Aunque haya elegido la expresión como título de su más reciente libro, el académico Darío Villanueva no se muerde de la lengua. Así lo demuestran las páginas del ensayo en el que analiza las razones y expresiones de una corrección política que lamina los matices y se vale de la posverdad para vaciar el sentido del idioma. De la neolengua descrita por George Orwell pasa al análisis de lo que él llama poslenguaje: un sistema donde el significado de las palabras no se corresponde con la realidad.

Morderse la lengua (Espasa) despliega una visión panorámica de los fundamentalismos identitarios y su pulsión revisionista, pero, sobre todo, analiza su reflejo en el uso de la palabra y la obsesión por aporrearla hasta reducirla a un puñado de cáscaras rotas. A lo largo de lo casi 400 páginas, el académico desarrolla una reflexión teórica que ilustra con citas y ejemplos extraídos de artículos, tuits y mensajes en las redes sociales. Con esos elementos procura un diagnóstico detallado de lo que denomina "la infección de la tolerancia represiva": desde acosos e imposiciones hasta versiones modernas de los autos de fe.

El muestrario que conseguirá el lector es amplio: un lenguaje inclusivo que incurre en el sexismo lingüístico; la arbitrariedad de algunas invenciones y adanismos gramaticales; el imperio del eufemismo y la dictadura de una corrección que no proviene de ningún poder establecido, “sino de un consenso ilusorio construido por activistas hipermovilizados”, describe Villanueva. Del otro lado, ahonda en algunas claves para entender esa verdad líquida y volátil que se abre paso como un ácido.

Rector de la Universidad de Santiago de Compostela desde 1994 hasta 2002, Darío Villanueva es filólogo, catedrático de literatura comparada y académico de la Lengua desde el 5 de julio de 2007, fecha en la que fue elegido para ocupar la vacante de Alonso Zamora Vicente: el sillón D. Como director de la RAE, afrontó tanto el IV centenario de la muerte de Cervantes como los trescientos años de la institución. Pidió entonces un gesto trascendente a las autoridades para que se implicaran en el impulso de un idioma con más de 500 millones de hablantes. Renunció a ser reelegido en el cargo y fue sustituido por Santiago Muñoz Machado, actual director de la Real Academia Española.

La corrección política y la inclusión exacerbada son formas de censura. ¿Se puede reprimir tolerando?

Hay un concepto clave para contestar a esa pregunta: el sesgo de confirmación, que es un fenómeno estudiado por los psicólogos sociales. Todos nosotros tenemos una tendencia a anteponer nuestros prejuicios e intuiciones previas a la evidencia de los hechos. Al confrontar nuestras ideas previas con lo que realmente ocurre y estamos viendo, nos quedamos antes con nuestras ideas y rechazamos lo que es evidente. Si a esto se une la intervención de alguna fuerza interesada para que un mensaje sea aceptado, produce un efecto en el que cosas que no son ciertas acaban siendo aceptadas por alguien que en parte es engañado y a la vez está deseando serlo.

Asegura que la corrección no viene de ningún poder establecido, “sino de un consenso ilusorio construido por activistas hipermovilizados”. Algunos lo hacen ahora en cargos de gobierno… 

La corrección política es una forma de censura posmoderna. A diferencia de la censura clásica, que parte de los poderes políticos o la iglesia, ésta arranca de la sociedad civil y de elementos que no están formalizados en una estructura de poder constituido, sino de grupos, sectas, tendencias, líneas de pensamiento e incluso de determinados individuos. Así comenzó en los campus americanos durante los años setenta. La característica de la censura actual es que va de abajo a arriba. Los poderes están aceptando las formas de la corrección política y las están comenzando a aplicar. Eso hace que pasemos de hablar de la censura posmoderna a la censura simple.

Cita ‘La Cultura de la queja’, de Robert Hughes, un libro con más de 30 años ¿Cuál fue el disparadero? ¿A santo de qué ahora todos somos víctimas y agraviados?

Esto se relaciona con Hugues, que cito en el libro, pero también con otro concepto: el sentimentalismo tóxico propuesto por Theodore Dalrymple, y según el cual todo el mundo tiene que expresar que es víctima de algo y que además tiene que buscar sus victimarios... o inventárselos. Evidentemente las víctimas existen y deben poner en evidencia al victimario, pero hay muchos grupos que viven en la posición de víctima por circunstancias políticas, ideológicas o económicas. La perversión está en que en las sociedades más desarrolladas y opulentas, las personas, que deberían pensar en quienes están mal para comparar su propia situación, comienzan a inventarse victimarios para expresar todo eso con el sentimentalismo histriónico, esa especie de obscenidad de la exhibición, que es una de las ideas de Hugues que cito en el libro. No es sostenible presentarse como víctima sin serlo.

