El Buscón

Borboneo a cuenta del asesinato de Carrero Blanco

De la pasión por el cotilleo cortesano no escapan siquiera los que tienen tribuna en los periódicos de izquierdas. 

El Rey de España Juan Carlos I durante una audiencia.
El Rey de España Juan Carlos I durante una audiencia. GTres

Hay quien dice que las conversaciones con el Rey no deben contarse en público, por un sentido de educación, ya que es improbable que el Rey salga a desmentirlas, matizarlas, o corregirlas. Sin embargo, cuando un español recibe una confidencia de don Juan Carlos corre a contarla en su tertulia, como dicen que hizo un torero después de acostarse con Ava Gardner.

De esta pasión por el cotilleo cortesano no escapan siquiera los que tienen tribuna en los periódicos de izquierdas. El domingo 22, el filósofo Josep Ramoneda, colaborador de El País y la SER, reveló una confidencia que le hizo el Rey y que mantuvo secreta durante 14 años, hasta que ayer decidió entregarla a la historia.

En septiembre de 1999, los Reyes de España inauguraron, en el CCCB de Barcelona la exposición Días de radio, que conmemoraba el 75º aniversario de Radio Barcelona. Uno de los ámbitos de la exposición estaba dedicado al atentado contra Carrero Blanco. (…) Al entrar en este espacio, el rey Juan Carlos se me acercó a un palmo, como si fuera a hacerme una confidencia. Y me dijo: “Si esto no hubiera ocurrido tu y yo no estaríamos ahora aquí”. “Yo no, usted no lo sé”, contesté. “Yo tampoco”, me dijo. E insistí: “¿Por qué?”. “Porque las condiciones que Carrero me habría puesto yo no las habría podido aceptar”. Cuando terminó la visita corrí a transcribir la conversación en mi cuaderno. Allí la guardé hasta hoy.

A ver si quien aceptó jurar las Leyes Fundamentales del franquismo resultó ser todo un luchador por la democracia al que ETA, por pura casualidad, le hizo el favor de eliminar a un obstáculo…

Sin embargo, basta con efectuar un repaso a las declaraciones hechas por don Juan Carlos (y siempre transcritas por mano ajena) para ver que dijo lo contrario en otras ocasiones.

En la biografía que en 1991 le escribió el aristócrata con carné socialista José Luis de Vilallonga, el Rey respondió la siguiente a la pregunta de si ETA le alivió la carga:

"Pienso que Carrero no hubiese estado en absoluto de acuerdo con lo que yo me proponía hacer. Pero no creo que se hubiese opuesto abiertamente a la voluntad del Rey. Simplemente, hubiese dimitido".

La promesa hecha por el almirante al príncipe

Uno de los pocos ministros de Franco que quedan vivos, el falangista José Utrera Molina, escribió en sus memorias (Sin cambiar de bandera) que el entonces príncipe de España había arrancado al almirante Carrero Blanco la promesa de dimitir cuando Franco muriese. Y conoció la promesa por la hija de Franco:

"Meses después de su toma de posesión, el almirante tuvo una audiencia con el entonces Príncipe de España, quien le pidió que, si se producía el fallecimiento de Franco, esperaba de su lealtad la presentación de su renuncia. Carrero accedió. Lo que Franco consideró atado y bien atado, de hecho quedó roto".

¿Pero se habría opuesto Carrero a la petición de dimisión? El político retirado José Miguel Ortí Bordás, que fue jefe nacional del SEU y subsecretario de Gobernación entre 1976 y 1977, no lo cree (La Transición desde dentro):

"Carrero era un político inmovilista, que no estaba hecho para volar solo, ni para adoptar decisiones trascendentales y que carecía de visión de futuro,; pero Carrero era, ante todo y sobre todo, un militar, incapaz de oponerse a la orden de un superior. Jamás Carrero se hubiese permitido a sí mismo desatender no ya una orden, sino una mera indicación o sugerencia del jefe de las Fuerzas Armadas. De manera que soy de la opinión de que Carrero hubiese dimitido como presidente del Gobierno tan pronto el Rey se lo hubiese solicitado, sin oponer la menor resistencia y sin protesta alguna, con lo que hubiera quedado expedito y completamente libre para el Rey el camino de la reforma y de la democracia".

Seguramente, ésta es la versión más acercada a la realidad a la vista de otros acontecimientos: don Juan Carlos arrancó en julio de 1976 al presidente del Gobierno Carlos Arias Navarro, duro entre los duros del franquismo, la dimisión, pese a que una vez proclamado Rey le había ratificado en su puesto. Días más tarde, por medio del RasputínTorcuato Fernández-Miranda (resentido por no haber sido nombrado presidente al morir Carrero, ya que ocupaba la vicepresidencia de ese Gobierno), colocó a Adolfo Suárez en la terna del Consejo del Reino y cuando el Rey se cansó de él no paró hasta echarlo.

Francisco Laína, presidente del Gobierno provisional la noche del 23-F, dice que le pasó a Suárez un informe de la Policía en el que se afirmaba que el Rey no se recataba en criticar duramente al propio Suárez en sus conversaciones con personas y ambientes muy diversos. Se añadía que el monarca expresaba abiertamente su disconformidad con algunas decisiones adoptadas y planteaba la conveniencia de un posible relevo del presidente.

Desprecio a quien le trajo a España

Como su abuelo Alfonso XIII, don Juan Carlos es un maestro en el arte del borboneo, conducta que, entre otros atributos, consiste en decirle al interlocutor del Borbón de turno lo que éste quiere oír, de modo que el plebeyo regrese a su casa henchido de satisfacción por contar con un Rey que, aparte de campechano, piensa como él.

Sea como fuere, este borboneo no deja de constituir un desprecio a quien, como el mismo Juan Carlos reconoció, le trajo a España. No hay más que ver lo que el marino Luis Carrero-Blanco Pichot, primogénito del almirante, contó a La Razón el 20 de diciembre de 2003:

"El Rey presidió el duelo. A los dos o tres días del atentado, nos llamaron del Palacio de la Zarzuela. Los Reyes nos invitaron a comer y tuvimos una larga sobremesa. Don Juan Carlos le regaló a mi madre la pluma con la que había firmado la aceptación del trono. Nos pareció un regalo muy personal, cargado de simbolismo, aunque es cierto que mi padre se preocupó mucho por la formación del entonces Príncipe de España. Recuerdo que el Rey me comentó en aquella sobremesa: Luis, cómo no voy a estar con vosotros en estos momentos, si yo estoy en España gracias a tu padre”.

¿O esto también fue una muestra de borboneo?


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