Cultura

El telegrama que salvó a Franco... ¿Por qué España y los españoles le traían a Churchill sin cuidado?

En este ensayo, Carlos Collado describe las relaciones exteriores de España entre 1942 y 1945. Lo hace a través de la correspondencia de Winston Churchill, Franklin D. Roosevelt, Samuel Hoare, Carlton Hayes, Anthony Eden, Alexander Cadogan, Cordell Hull y Harry Hopkins.

Francisco Franco consiguió la no intervención de los Aliados en España.
Francisco Franco consiguió la no intervención de los Aliados en España. CC

¿Cuál fue la verdadera razón por la que el régimen franquista consiguió permanecer en la Europa de la postguerra una vez derrotado el fascismo y el totalitarismo? ¿Estrategia del régimen, desinterés de los Aliados? ¿Valía la pena intervenir? Algunas de estas preguntas encuentran respuesta enEl telegrama que salvó a Franco (Crítica), un estudio de Carlos Collado sobre las relaciones entre España, Gran Bretaña y los Estados Unidos en el periodo 1942-1945.

Collado trabaja la correspondencia de Winston Churchill; Franklin D. Roosevelt; el embajador británico en España Samuel Hoare y Carlton Hayes, embajador de Estados Unidos en España

Para adentrarse en el mapa de relaciones e intereses, Collado hace un estudio de la correspondencia diplomática y política además de la documentación personal de los principales actores políticos y diplomáticos de entonces: el premier británico Winston Churchill; el presidente de los Estados Unidos Franklin D. Roosevelt; el embajador británico en España de 1940 a 1944, Samuel Hoare; Carlton Hayes, embajador de Estados Unidos en España; Anthony Eden, ministro de Colonias, de la Guerra y secretario del Foreign Office.

También pasa revista a los intercambios epistolares de funcionarios como Alexander Cadogan, subsecretario de asuntos exteriores británicos; Cordell Hull, secretario de asuntos exteriores estadounidense y Harry Hopkins, mano derecha de Roosevelt. Sobre la base de documentación desconocida hasta la fecha, Collado desmonta una serie de mitos sobre la política exterior del régimen de Franco en los años decisivos del fin de la Segunda Guerra Mundial.

En el caso del Reino Unido, Collado no puede ser más directo. A partir de mediados de 1944, asegura, Churchill ya tenía puesta su mirada en la postguerra. En un panorama donde la situación de Alemania, Francia y Grecia era incierta, resultaba desaconsejable crear otro foco de tensión en una zona tan sensible como lo era el paso por el estrecho de Gibraltar, una ruta de comunicaciones vital para el Imperio británico. ¿Intervenir, realmente era necesario? “El régimen imperante en España y la situación en la que se encontraban los españoles le traían a Churchill sin cuidado”, asegura Collado.

"El régimen imperante en España y la situación en la que se encontraban los españoles le traían a Churchill sin cuidado"

-¿Cómo era el escenario de posguerra donde Franco debía abrirse paso? ¿Cuáles fueron sus primeros movimientos?

-El Régimen realizó una gran cantidad de iniciativas con las que se pretendía afianzar su posición internacional, como lo fueron los llamamientos a la paz, las gestiones a favor de los sefarditas, la retirada de la División Azul, los guiños a los Aliados, etc. Nada de esto tuvo efecto alguno en los planteamientos, ni de los Aliados ni del Eje. Además, al contrario de lo mantenido durante la Dictadura, la situación de España estaba de por sí asegurada, a no ser que Franco cometiera graves errores políticos (que de hecho cometió repetidamente y que por poco hubieran tenido consecuencias catastróficas para su persona).

-¿Podría ser más específico?

-En ningún momento, ni el Eje ni los Aliados se plantearon invadir España sin contar con el consentimiento del Régimen o sin verse forzados a ello. Las desventajas siempre fueron consideradas como desproporcionadas. Y si al contrario, una intervención hubiera parecido conveniente, ésta se hubiera llevado a cabo sin miramiento alguno. España no tenía peso en la diplomacia internacional. En otras palabras: el supuesto temporal que Franco lograría capear a lo largo de la Segunda Guerra Mundial no existió de hecho, a excepción de la situación de crisis en los primeros meses de 1944. Y también en este caso, ésta se resolvió entre Churchill y Roosevelt, sin que España hubiera podido intervenir.

