Game Over

El milagro económico del PP

La semana pasada el ministro de Economía, Luis de Guindos, vaticinaba cinco años buenos para España. Años en los que según sus pronósticos la economía crecerá entre el 2,5% y el 3%. También pronosticaba que, de cara a 2015, se generarán 500.000 puestos de trabajo. De esta forma Guindos inauguraba formalmente un ciclo expansivo que, en su opinión, puede abarcar un lustro. Así pues, tras siete largos años de depresión, terminó el ciclo malo y empieza otro bueno, cuya fecha de caducidad se sitúa alrededor de 2020. Hasta entonces, los problemas de fondo, los políticos, podrán de seguir esperando. 

Es evidente que la economía española se mueve. Negarlo sería de necios. Y todo parece confabularse para que tal cosa suceda: el desplome del precio del petróleo, la transitoria reforma fiscal (transitoria porque, con estos gobernantes, del mañana nada se sabe), el retorno de las inversiones, la mejora del acceso al crédito y, por encima de todo, Mario Draghi y su expansión cuantitativa, que garantiza a los gobiernos la financiación a largo plazo a un coste ridículo. Raro habría sido que todos estos sucesos no hubieran influido en las expectativas no solo de los grandes capitales, sino de todos aquellos privilegiados que, “pobres” o “ricos”, han tenido y tienen ingresos asegurados.

Y por si todo esto no fuera suficiente para salir de la parálisis, la desconfianza en las economías emergentes, así como la creciente inestabilidad en numerosas regiones del mundo, han hecho que el dinero vuelva sobre sus pasos y busque refugio en los países desarrollados, por más que estos evidencien preocupantes debilidades. Siempre será mejor en estos tiempos revueltos ­–o al menos eso parece pensar el dinero– buscar oportunidades en países que, como España, están bajo el férreo control de una clase política siempre dispuesta a llegar a acuerdos con sus pares foráneos si estos les resultan ventajosos, en vez de vérselas con gobiernos patanes que tienen por bandera la arbitrariedad y la inseguridad jurídica.

De 3.142.928 empresas censadas en 2014, solo el 0,1% eran grandes empresas de más de 250 empleados

Desgraciadamente, en lo importante las cosas no han cambiado, por más que desde la Unión Europea, preocupados como están ante el auge del populismo, nos piropeen, asegurando que somos el país que ha hecho más reformas estructurales. Halago que hay que entender en el contexto de la exasperante inanidad reformista de países como Grecia.  

Lo cierto es que, después de años de estrecheces y angustias, las malas políticas siguen vigentes. Y lo mismo las malas prácticas. Valga como muestra de ello que para este electoral 2015 el gasto en infraestructuras se haya incrementado un 8,8%, hasta alcanzar los 9.469,3 millones de euros, de los cuales 3.561 van a ser destinados a proyectos ferroviarios de alta velocidad, porque es evidente que lo que España necesita para no recaer en la crisis son más tramos de AVE a razón de un millón de euros por kilómetro.

Y cómo muestra de que la Ley en España sigue siendo papel mojado, bien vale el ministro de Hacienda pasándose por el arco del triunfo la Ley Orgánica de Estabilidad Presupuestaria y Sostenibilidad Financiera, al usar los Fondos de Liquidez Regional (Fondo de Liquidez Autonómico y Fondo de Facilidad Financiera) discrecionalmente para derramar sobre las manirrotas autonomías –que siguen, claro está, sin reformarse– decenas de miles de millones que luego habrá que pedir prestado.

Entretanto llegan los cinco años de bonanza prometidos, las debilidades de la economía española permanecen inalteradas, en especial en lo que se refiere al tamaño y solidez de nuestras empresas. Quédense con este dato, de 3.142.928 empresas censadas en 2014, solo el 0,1% eran grandes empresas de más de 250 empleados. Y las medianas (49 a 250 empleados) apenas alcanzaba el 0,6% (grafico adjunto).

Según las prinipales preocupaciones de los directivos españoles, que son los que saben qué sucede en las empresas, también seguimos en donde estábamos en lo que se refiere a trabas que las las administración públicas ponen a las empresas. A saber: duplicidades en los trámites, arbitrariedad y, en general, ineficacia de muchas normas que carecen de sentido. Y qué decir de las adjudicaciones fraudulentas, los favoritismos y la malversación de fondos públicos, que también preocupan y mucho porque afectan directamente a la solidez de la economía (gráficos adjuntos):

Y como colofón, esté gráfico extraído del Barómetro de los Círculos 2014, donde se aprecia cómo todo lo anterior influye en las expectativas laborales a largo plazo de millones de españoles. Así pues, felicitémonos y vivamos a fondo, como locos, los cinco años de vino y rosas que nos prometen desde el Gobierno, porque después la recaída será, como es costumbre, calamitosa. Pero esa será otra historia que, llegado el momento, nos contarán a su manera.


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