El ‘topo’ se llama Ulrich Larsen y es un ciudadano danés que vive de un subsidio. Ni trabaja ni seguramente tenga más perspectivas de futuro que la de observar el discurrir de los días grises a través de la puerta del bar; sentado en la barra, con un vaso de cerveza en la mano. Es el perfecto personaje con el que Kaurismäki describiría con ironía el sinsentido de la vida. Porque la mediocridad es el material más abundante de la biosfera.

La vida del bueno de Ulrich cambió hace una década cuando un director de cine le propuso algo: infiltrarse en la Asociación de Amistad con Corea (del Norte) para, a partir de ahí, encontrar los trapos sucios que esconde el régimen de este país. El tipo aceptó y de aquello surgió un documental -llamado El Infiltrado- que muestra muy poco de ese lugar del mundo, pero que deja como un trapo a Alejandro Cao de Benós, es decir, el único occidental que forma parte de su Gobierno. Que es natural de Tarragona.

La cinta es más efectista que efectiva, pues ilustra sobre cómo Corea del Norte obtiene financiación a través de la venta de armas. Dado que los embargos internacionales que sufre son muy restrictivos, Cao de Benós propone a los compradores -un falso empresario que reclutó el autor del reportaje- que la operación se financie a través de la compra a un empresario jordano de barriles de petróleo. De ese modo, cuanto más crudo llegara al país de Kim Jong-Un, más cañones y fusiles saldrían de su territorio.

Descubrir que el mundo es un lugar rebosante de maldad debe ser duro para quienes cayeron en la trampa de considerar al hombre como un animal racional. Pero al despertar del sueño de los ignorantes, uno se topa con cosas indeseables, como que los homínidos se organizan en grupos, se enemistan, se arman y se masacran.

A veces, hay clanes que se alían con otros para provocar la caída de otros sin mancharse de sangre. Entonces, hay países que se venden armamento entre sí. O que equipan a terroristas.

Alejandro Cao de Benós y la propaganda

La diferencia entre unos y otros la marca muchas veces la propaganda. De ahí que las naciones fuertes dediquen una parte de su presupuesto a librar la batalla ideológica e informativa, bien sea con argumentos o bien con patrañas.

Corea del Norte niega que su régimen sea sanguinario y vende sus virtudes a través de propagandistas como Cao de Benós, mientras sus vecinos del sur difunden informaciones acerca de sus campos de trabajo y exterminio; o sobre las purgas stalinistas que tienen lugar en su Gobierno. Mientras, Russia Today se dedica a transmitir que la rutina de la falsa democracia de Vladimir Putin en una sucesión de hazañas, mientras Erdogan financia una productiva industria audiovisual cuyos culebrones ayudan a suavizar la imagen de la siniestra Turquía actual en los países donde se exportan esas obras. Como España.

Nadie en el mundo real representa la bondad o la maldad. Los personajes planos y los extremos son propios de las obras de arte más nefastas, las que se dirigen al público más ‘primario’. Por eso, Tony Soprano es maravilloso: es el criminal que aniquila con fiereza a sus enemigos mientras se rompe de dolor porque los patos de su piscina echan a volar y se marchan, para no volver, en una demostración de la exigüidad del sentimiento de la felicidad.

Los propagandistas no entienden de tantos matices. Nunca crean personajes complejos ni exploran en su psicología. Todo es bueno o malo. Y la propaganda es rancho para idiotas, pero a veces es necesaria. Renunciar a ella es condenarse a morir.

RTVE y la renuncia a 'todo'

Mientras la BBC co-produce documentales como El Infiltrado –que extraen conclusiones sin mostrar apenas nada novedoso- y alimenta canales como BBC World Service, que resulta clave para la expansión de los argumentos británicos en el panorama internacional, Radiotelevisión Española y la Agencia EFE languidecen y dejan clara la ausencia de un proyecto serio de país para España.

Hace unos días, el sindicato Comisiones Obreras enviaba un comunicado a los trabajadores de la televisión pública en el que lamentaba el poco tiempo que los informativos dedican a Pablo Iglesias. Unas semanas atrás, PP, PSOE, UP y PNV se repartían los asientos del Consejo de Administración de la corporación en un pacto político infame. Y el amiguismo y las filias políticas han sido históricamente los motores que han motivado los nombramientos y los ceses en la cúpula de los medios públicos españoles.

Estas empresas deberían ser fundamentales para que –haciendo uso del vector del español- este país mantuviera su influencia en Hispanoamérica, pero la ceguera de los gobernantes y la mediocridad de sus gestores ha hecho que las empresas estadounidenses o agencias como France Presse o Reuters tengan una posición muy cómoda en la región. En algunos casos, incluso más confortable.

Está claro que los medios de comunicación públicos de las democracias occidentales no deben dedicarse a la propaganda, pero sí que pueden trasladar argumentos y mejorar la imagen del país en el exterior mediante una buena labor informativa. RTVE está muy alejada de todo eso.

Está claro que los medios de comunicación públicos de las democracias occidentales no deben dedicarse a la propaganda, pero sí que pueden trasladar argumentos y mejorar la imagen del país en el exterior mediante una buena labor informativa. RTVE está muy alejada de todo eso. Los partidos se disputan su control para que les ayude a ganar las guerras internas, pero descuidan el exterior, lo que no ayuda a frenar la enorme decadencia y pérdida de influencia internacional de este país.

Obras como El Infiltrado ayudan a moldear la imagen que tiene la opinión pública sobre unos y otros países. Por eso, Cao de Benós –en conversación telefónica con este periódico- ridiculiza los argumentos que emplea –que son paródicos e increíbles en algunos casos- mientras ofrece su ración habitual de propaganda sobre Corea del Norte. Hiperbólica e inverosímil. Pero, al menos, trabaja para ello. Lejos de estar cabreado, afirma que la obra le ha venido bien, pues "ha multiplicado por cien" su fama y eso ha ampliado su influencia.

España hace tiempo que renunció a librar esa batalla; y así le va. Pero, claro, para los mandatarios y portavoces autóctonos, lo importante son las zarandajas y los sueldos públicos que perciben ellos y sus allegados. Bienvenidos al tercer mundo.