Cultura

Margaryta Yakovenko: “En los países totalitarios los individuos siempre están a punto de romperse”

La periodista debuta con 'Desencajada', su primera novela, publicada por Caballo de Troya

Margaryta Yakovenko: “En los países totalitarios los individuos siempre están a punto de romperse”
Margaryta Yakovenko: “En los países totalitarios los individuos siempre están a punto de romperse”

Margaryta Yakovenko tenía siete años cuando salió de Kiev junto a su madre. Tras un largo viaje, llegaron a Murcia, el lugar donde se reunirían de nuevo con su padre, un ingeniero a quien lo aprendido en la antigua Unión Soviética de nada le servía para trabajar de temporero. Cuando alcanzaron estatus legal, tanto él como su madre pudieron optar a mejores trabajos en la España de la burbuja inmobiliaria. Margaryta estudió esmeradamente y asumió el castellano como su lengua. Se matriculó en periodismo y, finalmente, se hizo española.

De sus 28 años, veintiuno los ha pasado Margaryta Yakovenko aquí. Creció como todos los que viven repartidos entre la extinción del origen y un nuevo lugar que no termina de pertenecerles. Esa es la gasolina que empuja Desencajada, una novela publicada por Caballo de Troya y con la que Margaryta Yakovenko debuta como escritora. En las páginas de este libro narra la historia de Daria Kovalenko Petrova, una niña ucraniana emigrada a España y que vive su migración como una amputación.

"Esta novela es un desgarro, tan genuina como un dolor o un alumbramiento"

Escrito con una brevedad y una belleza fulminante,Desencajada refulge como novela, no como una autobiografía ni mucho menos unas memorias. Incluso compartiendo biografía, autora y protagonista no son la misma persona, por una sencilla y evidente razón: Yakovenko ha diseñado una voz autoral. Ha creado un artefacto que sirve de pagoda y mirador. Un ventanal desde el cual estudiar una estepa. Ha escrito, pues, una novela. Una excelente y primera novela. Sin duda, el libro debut del año.

Desencajada es un desgarro, una novela tan genuina como un dolor o un duelo, y tan hermosa y violenta como un alumbramiento. Viajar hacia la vida tiene algo de forcejeo y este libro lo propone, sin enunciados evidentes ni concesiones. Espero que Margaryta no tenga que pedir perdón por eso. “Lleva escribiéndose en mi cabeza desde hace muchos años y hasta que no tuve la oportunidad de poder publicarla no sabía que la tenía”, explica en esta conversación. Nacida en Tokmak, Ucrania,  en 1992, se trasladó a un pueblecito de la costa de Murcia en 1999. Es periodista especializada en Política Internacional. Ha sido redactora y editora en PlayGround y actualmente trabaja en El País. 

En su libro, la protagonista asegura que no hay nada épico en el acto de emigrar por motivos económicos, ¿está segura?

Según el relato oficial no la tiene. Se entiende que el migrante económico es aquel que llega ilegal a España y se queda unos meses, consigue un permiso de trabajo, que cada vez es más difícil con respecto a hace veinte años. Hace poco vimos los inmigrantes que murieron en Badalona en una nave incendiada, porque vivían ahí cerca de cien personas, sin papeles, trabajando de forma ilegal y recogiendo chatarra. Son personas que nunca han tenido acceso a un trabajo o unas empresas que puedan hacerles un contrato de trabajo para que ellos puedan acudir a Extranjería y pedir un permiso de residencia.

"Los migrantes pueden ser considerados refugiados, pero parece que si te refugias del hambre no tienes ningún tipo de ayuda ni apoyo"

Sin eso no tienes derecho a nada: ni a ayudas, hasta hace unos años no tenías derecho a sanidad universal, y a la vez tampoco tienes derecho a nacionalizarte. Puedes llevar viviendo diez años en España y eso te da derecho a pedir la nacionalidad española, pero si pasa el mismo tiempo viviendo como ilegal es como si no hubieras existido nunca en este país. Los migrantes pueden ser considerados refugiados, pero parece que si te refugias del hambre no tienes ningún tipo de ayuda ni apoyo. Y aunque haya gente que piense que los inmigrantes tienen más ayudas que los españoles sólo hay que teclear en Google ‘ayudas para inmigrantes ilegales’, y por supuesto que no sale ninguna. Es una buena prueba, muchas personas la podrían hacer.  

Daria ironiza, su padre se sintió afortunado cuando al fin le conceden el visado, pero la regularización masiva buscaba mano de obra para la burbuja inmobiliaria. ¿La idea de la migración como regalo es demasiado voluntariosa?