En su tratado ‘Política’, Aristóteles habla de la lengua y la importancia de la lengua.  Para no saber hablar, los políticos han desarrollado una hiperconciencia del uso de las palabras, ¿por qué?

Hemos pasado a una manipulación del lenguaje donde los asesores de imagen, spin doctors como los llaman en inglés, tienen una importancia muy grande. Son personas que elaboran guías sobre lo que los políticos deben decir y repetir como mantra. Suelen ser expresiones que no admiten verificación, enunciados que no comprometen a nada y que pueden ser contradictorios con la realidad. Eso ya lo describió George Orwell en su novela distópica 1984. Era la neolengua, una jerga simplificada en la que se han erradicado la mayoría de las palabras que suponen reflexión, pensamiento y razonamiento, y todo se resume en expresiones repetidas machaconamente con el apoyo de los nuevos medios de comunicación y la tecnología. Esa lengua es tan simple porque ha sido limpiada y censurada de todo lo que no interesa  y además no está comprometida con la realidad. La conexión entre la palabra y la cosa desaparece.

En el libro lo llama poslenguaje.

La neolengua ha tenido mucho éxito a partir de la novela y del ensayo consecuente de Orwell. Lo que él describe como neolengua se está cumpliendo. Era una visión avanzada de lo que nos está ocurriendo. Yo prefiero utilizar poslengua, porque en el libro trato lo que podríamos llamar el síndrome de la era post y que está definido por ese prefijo: postmoderno, posthumanismo, postindustrialismo, la postverdad…. En ese contexto ‘post' estamos apuntando, también, hacia una postlengua.

Y que tiene, con el lenguaje, una injerencia sobre la democracia.

Ya muchos utilizan el término postdemocracia para referirse a situaciones que suceden en algunos países. Hay una democracia formal y alguien llega al poder por medio de unas elecciones. Sin embargo, lo que se desencadena a través de este proceso es una corrupción total de los principios democráticos. Ocurrió lo mismo con Hitler en Alemania,  pero ahora también. El caso de Donald Trump es característico de esta evolución hacia la postdemocracia, un fenómeno que tiene dos manifestaciones muy claras con respecto a la lengua: existe una censura y además una corrupción de la predicción del lenguaje político. Es decir: los políticos dicen cosas sabiendo que no las van a cumplir, que son mentiras, y hay un público votante que lo acepta. Tras fabricar 20.000 bulos durante sus años de gobierno, Donald Trump ha conseguido 11 millones más de votos. Ese es un ejemplo de esta terrible evolución hacia la postdemocracia.

El castellano vive un proceso de acoso y cerco en determinadas CCAA. ¿Cómo se relaciona España hoy con su propia lengua? ¿Cómo puede impulsar un idioma que no quiere hablar?

España es un país plurilingüe y eso no es un hecho anómalo. En muchos países existen varias lenguas. Lo que sí no se puede desmontar es el bilingüismo: los ciudadanos utilizan dos lenguas y se benefician del uso de ambas. En la época franquista no se favorecían las lenguas regionales, pero, aun siendo una dictadura, esas lenguas vivieron y no desaparecieron. Por ejemplo, ocurrió en Galicia, de donde soy: la gente habla las dos lenguas. Es cierto que, en ocasiones, algunos partidos que gobiernan quisieran pasar a un monolingüismo y que se erradicara al castellano, pero eso es imposible, si no lo consiguió Franco…

Pero si muchos parlamentarios no hablan correctamente el castellano e incurren en errores, justamente porque no lo usan.

Lo harán mejor o peor, pero lo hablan. Será un problema de ellos, pero no de la sociedad. En el País Vasco el 30% utiliza el euskera y el castellano, es decir, hay un 30% de vascos que son absolutamente bilingües, eso está muy bien, pero hay un 70% de ciudadanos vascos que sólo conocen el castellano. En Galicia hay un porcentaje algo mayor de quienes hablamos gallego, y el porcentaje de los que conocemos y hablamos el español es casi total. Ahí no hay conflicto lingüístico, independientemente de que algún partido independentista sostenga la teoría de que hay que erradicar el español en Galicia. Eso está fuera del sentido común y por mucho que determinados partidos independentistas lo digan, ese aislacionismo va en contra del progreso y del mundo moderno, a costa, además, de intentar cargarse un idioma que tiene más de 500 millones de hablantes en el mundo. Su utilidad y fuerza es evidente.

El lenguaje podrá ser inclusivo, pero se hace inentendible. ¿Hasta qué punto es más excluyente el lenguaje incluyente?

