Cultura

Aleix Saló: “Nuestra generación es como un Ferrari en un camino de cabras, completamente ineficiente”

El dibujante Aleix Saló regresa con la traducción al castellano del que fue su primer libro: Hijos de los ochenta. La generación burbuja, el retrato en clave de humor de aquella generación de los que crecieron y se educaron en una sociedad con viento a favor y terminaron convirtiéndose en una generación pinchada.

Aleix Saló.
Aleix Saló. EFE.

Todas aquellas cosas que hicieron de los ochenta los ochenta tienen un aire tóxico, acaso excesivo: demasiada información, demasiado bienestar, demasiadas expectativas, demasiadas buenas intenciones. Como ese helio con el que se infla un globo, el optimismo dejó de expandirse y terminó en esto: una generación que, como el más potente monoplaza, se vio incapaz de transitar por "el camino de cabras" en el que terminó convirtiéndose la realidad. Una generación pinchada que Aleix Saló retrata en Hijos de los 80. La generación burbuja, una traducción del catalán al castellano de su primer libro, que publica De Bolsillo.

Acaso demasiado predispuesto a la lucidez, en las páginas de Hijos de la burbuja el joven dibujante –nació en Ripollet, Barcelona, en 1983- hace un retrato en clave de humor de aquella generación de los que crecieron y se educaron en una sociedad con viento a favor y que tenía los pulmones llenos del aire suficiente para inflar, a gusto, la burbuja que les estallaría sobre la cabeza. La reforma educativa, la cultura popular, el ocio, la emancipación o la entrada en el mundo laboral son algunos de los temas que Saló escoge para acercarse con su alfiler y pinchar, con extremada ironía, el jabonoso globo de los tiempos pasados, que todavía arrancan suspiros a muchos.

Aleix Saló se dio a conocer en 2011, en pleno suflé del 15M-, con Españistán, una sardónica y descarnada radiografía política de España y que Saló continuó en el magnífico Simiocracia, un libro que comienza justo en 2008, con el hundimiento de la inmobiliaria Martinsa Fadesa, y caracteriza, en clave socarrona,  el efecto dominó que esto tuvo sobre administraciones públicas, cajas de ahorros e inmobiliarias y constructoras. "No hay que atribuir a la maldad lo que puede ser torpeza", aseguraba entonces.

-Hijos de los 80. La generación burbuja es su primer libro pero puede que sea el más lúcido, acaso porque el reproche es para todos por igual. Nadie se libra de la tángana: quien sufre una situación es a la vez su víctima y su causante.

-Ese libro lo hice en 2008, poco después de la caída de Lehman Brothers. Visto ahora y aprovechando la reedición, me doy cuenta que mis cuatro libros, sin pretenderlo, siguen una línea muy marcada, que comienza con un libro como este, que hace autocrítica generacional, y a medida que transcurren los siguientes, la voz crítica va cada vez más arriba, hasta llegar a Europesadilla que se dirige a todas las instituciones europeas.

"Fuimos una generación con la que más se experimentó con los planes de educación"

-El capítulo en el que analiza la educación es el más demoledor. Los nacidos en los ochenta fueron el ajuste fallido en el intento de corregir un sistema opresivo y castrante versus otro modelo que desterró por completo la cultura del esfuerzo.

- Fuimos una generación con la que más se experimentó con los planes de educación y las reformas que pretendían corregir lo que entonces era visto como vicios de un sistema opresivo y que, sin quererlo, terminó olvidando las partes buenas que pudo tener: un punto de sana competencia, disciplina y esfuerzo.

-La metáfora de los 80 como una generación estafa, una generación pinchada,  –y a su manera estafada- está condensada perfectamente en la metáfora del Ferrari.  

-He sacado a colación esa idea al preguntarme qué significaba aquello de “la generación más preparada”. Era una especie de mito o de lugar común, ¿éramos la generación más preparada o la más formada? Porque estar preparado se equipara más a la idea del Ferrari que tiene todas las prestaciones y que ha sido diseñado para correr y ser el más veloz en una autopista. Sin embargo, en este caso, a la hora de salir del garaje no nos encontramos una autopista. Somos un Ferrari en un camino de cabras, completamente ineficientes. Y en ese caso, de conseguirnos un Ferrari, pues este tendrá que ir a buscarlas autopistas en otro país

-Alude al hipsterismo como un rasgo de cinismo, incluso infantil.

