La semana pasada Agustín Valladolid escribió en este mismo periódico una columna por momentos luminosa y a ratos perturbadora. Inquietante, en cualquier caso. Su título era una verdadera provocación que, con todo el descaro del mundo, invitaba a la lectura, y en consecuencia una vez terminada, a pensar en algo tan importante como qué votar el día 4 de mayo. Agustín tituló su columna con pocos reparos y sin ningún remilgo: A quien no deberíamos votar.

Imposible quedarse en el titular y no recibir con agrado el gesto del articulista que, piensa uno, intenta ayudarte a desbrozar el pedregoso camino que hay entre la casa del ciudadano elector y el colegio electoral. Pero ya he dicho que la columna está hecha con los andamios que sostienen la perturbación y la luminosidad, dos ingredientes básicos del mejor columnismo.

Votar contra uno mismo

A veces, la forma más rápida de no ver nada la provoca el exceso de luz más que la abundancia de sombras. El artículo en cuestión no está pensado para aquellos que no lo necesitan leer, es decir, para los que hace meses, incluso antes de que Isabel Díaz Ayuso anunciara el adelanto electoral, ya tenían decidido su voto. Muchos españoles votan en contra de sus intereses y no lo saben. No lo quieren saber en realidad. Me refiero a la fiscalidad, la igualdad, la educación, las infraestructuras. El perjuicio que se hacen a sí mismos no es nada comparado con el gusto que han de sentir al introducir su papeleta en la urna pensando en lo que más detestan. Nadie, salvo los muy cafeteros, vota con gusto en este país. Al menos yo no conozco a nadie.

Iré por lo directo. Siendo persona que cambia el voto con tremenda naturalidad y sin complejos, creerá mi amigo Agustín que me ha hecho un favor porque me ha ayudado a clarificar el panorama, pero es exactamente lo contrario. La confusión es mayor. Y la conclusión no es otra que, después de atender a sus consejos, uno no sabe a quién votar. Y lo que es aún peor, creo que estoy más cerca de no hacerlo.

Imposible creer a nadie

Llegado a este punto diré que no me creo nada de aquellos que desde los partidos nos instan a votar y nos recuerdan el compromiso de hacerlo. Tantas veces hemos votado ya que la experiencia nos dice que quedarse en casa tiene la misma carga cívica y política que acercarse a la urna. En cualquier caso no es una obligación.

Valladolid dice que no debemos votar a los que siembran la discordia entre españoles. ¿A ver, a ver? No votar a aquellos que nos llevan directamente al cuadro de los garrotazos de Goya. ¿A ver qué pienso…? No apoyar a los que sobreviven a costa de negar el derecho del adversario a la discrepancia. Esto… voy a repasar… A los que nos recuerdan hoy la España de 1931. Hombre, hombre, señor periodista, no será para tanto. Que no votemos a los que fomentan la mentira junto a la estupidez, mezcla explosiva que abre las puertas a la desgracia y al rencor entre compatriotas.

En fin, que va poco a poco descartando opciones sin nombrarlas, y sin nombrarlas se va quedando en la más respetable soledad, sobre todo cuando aconseja al lector no votar a aquellos que, sabiendo como saben que somos crédulos y laxos en nuestras emociones políticas, creen también que somos imbéciles. Y gilipollas. Y es aquí, justo aquí y en este punto en el que, a un mes de las elecciones, ya sé que no voy a votar, y no porque, como diría Brasens, la música militar no me sepa levantar. Es la música de la mediocridad con melodía a disparate la que definitivamente me aparta de ese deber que los políticos solemnizan cuando necesitan mi apoyo.

Tras el voto, cabreo y contrariedad

Muchas veces estuve en esa tesitura y me traicioné a última hora. Ya saben, todas esas banalidades de que si no se vota no se tiene derecho a la queja y demás, como si el voto te diera después de meterlo en la urna alguna otra potestad que no sea el cabreo y la contrariedad. Pero es que tampoco votaré porque no quiero que Madrid, mi ciudad y Comunidad, estén tan cerca de la confrontación. Tan cerca de considerar al adversario, enemigo. Ya hay sobremesas madrileñas que empiezan a recordar las mayores broncas de las veladas catalanas entre familiares y amigos.

Me voy a quedar en mi casa porque no sé tampoco lo que se vota, y menos qué o quiénes se presentan. El nombre de Ángel Gabilondo está en la papeleta, pero es Pedro Sánchez el que mitinea y da cobertura a un candidato sin fuelle que, hasta el momento, no ha tenido arrestos suficientes para decirle cara a cara eso de que él no gobernará con los votos de Pablo Iglesias. Con los extremos no, asegura el candidato oficial. Él no, pero su jefe sí. El candidato socialista miente cuando lo dice, y miren que me cuesta escribir esto tratándose de Ángel Gabilondo. Pero es lo cierto que si tiene alguna opción de gobernar y los votos de Podemos suman, Gabilondo no hará remilgos en gobernar con “este Iglesias”. Y con el otro, el que sea y esté por ver, también.

El nombre de Isabel Díaz Ayuso está en las papeletas, pero cómo no percibir la presencia cuando no la sombra cansada de Pablo Casado, que a lo que se ve se juega parte de su futuro en lo que algunos llaman malamente la batalla de Madrid.

También está impreso el de Edmundo Bal, un voluntarioso abogado del Estado metido a político con la única y triste misión de salvar a un partido que hace meses decidió suicidarse. No serán pocos los que se acerquen a los colegios electorales sabiendo que estas y otras elecciones ya pasadas no hubieran hecho falta si Ciudadanos hubiera aceptado gobernar este país junto al PSOE.

No lloremos por lo que pudo ser

Es agua pasada, pero en las elecciones de abril de 2019, PSOE y Cs sumaban 180 escaños. Ionesco sin duda no pensaba en estos dirigentes cuando, en El Rey se muere, escribió que "trabajar sobre la muerte nos ha dado mucha vida". La muerte de la democracia, se comprende, claro. Ni siquiera, mutatis mutandis, alberga uno la esperanza de que el sistema se regenere y galvanice. Somos un pueblo que ha llegado tarde siempre allí donde nunca pasa nada, y si pasa, es siempre lo peor. 

Querido Agustín, si el día cuatro estás en casa, espera mi llamada, que con gusto te invitaré a unas cañas con unos bacalaos en casa Revuelta, mientras comentamos lo feliz y a gusto que se queda el pueblo cada vez que mete su papeleta en una urna. Después del voto, el vermú y una gilda. No hay como creer durante unos segundos que uno tiene poder. Nada como sentir en ese breve tiempo la bondad, la ética, la moralidad y la verdad de quienes piden el voto. Los mismos que cada cuatro años, o cada dos, dan por bueno y beneficioso el enfrentamiento entre intereses y principios. A ellos no les va mal. A los demás, ya ven. Tirando. Se les llena la boca a la hora de llamarnos al voto para celebrar una democracia cuyos cimientos se están comiendo los gusanos. ¿Pero es que no lo notan?  Ellos, por que lo vemos no, desde luego. Pero, ¿y ustedes?

Nuevo canal de debate

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