"En el libro planteo que Franco no llegó a percatarse de la realidad política del momento y del sitio de España en el tablero internacional"

-¿Era capaz de percibir Franco el contexto internacional?

-En el libro planteo que Franco no llegó a percatarse de la realidad política del momento y del sitio de España en el tablero internacional. No entendió en ningún momento las consecuencias que un ordenamiento europeo dictado por Berlín y basado en los principios de la primacía de la raza aria hubiera acarreado para España. Y del todo fuera de lugar estaba su ambición de engrandecerse a expensas de Francia, tal y como se pretendió en Hendaya o como se desprende de la carta dirigida a Churchill a finales de 1944, en la que se afirmaba que con la derrota alemana, no quedaría en el continente más que una única “potencia viril” con la que Londres podría contar: España.

-¿Franco era una desgracia para los españoles, pero no una amenaza para sus vecinos? ¿Era más rentable apoyarlo que derrocarlo?

-Precisamente eso fue lo que constató el subsecretario de Estado londinense, Alexander Cadogan, un defensor a ultranza de las pautas tradicionales de la diplomacia británica que se regían exclusivamente por los intereses nacionales y no por posibles apetencias ideológicas. Churchill mantuvo la misma posición. A partir de mediados de 1944 ya tenía puesta su mirada en la postguerra, y para él se vislumbraba una panorámica sombría y llena de incógnitas ante una situación caótica tanto en Francia como en Italia y Grecia, y, además, con una Alemania que habría de ser subyugada por la fuerza. Desde esta perspectiva no parecía nada recomendable crear un nuevo foco de tensión en una zona tan sensible como lo era el paso por el estrecho de Gibraltar, una ruta de comunicaciones vital para el Imperio británico. El régimen imperante en España y la situación en la que se encontraban los españoles le traían a Churchill sin cuidado.

-¿Y cuál fue la actitud de los EEUU de cara al Franquismo?

-Los estadounidenses, si bien más atentos que los británicos a las consecuencias negativas que tendría la pervivencia de un régimen como el de Franco, que era considerado como fascista, ante la incipiente Guerra Fría también se convencieron pronto de que un cambio de régimen impuesto desde el exterior implicaba el gran riesgo de que a fin de cuentas la Unión Soviética fuera la gran favorecida. Ante esta situación resultó más ventajoso apoyarlo que derrocarlo, aunque con ello no se lograra implementar del todo el objetivo de guerra que había sido la aniquilación del fascismo. Este resultado fue lamentado tanto por Roosevelt como por su sucesor Truman, pero ante los problemas globales de postguerra, Franco fue considerado como un mal menor.

"Los estadounidenses se convencieron pronto de que un cambio de régimen impuesto desde el exterior implicaba el gran riesgo"

-¿Cómo de gris es la figura de Franco en la Europa de la II Guerra? ¿Mantenerse al margen fue, realmente, una decisión a conciencia?

-No, no lo fue en un principio. Ante la derrota de Francia, Franco estuvo dispuesto a entrar en la guerra al lado del Eje, y con este propósito se negoció extensamente a lo largo del verano y otoño de 1940 tanto con Hitler como con Mussolini. Pero además de que resultaron discrepancias en lo que era el reparto del botín de guerra (es decir la cuestión territorial a expensas de Francia), tanto para Franco como para los alemanes estaba claro que la España devastada de postguerra no se encontraba en condiciones para afrontar una guerra prolongada, con lo que la intención del dictador fue sumarse en el último momento posible. No caben dudas, sin embargo, acerca del compromiso que España había contraído con el Eje, y que también quedó patente en el envío de la División Azul al frente del Este.

-¿Qué hizo cambiar los planes de dirección?