-El hípster, que viene de la oleada cultural de Estados Unidos, encaja bastante bien con lo que ocurre en España. ¿Qué significa? Una generación que idealiza el pasado, que cree que su época más feliz fue la infancia y que lo está demostrando constantemente con la recuperación del vinilo, los filtros de foto antigua de Instagram; que parece que para ser el más moderno hay que escuchar punk o garaje. Es una generación con un total desinterés por el futuro, por no decir miedo hacia el futuro y con poca curiosidad y pocas ganas de generar discursos y cosas nuevas. Otras generaciones estaban obsesionadas con crear un mundo nuevo, nosotros no. Me refiero, claro, al momento en el que fue hecho el comic. Ahora está cambiando. Parece existir un poco de esperanza.

"Somos un Ferrari en un camino de cabras, completamente ineficientes".

-La década de los ochenta fue tremendamente perversa: por un lado estaba la idea de la burbuja, pero fue a la vez la época por ejemplo de la Tatcher en Inglaterra, un FMI más agresivo en América Latina…

-No era una bonanza en sentido drástico pero en España se venía de mucho menos, de un lugar mucho más duro, para la gente supuso una ascensión. La sensación que tuvieron nuestros padres es que tanto social como económicamente, siempre fueron a más. Eso no quiere decir que la vida no fuera dura y que fuese necesario pelear, por supuesto, pero ellos entendían la vida como una línea ascendente y así nos lo inculcaron. Aquí es donde viene el drama.

-¿Cuál de todos?

-Como nuestros padres, asumimos que nuestra vida iba a ser una línea ascendente; con el añadido de que partíamos de una infancia mucho más acomodada y que el resto sería miel sobre hojuelas. Pero al llegar a los 20, cuando nos dimos cuenta de que la vida era mucho más dura y además llegó la crisis, aquello nos marcó por completo. Somos una generación de expectativas rotas. El punto no es cuanto más o menos dura fue nuestra vida, sino que no estábamos preparados para ella. Nuestros padres nos han dejado un manual de instrucciones para una realidad que ya no existe. Ahora nos toca reescribir ese manual.

"Nuestros padres nos han dejado un manual de instrucciones para una realidad que ya no existe. Ahora nos toca reescribir ese manual".

-Cuando se promovió el Ministerio de Igualdad, se planteó como una institución volcada en el tema género, cuando en verdad tenía también como tarea pendiente la desigualdad que supone la edad como obstáculo.

-Muy poca gente me ha hablado de esto y creo que estoy de acuerdo, porque también lo he pensado. Vemos las cosas en contraposición de clases o de géneros, pero en este país no se ha hablado todavía de una guerra de generaciones. Hay una especie de generación tapón en muchos sectores. Por ejemplo, yo iba a trabajar enfocado en viñetas de periódicos y tuve que abandonar tras años de insistir en muchos medios de escasa tirada. Mi sueño era ascender y terminar haciendo viñetas en una cabecera de primera línea, pero tuve que desistir, porque me fue imposible: por una parte, los medios estaban cerrando y del otro, porque ese puesto estaba ocupado y el viñetitas era el mismo de hace 50 años. No es por criticar, porque si están allí es porque tienen méritos.

-La crisis, en ese caso, más que renovación produjo una especie de pasmo que devino en el becario de 35 años o el profesional en precariedad. Y del otro lado está el discurso del emprendimiento como una especie idea envenenada.

-Si los espacios se reducen, el pastel se reduce mucho más y ese es el momento en el que los que llevan más tiempo se lo apropian y dejan que el resto se pelee por las migajas. Cuando digo resto podría decir jóvenes, aunque no creo que se trate exactamente de jóvenes. No creo que podamos tildar a España de gerontocracia como sí lo es Italia, que tiene la media de edad más alta de los gobiernos europeos. En cambio aquí, y voy a utilizar las palabras del blog Politikon…

-Que son todos muy jóvenes, valga decir.                                            

-Muy jóvenes, muy buenos y no lo suficientemente valorados. Ellos hablan de una confrontación no tanto de jóvenes contra viejos sino de insiders contra outsiders. El que lleva más tiempo dentro, que puede ser joven o viejo, es aquel que mantiene una barrera hermética para la entrada ya sea a instituciones, empresas, medios de comunicación. Tenemos un status quo que no se renueva. Hay todo un subsector de la población que está condenado a vivir mendigando en esa periferia: ya sean jóvenes; ya sean mujeres, como muy bien dicen en Politikon, que hay mucho colectivo femenino en los outsiders (las que se quedan con los trabajos temporales) y, por supuesto, la inmigración.

