El crítico cultural Alberto Adsuara (Valencia, 1961) siempre se ha caracterizado por cultivar la disidencia. Colaboró durante trece años en la revista de pensamiento antagonista Archipiélago y además escribe ensayos contracorriente, entre ellos De un espectador cansado (2009), 17 razones para no ser artista (2018) y Zizek, qué fácil lo tienes (2020). Su última publicación se titula Del arte y su obsolescencia (Casimiro, 2020), donde muestra su rechazo al ecosistema del arte contemporáneo, cada vez más dócil y mendicante respecto al Estado. El texto argumenta con ejemplos el callejón sin salida que hoy encaran el mercado, los museos y la inmensa mayoría de los artistas. La parte central es una carta abierta al mundo del arte donde expone de manera rotunda las grietas del sector. Adsuara explica su postura a Vozpópuli

Portada del libro de Alberto Adsuara

Pregunta: Su libro denuncia una complicidad, o al menos una sospechosa sintonía, entre los artistas y el pensamiento dominante.

Respuesta: Hay una sintonía entre todos ellos que resulta tan insultantemente empalagosa como definitoria. Gombrich se lamentaba de que en los últimos tiempos el arte estuviera más representado por los artistas que por el producto mismo. Pues bien, ahora sólo hay lacayos que se venden a su amo por un miserable plato de lentejas. En realidad el arte se vació de sentido ya en los años setenta, todo lo que hemos hecho en estos años ha sido estirar la agonía, tal es el poder de la inercia psicológica y financiera. Pero ahora ya resulta imposible mantener la idea de arte. Lo realmente curioso es que sean los políticos los únicos que parecen haberse dado cuenta de ello, que por eso usan a los artistas como lacayos. Otra cosa son los galeristas, que parecen zombies, y otra los directores de museos, que siguen exigiendo independencia mientras lamen las suelas de los zapatos al concejal de turno.

P: Aporta documentación sobre la posición mendicante del arte contemporáneo español. Denuncia que el colectivo tiene una aspiración infantil: mantener la libertad creativa al mismo tiempo que exige seguridad económica, proveniente del dinero público.

R: En efecto, no hay más que leer los comunicados que se produjeron durante el confinamiento; muchos de ellos publicados en el libro a modo de documentación. En ellos queda evidenciada esa mendicidad patética de los artistas, con constantes súplicas disfrazadas de exigencia. Se creen con más derechos que un fontanero o un camarero porque piensan que su producto es un bien de primera necesidad. Me da la risa cada vez que me los imagino, tan circunspectos ellos, creyendo que sus productitos comprometidos tienen alguna influencia en la sociedad actual. Los artistas del hoy son sólo una excrecencia política, no son ni siquiera capaces de darse cuenta de que trabajan para quienes a diario juegan al póquer con nuestros dineros, pero apostando con ellos como si fueran garbanzos. El Estado no es quién para ocuparse de las cosas de la imaginación libre, y los artistas deberían ser consecuentes con sus libres determinaciones.

"La caída de Lehman Brothers es capital, inoculó un nihilismo que en vez de despertar conciencias las ha ido adocenando", señala

P: Otro eje fundamental en su ensayo es la caída de Lehman Brothers, que pone fin a un periodo megaboyante en las compras y ventas de arte. ¿Hasta qué punto está pidiendo el sector que le sostengamos en las vacas flacas porque decidieron no ahorrar cuando aquello era una fiesta?

R: A mi juicio, la caída de Lehman Brothers es el acontecimiento capital de la contemporaneidad, el que marca un cambio de era. En el mundo del arte, como en tantos otros mundos, fue el detonante, que no es decir poco, porque su labor no sólo consistió en marcar el antes y el después, sino que además inoculó un nihilismo que en vez de despertar conciencias las ha ido adocenando. No he visto jamás tanta alienación en los artistas como ahora. Ni siquiera saben que todo lo hecho en el nombre del arte queda desactivado por el mismo hecho de hacerse en nombre de la Institución. Tarantino seguro que lo diría mejor que yo. Pienso que las vacas flacas han venido para quedarse. Y como de aquí a poco serán sagradas -hay que joderse-, no podremos ni comérnoslas. La ventaja es que sólo así se podrán generar las condiciones para que vuelvan los creadores de verdad, los que “hacen cosas” por inevitabilidad y no piden limosnas a Mamá Estada.

