Yo no sabía, pero ahora lo sé, que la ministra Irene Montero cuando entró en política declaró un patrimonio de 6.000 euros que se han convertido hoy, un lustro después, en 800.000. No lo sabía, y si lo sé es porque Ramón Espinar, que mandó en Podemos Madrid durante un tiempo, así lo ha dejado dicho en un tuit en el que, sin dudar de la honestidad de la compañera de Pablo Iglesias, pide una explicación. La explicación hasta el momento no ha llegado. No llegará, seguramente porque explicar lo inexplicable está en el terreno de la metafísica, espacio que pocos llegan entender. 

Y si llega, puede que se parezca a la aclaración tautológica que Pepe Isbert dio como alcalde de Villar del Río en Bienvenido, Mister Marshall: Como ministra de Igualdad que soy, os debo una explicación, y esa explicación os la voy a dar porque os la debo. Y así una y otra vez. Espinar no duda ni de la honorabilidad ni de la honradez de la ministra, aunque habría que decirle a Mayoral que no son la misma cosa las virtudes que regala a una mujer que llegó a la política pobre y sin experiencia laboral, y hoy luce atributos propios de una burguesa, con chalet, asistentes, asesores, coche oficial, guardaespaldas y niñera incluida.

El honor sigue siendo, para muchos, patrimonio del alma, algo que seguramente quede lejos de las convicciones de la ministra.  La honradez es cualidad de aquellos que actúan con rectitud, justicia y honestidad. Que sea el lector el que pase por el tamiz de semejantes atributos a la señora Montero, a la que su compañero Espinar le pide una explicación. La que razonablemente le están pidiendo, por poner un ejemplo, el millón trescientos mil parados que ha traído la pandemia y han perdido la prestación por desempleo. Todavía hay quien cree que no hay cosa más tonta que un obrero que vota a la derecha. Qué oportunidad le ha dado la política a la titular de Igualdad para explicar y explicarse, y de paso confirmar que eso de los obreros lilas sigue siendo verdad. A algunos, y a algunas, trabajar en estos tiempos de muerte les ha dado mucha vida. Política, se entiende.    

El tuit de Ramón Espinar 

Espinar, que la semana pasada fue trending topic por sus mensajes tras conocerse el patrimonio de los dueños de Podemos, se hacía las mismas preguntas con el compañero de la ministra Pablo Iglesias, hasta ayer vicepresidente del Gobierno de España. Yo no entro en Twitter y creo que así será siempre. El imperante pragmatismo ha hecho de la utilidad y el buen gusto la carga determinante para moverme en esos mundos. Me da igual lo que ahí digan. Una red que iguala las opiniones y que da la misma audiencia a un sabio que a un ignorante es garantía de lío y desajuste, por mucho que algunas opiniones merezcan la categoría que Manolo Lama denomina Camel Trofi.  

Sucede que es Ramón Espinar el que pide explicaciones del patrimonio de la pareja que vive en Galapagar, y sucede que estamos hablando de alguien que no ha tenido tiempo para ser considerado un sucio revisionista o un fascista de última hora porque hasta el 25 de enero de 2019 fue senador, portavoz en esa Cámara de Unidas Podemos y diputado regional en la Asamblea de Madrid. O sea, purito aparato. Es hasta probable que Espinar crea en la honorabilidad y honradez de sus antiguos amigos y compañeros. Y hasta es plausible que sólo esté pidiendo explicaciones para que los tibios que dudan y los fascistas que les ataquen se queden tranquilos.  

¿Por qué no explican sus patrimonios? 

Las bocas de aquellos que creen que no hay bien que tenga su sombra de mal callarían ante la explicación de cómo puede alguien entrar con 6.000 euros y almacenar unos años después lo que antes en Madrid llamaban un capitalito. Por supuesto, de esa cursilería que consiste en llamar a los militantes inscritos e inscritas nada tengo que decir. Cada vez son menos los que votan cuando se les consulta y responden siempre a favor de la sociedad Iglesias & Montero. 

Pero los días pasan, y las explicaciones no llegan. Vamos sosteniendo el criterio de que el dinero, como bien enseñó la vicepresidenta Calvo, no es de nadie, y por eso no hay mucho interés en saber cómo sale y llega a algunos patrimonios. No dudo de la rectitud de la ministra, pero su silencio es perturbador, y más aún, inquietante. Tiene razón Espinar, es el juego de la democracia. La gente pregunta y espera respuestas, y, sobre todo, la confirmación de que la política no puede hacerte rico. Lo espera sobre todo esa gente que tras una larga carrera laboral está en el paro, en un ERTE que se ha convertido o convertirá en ERE o simplemente en paro.   

La explicación que deben y no darán 

Lo verdaderamente extraño es interrogarnos sobre cómo hemos llegado a este punto en el que quien pide explicaciones pasa a ser sospechoso, y en la jerga de los aludidos, un simple fascista. Un traidor. Nuestra democracia es una partitocracia de libro con intereses muy desconectados de las preocupaciones cotidianas. No es aburrida, desde luego, pero cunde el desánimo y empieza a notarse un cierto aburrimiento por la misma.  Y quizá por eso hemos llegado a un punto en el que preguntar es ofender. Preguntar es una moda pasada, algo del siglo XX. Ellos actúan y hablan. Convocan a los periodistas para que tomen nota de sus discursos leídos y cerrados en sesiones en las que las preguntas están prohibidas. Pero sin preguntas no hay claridad, y mucho menos tranquilidad.  

Lo nuestro -ya lo hemos asumido- consiste en votar de vez en cuando. Sólo así se puede entender que haya quien desde el Gobierno nos advierta de que el mundo se acaba y está en peligro. Sí, hasta el ministro de Universidades lo asegura. Y así, que el mismo ministro afirme que si este Gobierno colapsara, España se desintegraría. Así lo ha dicho, tal y como le acabo de escribir el ministro más evanescente de la democracia. Pero el mundo no se va a acabar, al menos para aquellos que sin creer en el Nazareno han probado en sus carnes el sabor del milagro de los panes y los peces. Las metáforas son ignífugas, claro. Y mientras España se va desintegrando seguimos pacientemente esperando una explicación, que nos la van a dar porque nos la deben, y como nos la deben nos la van a dar. Ya.   

Hay un librito del sociólogo Neil Postman que se titula Divertirse hasta morir (Ediciones La Tempestad, 2012). Hay ahí una reflexión que, en estos días tan propios para el silencio y el recogimiento para muchos, puede que nos ayude, si es que damos con la respuesta a una pregunta como esta: ¿De qué nos reímos y en qué momento dejamos de pensar? No sé que es más prolijo, descifrar cómo 6.000 euros se han convertido en 800.000 o responder lo de Postman. Creo que lo de Postman, entre otras cosas, porque para responder en qué momento dejamos de pensar hace falta pensar.