"Es la maldad del sistema, que ya tiene preparado su propio margen para que exista una contracultura o una cultura antisistema que no la ponfga en peligro"

-Hay una imagen que cierra el libro: la generación de los ochenta como aquella a la que le dejaron una montaña de peces pero la dejaron sin caña para pescarlos.

-En vez de potenciar a capacidad para que nosotros mismos nos desarrolláramos eso que hoy llaman iniciativa emprendedora, que tampoco quiero utilizar esa palabra, porque se ha instrumentalizado. En fin, que no se nos inculcó la capacidad de tener iniciativa, de decir 'propón algo', da el primer paso, qué sabes hacer bien. No, el asunto fue más bien por tratarnos a todos igual; darnos todo, que no nos faltara de nada, pero sin hacernos autónomos.

-También como una especie de reproche, hay una burla al supuesto furor revolucionario o antisistema, que parece una reacción prevista y diseñada por la misma sociedad contra la que se protesta.

-Es la maldad del sistema, que ya tiene preparado su propio margen para que exista una contracultura o una cultura antisistema, de manera que esta tenga su propio nicho sin que ponga el peligro la estructura. El claro ejemplo de las tazas del Che Ghevara en el Corte Inglés.

-¿Cómo consiguió escabullirse de la etiqueta 15M?

-No soy muy consciente de hasta qué punto se me relacionaba con el movimiento. En algún momento me pareció haber leído algo así como ‘el dibujante de la revolución’. Ocurre mucho en los medios, que al momento de hablar de gente joven, van locos por encontrar un referente. El colectivo joven es muy desconocido y muy malinterpretado y eso hace que en cuanto salga el primer joven para contar algo de la juventud quieran hacer de él un referente . A un señor de cincuenta años hablando, nadie lo considera un referente de los cincuentones. En ese sentido creo, que por pura potra salí en un momento muy idóneo en el que los medios miraban hacia los jóvenes. Vi rápidamente que se podía pensar: 15M igual a Aleix Saló. En algunas asambleas proyectaban el libro de Españistán y empezaron a hacerme propuestas de leer discursos en manifestaciones. Yo hice un ejercicio y me dije: tú estás vendiendo libros, si tiras por la vía de reivindicar un movimiento, esto va a ser un camino de espinas, porque te vas a ver involucrado en una serie de contradicciones de las que no vas a poder salir. Mi intervención o actos en los medios solo van enfocados a mi trabajo, que simplemente es vender. Vincularme al 15-M era una bomba de relojería, entre otras cosas porque algún día me gustaría hablar del 15M con distancia. Y no solo con el 15M, me ocurre también en la política con algunos partidos políticos que me han contactado o también con empresas. En todos los casos me mantuve al margen porque lo que está en juego es mi independencia y mi credibilidad. Si yo acabo en descrédito al menos que sea por mi culpa.

-Es inevitable, la promoción de Hijos de los 80 coincide con un clima, que embota un poco ya, pero que le toca doblemente: por un lado la idea la euforia de renovación que encarna Podemos y, del otro (usted es catalán), la Independencia… me veo obligada a preguntarle por ambos.

-Con Españistán ocurrió la coincidencia de que el libro salió en un momento en que la gente volvía a conectar con lo que ocurría, con la realidad. Ahora mismo veo dos líneas nuevas: una es la de comenzar a tener esperanza, arremangarse e intentar hacer algo nuevo, de ahí sale Podemos y también a su manera, la independencia encarna algo parecido. La gente que forma parte de un movimiento u otro, ve una esperanza. Ahora mismo hay pocos proyectos que generen ilusión como Podemos o como la Independencia y la gente se agarra a eso. La otra línea que veo que domina es la de evadirse. El claro ejemplo es Ocho apellidos. Se trata ir, reírse, y ya.  


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