Eso ocurrió justamente durante el mandato de José María Aznar. Se necesitaba mano de obra para construir casas y por eso se legalizó tanta gente. Todos esos migrantes dejaron de ser útiles cuando vino la crisis. El gobierno español, viendo los niveles de desempleo, decidió concederles el equivalente del paro para que se fueran a su país y permanecieran ahí dos o tres años, que es el tiempo en el que se agota un permiso de trabajo. Para volver a conseguirlo debes hacer todo el camino desde cero, porque eres ilegal de nuevo.

Muchos hijos de emigrantes españoles al Sur de Francia se quedaba solos, porque sus padres tenían que trabajar. A Daria le ocurre lo mismo, setenta años después.

Y se sigue viendo lo mismo. Los niños que migran desde América Latina a Estados Unidos, que van solos. Y los que llegan a España en pateras también, los que conocemos como MENAS (Menores Extranjeros No Acompañados). Es una experiencia aún más traumática que la que vive Daria.

Su protagonista interpela el relato buenista de la migración, e incluso la gestión que hace un Estado y una sociedad de ella.

Todos los migrantes viajan pensando que mejorarán, pero lo de ‘trabaja duro y lo conseguirás seguro’ no siempre es así. Hace un par de años, en Francia, un inmigrante que venía de Mali rescató a un niño de un incendio. Inmediatamente Macron le dio la nacionalidad francesa. Llevaba tres meses, pero como le consideraron un héroe nacional por haber salvado a un niño francés del fuego, eso le permitió tener la nacionalidad. Es decir, se planteó como un regalo que el Estado le concedía. ¿Qué es lo que tienes que hacer para conseguir la nacionalidad, para vivir e integrarte en un país? ¿Una proeza? ¿No vale simplemente conseguir un trabajo, estar diez años o veinte? Hay gente que nunca lo consigue.

"¿Qué es lo que tienes que hacer para conseguir la nacionalidad, para vivir e integrarte en un país? ¿Una proeza?"

La protagonista define Perestroika como reestructuración. ¿En la voz de Daria, y en el destino de su familia, podríamos hablar mas bien de demolición o incluso transformación?

En el caso de sus padres sí que es una transformación, un intento de configurar sus dos identidades. Ellos han vivido más tiempo en su país de origen con respecto al tiempo que llevan fuera, pero Daria no. Así que es ella quien sí puede romper ese vínculo. Lo intenta durante todo el libro: remontarse al origen para romper con él. Tiene que deshacerse del pasado para poder avanzar. Lo que le ocurre a Daria es que ni siquiera consigue llegar a un presente, porque está viviendo constantemente en un mundo del que recuerda poco, porque se lo han contado o lo ha visto en fotos. El mundo en el que vivieron sus padres hace veinte años dejó de existir. Cuando vuelves, piensas que regresas al país del que te fuiste, pero no es así.

"Mi padre es ingeniero mecánico, pero también temporero, camarero, albañil y guardia de seguridad. Mi madre es enfermera y empaqueta limones, limpia casas y sirve helados (…)". Los padres de Daria dejaron de ser lo que eran, mientras que ella se convierte en algo que jamás habría sido de haber crecido en Kiev.

Esta vez te contesto fuera del libro. Es una pregunta que me he hecho muchas veces. ¿Qué habría sido de mí si yo no hubiese emigrado hace veinte años a España? ¿Habría estudiado periodismo? ¿Habría escrito un libro? Es imposible saberlo, lo mismo le ocurre a Daria. Nunca sabes qué va a pasar del todo, por ejemplo mudarte a un país en el que pasas casi todo el tiempo sola y acabas leyendo los libros de la biblioteca municipal de tu pueblo y que con el paso del tiempo habrías querido escribir un libro. Es muy difícil plantearlo, también creo que al final es el camino lo que acaba haciéndote lo que eres.

Daria padece una inquietud, una ansiedad e incluso una depresión tremenda. No tendría por qué, pero la siente. ¿Es el malestar lo que la empuja?

El malestar tiene esas dos facetas, una que te puede deprimir y encadenar a una cama y otra que te puede empujar a hacer cosas. En su caso es la fuerza motora de su vida. Es la insatisfacción lo que la hace moverse, de la misma forma en que lo hizo su padre veinte años antes.

Sobre la sensualidad del libro, esa preeminencia de los sentidos, ¿es una pulsión personal, tenía necesidad de recordar como quien escarba?

Estaba cerrando etapas. Personalmente fui demasiado optimista y pensé que al escribirlo, lo conseguiría. Eso no pasó nunca.

"En los países totalitarios la masa se convierte en la fuerza, pero los individuos son personas siempre a punto de romperse"

Hay una oposición entre la madre  y esa otra madre política, identificada en Ucrania. Mirando esa estatua ella asegura que si la patria fuese una madre, de tener vientre sería de acero.

