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Villa se acaba, su gol no

Hay algo que habita en la piel del goleador que no se va nunca. Incluso en quienes han iniciado sin disimulo el viaje a ex futbolista. Porque a eso huele desde hace tiempo David Villa, a pasado y respetable decandencia. En el Barça, en el Atlético, y ahora ya sí de forma inequívoca con ese descenso (aunque millonario) a la MLS estadounidense. Una forma rentable de compensar la pérdida progresiva de velocidad y facultades. Y, sin embargo, el gol sigue ahí. Por olfato, por inercia, por precisión, por oportunismo, porque de recorrerlo tantas veces se sabe de memoria el camino a la oficina. Cualquiera sabe. Pero se mantiene ahí, como si fuera un don o una virtud peremne. Gol y gol, ya van 58. Su rutina con la selección.

No es que el rival fuera gran cosa, El Salvador, pero ningún otro jugador nada màs que Villa fue capaz de perforar a su portero. Ni Diego Costa, en parte porque se lo impidió precisamente el egoísmo de su compañero (bueno, ya no) en la jugada del 1-0. La dejada de cabeza de Sergio Ramos iba hacia el español que se siente además y de por vida brasileño, pero su paisano y pareja de ataque en el Atlético (bueno, ya no) le robó la gloria relativa. Se jugó la cabeza y le birló el remate. En el segundo, el árbitro le concedió acomodarse el balón con el brazo y el meta batirle pese a lo frágil del ajustado remate. 58, lo dicho.

Una cifra que colocar sobre un partido que no tuvo más valor precisamente que lo numérico. Casillas sumó un palito a sus internacionalidades y De Gea, sólo por ocho minutos (las cosas diplomáticas de Del Bosque), le puso el primero a las suyas. El juego, más allá de que el seleccionador probó a competir saludablemente sin Xabi Alonso y Busquets juntos, no dio para establecer conclusiones. España llega al Mundial sin rasguños anímicos por los resultados, pero sin pistas fiables de su verdadero estado. De palabra, el técnico dice que lo ve bien. Lo único que se deduce es que el gol sigue dependiendo del de siempre. Lo cual no está claro que sea precisamente una buena noticia.

En definitiva, la Roja (o la versión impostora de la Roja, como dicen en Chile) salió de Washington sin historia. Ésa se estaba escribiendo en suelo español. Con las batallas por los ascensos y los descensos en las diferentes categorías, emociones monumentales de felicidad y drama que no son menores pese a la sencillez o insignificancia de quienes las disfrutan y soportan. Como la del Atlético Astorga, que en el callejón escondido de la promoción de ascenso a Segunda B protagonizó una gesta que ya se recordará en la ciudad maragata como aquellas dos batallas de hace siglos que no consiguieron ganarles los romanos. De un 0-4 ante el Mensajero a un 4-0, con penalti en contra parado en el 82, gol en el último minuto, prórroga, penaltis y clasificación. Goles inesperados, únicos, épicos, históricos, conmovedores, sin ese aire protocolario que le concede a Villa la costumbre. El orgullo de 12.000 vecinos, aunque modesto, es orgullo igualmente. Su sueño sigue intacto, a tiro de una sola ronda. El de los 42 millones de españoles restantes, contando a Diego Costa, empieza el viernes. La magia del fútbol.


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