Las palabras no crean las realidades, es al revés. La realidad es la que crea la palabra. El masculino como género inclusivo se considera un atentado del patriarcado contra la condición de la mujer, eso no se sostiene en modo alguno. Hay algunos idiomas en el que el inclusivo es femenino, que es lo que ocurre con el Guajiro, que se habla en Venezuela, y ocurre que en una sociedad que habla guajiro y en el que el femenino es inclusivo, es una sociedad completamente patriarcal en el que las mujeres no tienen ningún derecho y están absolutamente sometidas a ese régimen, a diferencia de esos países donde hay un uso inclusivo del masculino y son sociedades enormemente desarrolladas en lo que a los derechos de la mujer supone, como no podía ser de otra forma. Hay que avanzar todavía en aspectos importantes de la revolución feminista, pero también hay que tener en cuenta el sentido común lingüístico: aprendemos nuestro idioma en nuestro entorno y eso viene acompañado de un sentido, de una lógica del idioma, forzar eso no conduce a nada.

Hay una tendencia a rechazar la vocal o como emblema del heteropatriarcado y sustituirla por la E. En lugar de burros y burras, decir 'burre'. ¿Alguien realmente cree que eso podrá implantarse en 500 millones de hispanohablantes? Las ocurrencias sobre la lengua pueden ser infinitas, cualquier ciudadano puede inventarse una palabra o querer cambiar la gramática, pero un idioma, además de ese componente individual, el habla, tiene un contrato social, que es la lengua. Una ocurrencia mía inventando una palabra no vale para nada si no consigo que eso lo acepten todos los hablantes. Por eso pregunto: ¿qué nos hace pensar que los hispanohablantes van a decir ‘burre’ de ahora en adelante?

La RAE no puede censurar la lengua, porque es propiedad de todos los que hablan. Tampoco puede ignorar fenómenos sociales: desde la revisión de género hasta términos como ‘trapacero’. No se nos ocurriría borrar del Quijote la palabra gitano asociada a trapacero, porque no se entendería. ¿Se pueden reescribir los clásicos? ¿Solo un traductor negro puede traducir a un negro?

Eso mismo está en la distopía de Orwell. El protagonista trabaja en el Ministerio de la Verdad, que es el ministerio de la propaganda y la mentira y allí se dedican a reescribir los libros para adaptarlas de la lengua a la neolengua. Eso está corriendo con Mark Twain porque Hucleberry Finn utiliza la palabra “nigger”, que era la que se utilizaba entonces, él escribía en el siglo XIX. Es un revisionismo hacia atrás. Eso es ridículo. Habría que reescribir toda la literatura de todas las lenguas para adaptarla a esa corrección política que nos quiere imponer esa censura posmoderna de la que trata mi libro.

Es un proceso en marcha…

Precisamente lo que hay que hacer es no morderse la lengua. Los procesos no son inexorables. Mire lo que hizo el nazismo, y al vencerlo se puso detener. El problema está en asumir que esto es inexorable, que no lo es; y que tienen la razón, que no la tienen, o que tienen la fuerza para imponerse sobre todos los demás, cuando eso tampoco es así. Se impondrían si los que tenemos otra forma de ver las cosas y otros argumentos nos callamos. Por eso yo no me muerdo la lengua y he escrito este libro, que se titula Morderse la lengua.

Usted ha ocupado puestos de peso, como dirigir la RAE, una institución con 300 años dedicada a lo mismo: estudiar el idioma. ¿Cree que el Ejecutivo actual, siendo una institución, no respeta aquello que le da sentido, las leyes?

Me pide un juicio político. Quiere que opine sobre la acción política del gobierno de mi país y yo no me siento capacitado como para eso. Lo que sí puedo decir es que en mi época de director de la RAE, conviví con el Gobierno del Partido Popular, dirigido por Mariano Rajoy y también con el último semestre con el Gobierno de don Pedro Sánchez. Fue ahí cuando, en sede parlamentaria, cuando se celebraba el cuadragésimo aniversario de la Constitución del 78, que es la que considero la más importantes de las constituciones que ha tenido España desde el punto de vista del proceso democrático, cuando la vicepresidenta de Gobierno Carmen Calvo, dijo que el texto actual es una constitución escrita en masculino y que era necesario reformarla. Calvo se dirigió a la RAE para pedir una reforma. A mí aquello me disgustó porque se trataba de celebrar la Constitución, abordarla desde el punto positivo, no de hacerle un borrón. Pero la reacción que tuvimos, por otra parte, era previsible, porque ya nos habíamos pronunciado sobre ese tema en el año 2012, con un documento muy importante y con eco en todo el mundo sobre sexismo, lenguaje y visibilidad de la mujer. Encargué a dos académicas y dos académicos que comenzaran a preparar ese informe y lo dejé listo cuando renuncié a seguir siendo director. El nuevo director, en enero de 2020, hizo público ese documento.

Un detalle de la cubierta de 'Morderse la lengua. Corrección política y posverdad' (Espasa), de Darío Villanueva.