Son muchos los ciudadanos que acostumbran a ver una mano negra tras los sucesos que no logran explicarse. Y en las teorías conspirativas —que pueden combinar hechos reales con otros fantasiosos— encuentran consuelo. Sin embargo, hay quien, como el filósofo Javier Gomá, no son partidarios de la teoría de la conspiración sino de la teoría de la "chapuza". Es decir, que lo que se explica por la pereza o incompetencia del ser humano "no necesita otra hipótesis". Sea como sea, en un caso como el de la misteriosa desaparición de José Brusca hace 34 años en el Aeropuerto del Prat, cuyas claves comenzamos a conocer ahora, se han producido tantas presuntas negligencias que resulta inevitable recordar la "teoría de la chapuza" de Gomá.
El enigma empezó a gestarse el 27 de septiembre de 1991. Ese día, el hermano de José, Luis Brusca, un argentino de 24 años, se muestra inquieto porque lleva demasiadas horas en el aeropuerto del Prat sin que aparezca su pariente, de la misma nacionalidad y que entonces contaba con 18 años. Decide entonces acudir a la Policía Nacional y presentar una denuncia por su desaparición. Pero no le es permitido hacerlo hasta el 11 de octubre. Primero, porque la Policía le pide que espere tres días a realizar la denuncia por si aparece en el interín. Y luego, porque le reclama un certificado que acredite que su hermano residía legalmente en España, y que debe reclamar al Consulado argentino. Una vez que consigue denunciar los hechos, en cualquier caso, la Policía da pocas muestras de estar buscando activamente a José, según su hermano.
De hecho, transcurren meses, semanas y años en los que la familia no recibe información alguna de los agentes. Con una excepción: al cabo de cinco años, llaman a Luis para preguntar si sabe algo de su hermano, y éste responde que no. Entretanto, Luis y su madre multiplican los esfuerzos para encontrar a José: publican anuncios, participan en programas televisivos y se desplazan a París tras afirmar un testimonio que lo había visto allí haciendo malabares. Incluso recurren a la Europol y al Ministerio de Educación, pero todo es en balde. Todo, hasta que, hace unos años, Luis se decide a presentar una segunda denuncia, esta vez en una comisaria de los Mossos d'Esquadra.
Enterrado en el cementerio del Prat
En esta ocasión, tienen más suerte y la policía autonómica descubre que José falleció el mismo día de 1991 en el que se perdió su rastro. Aquel día, un agente de la Guardia Civil vio como un cuerpo se precipitaba al vacío desde la antigua Torre de control del aeródromo del Prat. Y a 20 metros de ella, se toparon con su cadáver. El cuerpo, que no logró identificarse, fue enterrado en el cementerio del Prat, cercano al Aeropuerto. Y allí permaneció hasta el día de hoy, ante el desconocimiento de la familia y de la Policía Nacional, que nunca llegó a asociar la denuncia de los Brusca con el cuerpo anónimo sepultado en aquel camposanto. Pero, ¿cómo se explica que no los agentes no atasen los cabos correspondientes
La razón es bien sencilla. Al ser la Guardia Civil la que encontró el cadáver, la Policía Nacional no pudo relacionarlo con la denuncia de la familia, dado que en aquella época ambos cuerpos no cruzaban sus datos —y tampoco se comunicaron el hecho—. Y a partir de ahí se acumularon las negligencias: no se identificó al cadáver, no averiguaron las circunstancias del deceso más allá de registrar que sufrió un golpe craneoencefálico —que atribuyeron a un suicidio— y ni siquiera se le practicó la autopsia. Asimismo, han surgido distintos interrogantes que aún no han sido despejados.
¿Cómo logró José acceder a la torre de control, un acceso restringido? ¿Y por qué su cuerpo apareció a 20 metros de la torre en cuestión? ¿Fue un suicidio o pudo empujarle alguien? Respecto a la primera incógnita, se sabe que para acceder a la torre se debía pulsar un timbre e identificarse, pero nadie afirma haberle abierto. Si bien la puerta pudo quedarse abierta —en la época la seguridad distaba de ser tan rigurosa como en la actualidad—. Por otra parte, las cámaras de videovigilancia no captaron la intromisión de José. Pero según el expediente del caso, ello pudo deberse a que los aparatos tenían una visión "bastante deficiente de la zona". En cuanto a la considerable distancia entre la torre y el lugar donde apareció el cuerpo, sigue constituyendo un misterio. Con todo, el forense que levantó el cadáver ha explicado en RAC1 que descarta que alguien le empujase porque el cuerpo "habría caído de otra manera". La familia de José, en cualquier caso, ha puesto el caso en manos de abogados para reclamar responsabilidades y una posible indemnización.