Esa estatua en concreto se construyó durante la Unión Soviética, que se presentaba como una especie de país con un poder muy fuerte, pero lleno de personas muy frágiles. Es lo que pasa en los países totalitarios: la masa se convierte en la fuerza, pero si miras los individuos te das cuenta de que son personajes siempre a punto de romperse. Por eso se construyeron las estatuas socialistas: no sabes si son hombres o mujeres, son como una especie de seres sin género ni expresión, sólo la fuerza y ya está. Son la representación de la fuerza hecha una mole. Es ahí cuando te das cuenta de que vives en un lugar en el que tu vida importa muy poco, porque formas parte de esa masa muy compacta, pero por separado no importas nada al Estado. Daria se da cuenta de que esa madre con el útero de acero es una madre fría, que no le va a dar cariño de ninguna manera, porque no le importa si existe o si deja de existir. El ciudadano es una partícula muy pequeña.

En 'Desencajada',  tres generaciones de una misma familia poseen visiones distintas de la misma sociedad: el abuelo idealiza el comunismo, el padre y la madre lo aborrecen y la nieta no lo entiende. ¿Qué tan complejo es ese retrato de conjunto, un retrato político al fin y al cabo?

Los abuelos son absolutamente comunistas. Por eso durante la Perestroika se desorientaron, porque ese nuevo orden les resultaba incomprensible. Acabaron por entender que les habían quitado todo lo bueno, lo que hasta entonces les habían dicho que era bueno, pero el padre, como buen hijo, reniega de lo que sus padres le han enseñado.

Daria y su familia salen de un mundo crepuscular, pero el sitio al que llegan también lo es. La novela transcurre a partir del año 2000, España está en el fin de fiesta de la burbuja.

Claro, pero ellos no lo saben. Piensan que la fiesta va a durar eternamente. Justo por esa época, cuando mis padres estaban intentando abrir un visado, muchas personas se marchaban a Argentina. Lo que pasó allá fue un desastre económico tremendo, aquí por lo menos duramos ocho años más. Hubo gente que en 1999 se marchó pensando que Argentina era un paraíso, y lo era,  pero quebró de una forma tremenda. Recuerdo que mis padres decían: qué bien que no nos abrieron el visado para irnos a argentina.  

"Daria se da cuenta de que esa madre con el útero de acero es una madre fría, que no le va a dar cariño de ninguna manera"

Una de las imágenes que usa Daria para describir Kiev es su hedor a letrina ¿El extrañamiento que siente la protagonista es propio o heredado?

Más que heredado diría adquirido. La explicación a ese extrañamiento sí que viene totalmente de mi propia biografía. Tengo un hermano pequeño que nació en España. Una de las primeras veces que viajamos a Ucrania él fue a un baño público en la estación de trenes de Kiev. Salió asustado. ‘Alguien ha robado el wáter’, dijo. No entendía por qué había solo un agujero de letrina. Tuvimos que explicar que estábamos en un país distinto, pero él seguía sin entender nada: él venía de un país completamente civilizado, limpio, higiénico, europeo, occidental, y de pronto se encontró con un lugar que se había quedado anclado en el tiempo. En este caso no es una herencia: es algo en lo que no había reparado, porque formó parte de mi vida unos años y me parecía lo más normal del mundo. Para él fue un choque brutal. Lo plasmé por eso.

¿Qué te condujo al periodismo?

Te puedo dar la respuesta bonita, y la verdadera …

La verdadera, sin duda.  

Yo no tenía claro lo que quería estudiar. Hice humanidades, mi idea era hacer Bellas Artes, quería pintar. Se lo pregunté a mis padres migrantes que se habían pasado veinte años trabajando limpiando baños y empaquetando limones y me dijeron: no, hija, no. Esperamos otra cosa de ti –risas—Ellos querían que hiciera derecho o medicina. A mí ninguna de las dos me parecían bien. Les propuse periodismo, qué les parecía. Nos pusimos de acuerdo y acabé estudiando periodismo.

¿Qué autores la hicieron lectora y escritora?

A los quince comencé a leer Chuck Palahniuk y continué leyéndolo. Tengo leídos y releídos todos sus libros. Creo que mi forma de escribir, de frases cortas ‘sujeto verbo predicado’, viene en parte de esa influencia americana, cuya literatura comencé a leer justo por esa época. A los clásicos no llegué hasta más tarde porque estaba metida en toda la novela americana.

Se siente identificada con Zadie Smith, Anne Carson, que es una impronta poética… ¿Quién más? ¿Cuáles son los aires de familia de Margaryta Yakovenko?

Creo que en este caso soy más de Joan Didion que de Anne Carson. Didion es de la que más bebo. Recurro más a literatura anglosajona que a autores rusos, por ejemplo, que podrían ser más cercanos a mí, sino literatura contemporánea en inglés.

Un detalle de la cubierta de 'Desencajada', la primera novela de Margaryta Yakovenko.
Un detalle de la cubierta de 'Desencajada', la primera novela de Margaryta Yakovenko.

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