimos a votar en democracia, estábamos mucho más atentos a los factores sociopolíticos que a los pronósticos electorales

Mi generación, la que alcanzó uso de razón política contra el franquismo, encontró en el marxismo un instrumento, incluso una visión del mundo completa y contraria a la que era oficial en aquella sociedad, y se convirtió, como poco, en el discurso más empleado para criticarla y para proponer fórmulas con las que  transformarla, una vez extinguida la dictadura del Movimiento Nacional.

Leyendo a George Steiner, nada sospechoso de apreciar las políticas marxistas, comprendo la fascinación que sentíamos con la prosa de Marx: “…esos  instrumentos de permanente sarcasmo, de despectiva agresividad que hicieron de Marx el más eminente virtuoso del oprobio después de Juvenal y Swift… Las Tesis de Lutero en Wittenberg fueron un elemento del arsenal de Marx… Funden precisión analítica, sátira, control teórico e inmediateces de furia de una manera comparable a lo mejor de Tácito. Ya sólo estos panfletos épicos asegurarían la talla de Marx en la poética del pensamiento”.

Steiner, después de hacer un recuento de las influencias literarias de Marx, que iban de Dante a Goethe, pasando por Calderón y Shakespeare, se detiene en su famosa IX Tesis sobre Ludwig Feuerbach: “Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo”. Y la comenta: “En frase célebre, Marx apela a la filosofía no sólo para entender el mundo sino para transformarlo. ¿Cuántas veces nos paramos a pensar en la orgullosa inmensidad de ese dictado? Marx está convencido de que el pensamiento puede cambiar el mundo, de que no existe una fuerza mayor”.

La fascinación que sentíamos por la escritura de Marx hizo de nosotros unos políticos librescos. Medíamos nuestros avances con conceptos ideológicos. Al contemplar estas elecciones, me doy cuenta cuánto ha cambiado la política. No es mejor o peor, sino distinta. Es pronto para saberlo. George Steiner lo resume así: “Con el hundimiento del marxismo-leninismo, un hundimiento que refleja el de la teología en Occidente, ha entrado probablemente en su epílogo, en lo que he llamado ‘pospalabra’, la herencia de una ‘auctoritas’ escrita que se remonta a los Libros de Moisés y a los presocráticos, una veneración por el libro, resumido en el tropo del ‘Libro de la Vida’”.

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