Game Over

Del regreso de Zapatero al particularismo español

La inminente edición de las memorias de José Luis Rodríguez Zapatero, a buen seguro bastante desmemoriadas, no hace sino poner de relieve que el de León se ha animado y está moviendo sus fichas para retomar el control del Partido Socialista por vía interpuesta. Y, para ello, quiere aprovechar que está calando en el consciente colectivo de no pocos españoles la especie de que nuestras desgracias comenzaron el 21 de diciembre de 2011; justamente el día en que Mariano Rajoy Brey fue investido presidente y él hubo de salir por la puerta de atrás de la Moncloa… y de la Historia. Para conjurar este nuevo delirio, y al margen de que el actual Gobierno sea o no una pobre cataplasma para una España tan gravemente enferma o que el PSOE, liderado por un desdibujado Rubalcaba, esté al borde de convertirse en un partido marginal, es obligado refrescar nuestra memoria y recordar que la crisis comenzó en 2008, y no en 2011 como pretenden algunos. Y así lo evidencian los principales indicadores macroeconómicos. Otra cosa es que las facturas de aquellas dos tremendas legislaturas nos las estén girando ahora.

Una vez prevenidos sobre este nuevo delirio de un Zapatero para el que hace tiempo se agotaron los calificativos, dejemos a un lado las intrigas menores y vayamos a lo que de verdad importa: entender cómo y por qué hemos llegado hasta aquí. Para tratar de responder a esta pregunta clave, ya casi perenne, es condición previa indispensable no caer en el error de tratar de explicar todos nuestros males aludiendo a una parte del problema; es decir, señalando sólo a quien ahora gobierna o, en su defecto, al conjunto de nuestra ramplona clase política y a todos sus desmanes, que ciertamente no son pocos. Urge también señalar a aquellos otros que, entre bambalinas y sin presentarse a elección alguna ni ostentar cargo público, han sido colaboradores necesarios, diría que imprescindibles, en el estallido de una crisis para la que no existen precedentes.

Por sus excesos los reconoceremos

Ejemplos de subdolo affari los hay de todos los colores y en todos los gremios. Desde el empresario de postín que preside un conocido club de futbol y ha hecho fortuna gracias a los sustanciosos contratos de las administraciones públicas; pasando por el periodista, presuntamente de izquierdas, que hoy, travestido de yuppie, al mismo tiempo que impone leoninos ajustes en el grupo de comunicación que regenta, no le duelen prendas para embolsarse 13 millones de euros; hasta llegar a ese impostado héroe togado, que, a fin de recaudar unos dineros con los que costearse sus lucrativas conferencias, se carteaba cariñosamente con un banquero en vísperas de pasar por el juzgado; y por último, y en lugar muy destacado, no hay que olvidar a quienes se han hecho de oro las últimas dos décadas otorgando hipotecas a diestro y siniestro, sin reparar en menudencias como la solvencia de quienes voluntariamente, y a veces muy alegremente, se entrampaban.

Estos personajes, botones de muestra de una heterogénea tropa compuesta de prohombres, ejecutivos, oportunistas y trepas, que interfieren a placer en los asuntos públicos sin tener que someterse al dictado de las urnas, han puesto a disposición de los políticos –interesadamente, por supuesto– potentes altavoces mediáticos, sentencias escandalosas y barra libre de financiación con la que engordar los partidos, lo cual ha terminado de privar a nuestros gobernantes y sus presumibles relevos de cualquier vestigio o resto de independencia. Y todos juntos, cada uno a su manera, han llevado, lenta pero de forma inexorable, este país a la ruina. Ruina material –y también moral–, cuyas consecuencias ahora hemos de pagar todos, aunque no sea justo y no estemos dispuestos a ello.

Desde el amo hasta el sirviente

Estos personajes influyentes y su avaricia, tan destructiva, tan contagiosa, han infectado a la sociedad, de tal suerte que la personas comunes, lejos de cooperar entre sí, se han vuelto tanto o más egoístas que ellos. Así, mientras los ciudadanos discuten acaloradamente sobre si es mejor una política económica u otra, un modelo de Estado u otro; si público o privado, si lo tuyo o lo mío, cegados por sus intereses particulares, olvidan que el problema, el pecado original, está en una democracia de mínimos que ha dejado el camino expedito a eso que ahora llaman “élites extractivas”. Y que, en un país tan postrado como el nuestro, han devenido en élites expoliadoras.

El caso es que los españoles todos, desde el más relevante personaje hasta el más humilde ciudadano, parecemos estar impedidos para entender, no ya los altos ideales del mérito y el esfuerzo, sino el significado mismo de la palabra sacrificio. Y aquí cada cual siempre encuentra alguna excusa para ir a lo suyo. A este fenómeno de la vida histórica llamo particularismo y si alguien me pregunta cuál es el carácter más profundo y más grave de la actualidad española, yo contestaría con esa palabra. Así se refería José Ortega y Gasset, en 1921, al principal defecto de los españoles. Y, por lo que parece, mucho no hemos cambiado.

Sin embargo y a pesar de todos estos imponderables y de nuestros infinitos defectos, caer en la apatía y el desencanto, en la pérdida total de la esperanza, es un lujo que no podemos permitirnos. Esta contradicción casi insuperable entre nuestras infinitas exigencias y lo que realmente somos y merecemos, pone en evidencia la enorme distancia que aún nos separa de lograr un país más justo, moderno y próspero. Pero tomar conciencia de ello, más tarde o más temprano, nos hará a ser más cooperativos y dialogantes, dejar a un lado el sectarismo y los prejuicios y aprender el significado de la palabra sacrificio. Y entonces, quizá y sólo quizá, seaemos capaces de ponernos de acuerdo en lo más elemental: exigir una democracia con todos sus atributos que nos prevenga de futuros desastres. Hasta entonces, que Dios les guarde a ustedes mucho.


Comentar | Comentarios 0

Tienes que estar registrado para poder escribir comentarios.

Puedes registrarte gratis aquí.

  • Comentarios…

Más comentarios

  • Mejores comentarios…
Volver arriba