P: También destaca la figura de Harald Szeemann, el comisario internacional que contribuyó de manera decisiva a convertir los museos en parque temáticos.

R: Sí, todo ello forma parte del caldo de cultivo que se activó con el detonante citado. Lo que hizo Szeeman fue, seguramente sin darse cuenta, darle la razón a Francis Fukuyama, ese intelectual tan odiado precisamente por todos los followers del comisario y de las teorías de la revista October, tan progresistas ellas. En cualquier caso, periclitados los Grandes Relatos no quedaban demasiadas opciones, y como siempre el mundo del arte se inclinó por la peor de todas ellas: la de finiquitar todo lo que tuviera que ver con lo simbólico para dejarlo todo en manos de lo ideológico. De hecho, los comisarios se creen definitivamente curadores. Y ya casi hay tantos como artistas.

P: Muchos de esos manifiestos pidiendo ayudas económicas invocan la crisis de la covid-19, pero usted subraya que el problema es anterior.

R: Por supuesto que estos procesos no tienen que ver con el virus, lo que pasa en el arte viene arrastrado desde 2007 y sucede en el mundo entero. Hay muchas instituciones que no han sabido adaptarse a los nuevos tiempos y actúan como si las condiciones coyunturales fueran las mismas que hace quince años. Entre 2007 y 2008 surgieron los teléfonos inteligentes, se consolidó Facebook, se expandió Twitter, Google lanzó Android y promovió definitivamente Youtube, apareció Instagram y nacieron las 'apps', que en nueve meses produjeron mil millones de descargas. Ante este desborde, el mundo del arte se rasca la barriga mientras se pregunta a sí mismo: ¿qué estamos haciendo mal? Además España no es nadie en el panorama artístico internacional -representa el 0,6%-, así que poco importa lo que pase aquí más allá de representar lo que ocurre en todas partes con proporciones parecidas.

"El arte no interesa a los pensadores liberales, no saben qué hacer con él, a todo lo que llegan es a criticar las manifestaciones de cierto arte", lamenta

P: Usted señala que al arte no le ha sentado bien disolverse en la vida cotidiana.

R: A mi juicio, lo que ha sucedido al Sistema Arte es que su gran objetivo, el objetivo del arte por antonomasia desde hace más de doscientos años, el que ha estado proponiendo con la ecuación ‘Arte=Vida’, se ha hecho realidad y a quien no le ha gustado nada es al propio Sistema Arte, que ha visto como todo se le escurría entre los dedos con esa solución. O, por decirlo de otra forma, el arte se ha democratizado 'por fin' y realmente gracias a las redes sociales y quien peor lleva esa situación es precisamente la Institución Arte, la que decía hacerlo todo por la democratización.

P: Su conclusión es muy rotunda: “Todo lo que haga ahora el arte, si sigue los patrones de los últimos doscientos años, es patológico y ridículo”. ¿Qué caminos cabría explorar a partir de ahora? ¿Hay artistas, galeristas o museos en ello?

R: Aquí debo decir que no tengo ni idea. Y respecto a los artistas, sólo puedo señalar que hay creadores excelentes en todos los lados y que los conocemos precisamente gracias a la tecnología, que es eso que ha dado la estocada definitiva al Sistema Arte. Lo que pasa es que resulta tentador confundir lo que sucede con el Sistema Arte, que es lo que está roto, con el hecho de que siga habiendo creadores formidables por todos sitios. Yo no puedo hablar de 'Cómo sobrevivir al arte contemporáneo', sería como verle una esperanza al asunto que no deseo tener; yo sólo puedo decir que toda manifestación que ahora se haga en nombre del arte y siguiendo los patrones de la periclitada forma hegeliana de entenderlo, no podrá sino ser patética. En cualquier caso es el problema típico de la batalla cultural: el arte no interesa a los pensadores liberales, no saben qué hacer con él, a todo lo que llegan es a criticar las manifestaciones de cierto arte y eso no tiene nada que ver con mi discurso.