Mémesis

La vida del mejor perro no vale más que la del peor hombre

La muerte de Diesel
La muerte de Diesel Policía Francesa / Twitter

La muerte en acto de servicio de la pastora belga ‘Diesel’ durante la operación antiterrorista de Saint-Denis ha rescatado el manido debate animalista en Redes Sociales. Los perros policías son imprescindibles tanto en labores de reconocimiento como de exploración y dan un servicio irremplazable a las unidades antidroga y antiterrorista. Diesel ha salvado la vida de algún agente del RAID sirviendo de avanzadilla en el reconocimiento del piso franco de los terroristas. Al entrar en el piso los yihadistas han acribillado a balazos al animal y esto ha servido de testigo para iniciar su asalto y detención.

No hay que olvidar que los perros han sido entrenados por el hombre para situaciones complicadas como esta. Unas veces por tener cualidades físicas más desarrolladas que nosotros (olfato) y otras (en este caso) para no poner en peligro vidas humanas. La policía elige conscientemente a un animal para minimizar los riesgos porque tiene claro que cualquier vida humana es más importante que la del animal. Por más querido que sea este. En cualquier circunstancia y en cualquier lugar, si hubiera dudas entrenaríamos esclavos, terroristas o presos para que sirvieran de kamikazes, para desactivar explosivos o de avanzadilla suicida en el campo de batalla o en un laboratorio. Pero estamos en el siglo XXI, no en el medievo.

Sin embargo la sana empatía por los animales, el amor y la relación simbiótica con nuestras mascotas y el efecto Bambi a veces nos hace perder la perspectiva y olvidar la esencia de nuestra especie. Somos distintos y todos los perros lo saben. Algunos humanos no.

Fíjense en la siguiente encuesta. Con los muertos de París aún calientes, el odio yihadista, la venganza y el miedo a flor de piel se plantea un dilema ético de fácil resolución pero que requiere cierta templanza y desapego afectivo. ¿Quién sería más útil vivo para detener a otros yihadistas, un perro policía o uno de los terroristas muertos?

Quizás un terrorista dispuesto a inmolarse no sea muy útil en un interrogatorio. Quizás inmolarse sea, al final, un acto de cobardía del que no quiere ni pensar en soportar la presión de un interrogatorio el resto de tu vida. Son suposiciones pero lo que es una certeza es que los perros no hablan. Y en el dilema planteado el perro solo serviría para el cometido para el que fue entrenado.

A pesar de ello a casi la mitad de los encuestados les vence la empatía de un perro indefenso antes que la practicidad de una respuesta lógica y coherente. Al final no es más que una actitud egoísta e inmadura para con tus semejantes. Un amor y un respeto mal entendido que prefiere salvar la candidez de un indefenso animal antes que otras vidas humanas. Las víctimas nos siguen quedando lejos.

El movimiento animalista sostiene que lo animales deben estar sujetos a derechos y no les falta algo de razón. El problema es que estos derechos no pueden ser iguales ni ponerse nunca a la altura de los nuestros porque los animales no participan de las mismas obligaciones ni del mismo marco jurídico. Los animales no pueden tener deberes ni cumplen con la reciprocidad de reconocimientos que exigiría un derecho humano. Intentar establecer unos límites arbitrarios es absurdo porque hay tantos marcos como especies y surgiría la incoherencia de tener que respetar el derecho a la vida del mosquito que me mata de malaria. ¿En qué animal ponemos el límite? ¿En el que dé asco darle un pisotón? Si lo los animales tuvieran derechos humanos ¿disfrutaríamos nosotros de derechos animales como el canibalismo?

No se trata de otras razas con los mismos derechos, se trata de otras especies que ha evolucionado de otra manera y tiene distintas habilidades y se adaptan de forma distinta al medio. Cuando un animalista se declara dueño de un perro ya estás reconociendo implícitamente un sometimiento desigual al convertirlo en un bien de su propiedad. El hombre es un fin en sí mismo y la propiedad es un medio para conseguir algo en ese fin, que diría Kant. Convertir y tratar a nuestro perro como a un hijo es un insulto al perro y a la especie humana. Es la atrofia, el error de intentar ir más allá del respeto para humanizar —en el sentido estricto de la palabra— una especie que no se lo ha ganado con la evolución. Esta diferenciación no excluye respetar, amar, no maltratar y no abandonar a nuestros perros, por supuesto, pero hay que quererlos por lo que son, no por lo que puedan llegar a ser o parecer. En caso contrario estamos abocados siempre a la frustración nuestra y a la de nuestras mascotas.

Hay estudios que demuestran que fomentar este comportamiento de igual a igual genera conductas agresivas en las mascotas de manera importante ya que por su condición necesitan de un trato jerárquico para ser felices. Ellos no tienen ya un hábitat natural de supervivencia y dependen del amo y su jerarquía para sobrevivir y desarrollarse según sus genes. Paradójicamente la sobreprotección desestabiliza esta conducta congénita y les hace sufrir. ¿No es eso lo que queremos verdad?

El ‘efecto Bambi’ nos convierte en vulnerables ante los seres vivos adorables y nos hace perder de vez en cuando la perspectiva. El caso Diesel ha llenado las Redes Sociales de mensajes de apoyo que muestran empatía por el maravilloso bicho y por entregar la vida con fidelidad a los que le adiestraron. Todo normal y respetable.  Es triste y también merece duelo.

Pero si escarbas un poco encuentras que la exacerbación y el fanatismo de este sentimiento animalista acaba por construir incoherencias de gran calibre que prostituyen el respeto a los animales y a las personas. Flaco favor para el movimiento de defensa animal que necesita de una promoción y coherencia constante para educar a la gente en el respeto por otras especies. Pero sin estridencias.

No es la primera vez que pasa ni será la última. Recuerden a Excalibur, el perro que murió por la falta de medios adecuados para diagnosticar el ébola en animales o en su defecto las instalaciones necesarias para establecer su cuarentena. Fue una pena y una mala decisión estratégica referida más a las prisas y al maltrato de una propiedad privada que al desprecio por la vida animal. Aquel error removió las entrañas de activistas y fanáticos propiciando la excusa perfecta para hacer un proselitismo sesgado. La protesta fue tan necesaria como desmedida.

De la misma manera que la mayoría de los códigos jurídicos internacionales que no validan la pena de muerte definen y defienden la igualdad del derecho a la vida de todos los hombres, sin importar condición o expediente delictivo, no podemos dar mayor valor a la vida de un perro —por el simple hecho de ser un ser vivo— que a la de cualquier humano delincuente.

Cuidar y respetar a nuestros animales como lo que son, animales y no personas, nos hace más humanos, esta vez en el sentido más amplio de la palabra. Así sí:

Lecturas recomendadas.

El alma de los brutos, de Fernando Savater.

Los derechos de los animales, de Juan Ignacio Pérez


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