Acelgas, alcachofas, zanahorias, cereales integrales, fruta... La fibra alimentaria está presente prácticamente en cada bocado que tengamos al alcance, haciéndonos la vida más fácil a nivel intestinal. Lo que no teníamos en mente, casi literalmente, era que pudiera echarnos una mano con la depresión, una enfermedad que afecta, según datos de la OMS, a más de 300 millones de personas en todo el mundo.

Sin embargo, esta a priori batalla inconexa, ha establecido lazos que aseguran que una dieta rica en fibra podría estar detrás de menores índices de depresión. La muestra la extraemos de un estudio de la Universidad Nacional de Seúl (Corea del Sur), donde un grupo de investigadores han encontrado un rayo de luz entre ambas: las mujeres menopáusicas con dietas altas en fibra se verían menos afectadas por la depresión.

A las tradicionales ventajas que ya asociamos a la fibra, motor habitual de dietas saludables, encontramos la reducción de riesgos de padecer cardiopatías ya que reduce los niveles de colesterol, controla los niveles de azúcar en sangre y es una perfecta aliada de un correcto funcionamiento intestinal. Sin embargo, los recovecos de nuestro cuerpo, según apunta el estudio, del que extraemos citas desde Every Day Health hacen que la química se convierta en una aliada inesperada en este campo.

Cómo la fibra combate la depresión

"Estudios anteriores prueban que la ingesta de fibra dietética puede modular la riqueza y la diversidad de la microbiota intestinal", explicaba el doctor Jung-Ha Kim, de la Facultad de Medicina de la Universidad Chung-ang de Seúl (República de Corea), coautor del estudio, que además explica que "este cambio puede promover la salud del cerebro al afectar a la neurotransmisión".

Saltamos así a un campo, el de los neurotransmisores (como la serotonina de la que te hablamos hace unas semanas) que influye directamente en nuestra salud mental y planta cara así a una enfermedad de rostro conocido, donde encontramos síntomas cotidianos como el estado de ánimo bajo o irritable, dificultades de sueño (tanto insomnio como exceso), cambios en el apetito con grandes fluctuaciones de peso, además de cansancio o falta de energía. Además, al menos en el caso coreano, la prevalencia no es la misma entre hombres y mujeres, ya que afecta el doble a estas.

También acudimos a una publicación de la Universidad de Harvard para meter con más frecuencia en nuestra dieta a frutas, verduras, cereales integrales, pescados y aceites vegetales insaturados, como podría ser el aceite de oliva.

Evidentemente, en el otro lado de la balanza y de la lista de la compra, encontramos alimentos que podrían potenciarla (aunque siempre debemos tener en cuenta que no es una enfermedad de un único factor): carnes rojas y procesadas, harinas refinadas, azúcares, productos ricos en grasas saturadas y baja ingesta de vegetales y frutas.

En cualquier caso, no estamos ante un caso aislado entre la habitual correlación de alimentación y salud, de la que ya se cita a Hipócrates, uno de los padres de la medicina romana, con el clásico: "Que la comida sea tu alimento y el alimento, tu medicina".

Sin embargo, la dicotomía entre dieta y depresión no se limita solo a lo que tomar o no tomar, sino que también nos llevaría a comprobar si la dieta baja en fibra solo nos indica síntomas de depresión, pero no su diagnóstico.

En un estudio conjunto entre varias universidades europeas, se aprecia que las dietas saludables sí están asociadas a menores riesgos de depresión pero que esta evidencia solo se hace patente a la hora de manifestar síntomas. Del mismo modo que aseguran no encontrar una adherencia asociada a la depresión con dietas poco saludables.

En cualquier caso, es evidente que permanecer fieles a ciertos ingredientes o preparaciones puede ser mucho más saludable para nuestro cuerpo, y por tanto para nuestra mente, como seguir la dieta mediterránea o las dietas asiáticas, generalmente ricas en pescados, verduras, frutas y aceites vegetales saludables, en contraposición a la denominada dieta occidental, donde abundan las carnes procesadas, los azúcares refinados o las grasas saturadas.