El tiempo recobrado

El poder de la semántica

La sustitución del término “imputado” por “investigado” ha generado numerosos comentarios y una opinión bastante generalizada es que esta modificación del léxico en la Ley de Enjuiciamiento Criminal obedece al deseo del partido del Gobierno, muy afectado por casos de corrupción, de rebajar la carga peyorativa de la situación penal de muchos de sus responsables públicos. De hecho, tanto una como otra palabra reflejan exactamente una misma etapa del iter procesal, la del sospechoso de haber cometido un delito sobre el que hay indicios suficientes como para que un juez decida conocer en detalle mediante las propias declaraciones del examinado, de testigos que puedan dar información sobre el caso y todo tipo de pruebas que sean relevantes, hasta qué punto existen fundamentos sólidos que permitan abrir la fase siguiente, la de juicio oral.

El cambio propuesto es meramente formal, se reemplaza un nombre por otro, pero el contenido y el significado se mantienen inalterados

Por tanto, el cambio propuesto es meramente formal, se reemplaza un nombre por otro, pero el contenido y el significado se mantienen inalterados. Ahora bien, no cabe duda que “investigado” suena más suave que “imputado”, que si se te imputa parece que el magistrado te golpea con un objeto contundente, mientras que si te investiga, la impresión es que te somete educadamente a un escrutinio indoloro.

El conocimiento de que las palabras son la herramienta clave por la que describimos el mundo es muy antiguo. El Evangelio de San Juan arranca con la celebérrima y arcana frase de que en un principio era el Verbo, que el Verbo estaba con Dios y que el Verbo era Dios. Borges nos deslumbra cuando afirma que está la rosa en la palabra rosa y todo el Nilo en la palabra Nilo. La cosa nombrada y el nombre que le damos son lo mismo; mediante determinados sonidos que surgen de nuestra laringe dirigida por nuestro cerebro no sólo entendemos la realidad, sino que nos es posible transformarla.

Hay discursos que han torcido o enderezado el rumbo de la Historia. Si Pericles o Lincoln o Luther King no hubiesen pronunciado sus míticos parlamentos, hoy la sociedad humana sería distinta y seguramente peor. La magia se basa en el uso de conjuros, en la capacidad de ciertas palabras de provocar efectos sobrenaturales con la simple fuerza de su emisión. El ser humano, al dotarse del lenguaje, adquiere una dimensión divina y se distingue del resto del universo, al que define y configura con su vocabulario y su sintaxis.

Se empieza torturando el diccionario y se acaba subiendo desaforadamente los impuestos y metiendo la mano en la caja

Todo el que ha participado en negociaciones complejas sabe que la elección de los vocablos es decisiva para que las conversaciones fracasen o lleguen a buen puerto. Si uno de los interlocutores inicia su intervención diciendo “discrepo absolutamente de lo que usted propone” probablemente ha condenado ya al naufragio el posible acuerdo. Si su enfoque es “sus consideraciones sobre este complejo tema resultan muy interesantes como punto de partida y si me lo permite añadiré algunos elementos que no se oponen a su posición, sino que la complementan” el camino hacia un pacto queda expedito.

Es decir, que no es tanto la cosa, sino el nombre que damos a la cosa, lo que resulta verdaderamente relevante. Por eso la corrupción del lenguaje es casi peor que la corrupción del dinero en la medida que toca el núcleo esencial de nuestra condición racional y moral. A los políticos, aparte de a un test sencillo de cultura general, habría que someterlos a una prueba muy elemental de retórica y expresión verbal. Intuyo que descubriríamos una fuerte correlación entre su correcto manejo de las palabras, su competencia y su honradez. Se empieza torturando el diccionario y se acaba subiendo desaforadamente los impuestos y metiendo la mano en la caja.


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