-Con el desembarco y los avances de los Aliados en el norte de África a partir de noviembre de 1942 y el consiguiente giro en el teatro de operaciones a favor de los Aliados, se impuso la convicción de que la beligerancia sería un paso suicida. No se trataba de mantener la neutralidad por motivos de imparcialidad, sino por verse forzado a ello por las circunstancias. La amistad con el Tercer Reich no fue cuestionada en ningún momento. Y las simpatías por el nazismo siguieron en pie aun con la derrota alemana. Muy ilustrativo resulta al respecto la afirmación de José Ignacio Escobar en julio de 1946, ante las acusaciones de los Aliados por los crímenes perpetrados por los nazis, al constatar que el único crimen de los alemanes habría sido el de no haber logrado ultimar a tiempo la bomba atómica y de esta forma haber perdido la guerra.

"Lo que me interesa no son por tanto sólo las relaciones diplomáticas propiamente dichas, sino también el trasfondo cultural de los actores políticos"

-El telegrama que da nombre al libro, mejor dicho el borrador del telegrama de Churchill, forma parte de la documentación. ¿Valdría la pena volver sobre las fuentes históricas con una mirada más severa sobre las aptitudes de Franco?

-Si uno se centra en la documentación española se impone la perspectiva de la supuesta tenacidad mostrada por la diplomacia española y sobre todo por el conde de Jordana como titular de Exteriores entre 1942 y 1944. Pero si dichos esfuerzos se consideran desde la perspectiva de las relaciones entre ambos colosos aliados, queda sin embargo en evidencia que todo lo que se discutió tan agriamente en Madrid no era más que un regañeo insignificante de cara a las decisiones que se tomaron en Londres y Washington. Así, si bien la diplomacia española estuvo convencida del gran éxito logrado ante la resolución de la crisis de 1944, la cuestión no se había solucionado lo más mínimo a raíz de la tenacidad mostrada por Jordana, sino única y exclusivamente como resultado de un durísimo enfrentamiento entre Churchill y Roosevelt, que además por poco hubiera vuelto la tortilla.

-Su principal campo de investigación es la historia de las relaciones exteriores españolas durante el franquismo, ¿de qué manera este libro completa sus investigaciones?

-Este interés por las relaciones exteriores del Régimen se compagina con un interés por la influencia del nazismo en España, bien sea a lo largo de la existencia del Tercer Reich como a continuación de su derrota, cuando la España de Franco se convirtió en un refugio idóneo para nazis, tanto en lo que respecta a su seguridad personal como en el plano ideológico. En este contexto existen aún cuestiones interesantes y enfoques novedosos por analizar. Así estoy preparando actualmente un estudio sobre lo representó ser tanto para España como para Alemania la pervivencia en este país de una colonia alemana que estaba compenetrada en buena medida con las élites del régimen y que vivía al margen de lo que fue en la República Federal el resurgir en libertad y democracia. Lo que me interesa no son por tanto sólo las relaciones diplomáticas propiamente dichas, sino también el trasfondo cultural de los actores políticos, sus esquemas mentales, incluyendo también sus juicios preconcebidos y sus prejuicios, que influyeron todos ellos en la toma de decisiones. Estos factores también jugaron un papel importante en el presente libro.

-¿Cuál ha sido el mayor error historiográfico al estudiar el franquismo?

-Caer en la trampa de aceptar como válida una visión de la historia basada en la proyección propagandística del Régimen durante la dictadura. Estoy convencido de la conveniencia de cuestionar todo planteamiento que tenga su origen en lo que se mantuvo a lo largo del franquismo, aun con toda la plausibilidad que pudiera tener como lo fue en el caso de la supuesta tenacidad de Franco en guardar la neutralidad española a lo largo de la Segunda Guerra Mundial. En todo caso, la historiografía ya ha ido desvelando y desmontando a lo largo de las últimas décadas, y sobre la base de la evidencia documental, un gran número de mitos establecidos, destinados en su día a ensalzar la personalidad del dictador. Destacan al respecto su supuesto genio militar, su desinterés por cuestiones de lucro personal, su autoría del crecimiento económico de los años 60, su actuación desinteresada en favor de los sefarditas, etc., etc., etc. Lamentablemente y aun con todo, dichos mitos son asombrosamente resistentes al encontrarse altamente arraigados en la memoria colectiva.


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