Tuve hace mucho tiempo un profesor en la universidad que nos enseñaba radio y que se empeñaba en explicarnos algunas claves para entender un medio tan importante hoy en España. Nos decía que debíamos huir de la parsimonia y la solemnidad. Sujeto, verbo y predicado y, ante todo, retóricas simples. Y nos recordaba que la radio no era un periódico. Que su audiencia, en un gran porcentaje, no leía jamás un diario. Que había un riesgo cierto -y lo hubo- de llenar los estudios con periodistas cuyo origen era el periódico de papel. Y nos decía: tened muy presente que hay que hacer radio para que la entienda el doctor y el pastor, y en caso de duda, remarcaba, el pastor. Años después le escuché esto mismo a aquel Pepe Bono que enjaretaba mayorías absolutas con la facilidad con que hacía desaparecer a los candidatos de la derecha. Bono, finalmente, terminó hablando para los pastores, y de hecho llegó a jactarse en un mitin de la cantidad de excusados que había puesto, previa subvención, en miles de baños de Castilla-La Mancha. La política en España siempre produjo grandes metáforas con aroma a detrito. De hecho, seguimos en ello.

Sucede con Ángel Gabilondo lo que con los programas de radio más exquisitos y elaborados. Cuanto mejor escritos están, mejor presentados, mejor dichos y contados, menos oyentes tienen. O escuchantes, como dicen ahora. Eso es el candidato Ángel Gabilondo, un señor correcto, bien vestido, bien escrito y articulado; un político con hechuras que recuerdan, a mí por lo menos, a Julián Besteiro, y en consecuencia con los mismos problemas de ajustes y equilibrios que el que fuera presidente del Congreso en la Segunda República. Besteiro, profesor como este señor soso de ahora, fue crítico como el que más con el Gobierno de coalición con los comunistas. Un intelectual metido a político que, siempre que jugó, perdió. ¿Se parecen o no?

A mí me recuerda mucho a Gabilondo, y por eso sólo él debe saber por qué ha puesto su futuro en manos de un señor como Pedro Sánchez. Sólo él sabe lo que le une a un personaje pragmático hasta la obsesión, y muy resuelto a la hora de la impostura y la posverdad. Soso, serio y formal, así le han dicho en La Moncloa que ha de presentarse ante los madrileños de cara al 4 de mayo. No le costará mucho. El candidato socialista está dirigido desde La Moncloa por Sánchez y su factoría de encantadores fabricantes de argumentarios y eslóganes. Por eso, porque su autonomía es limitada, dado lo que Sánchez se juega en Madrid, es muy difícil creerle cuando dice que con este Iglesias él no pactaría. ¿Y con otro? La respuesta tiene trampa, porque este Iglesias puede ser distinto después de las elecciones, depende de su supervivencia. Es más, será diferente. Está en su condición. Dice el candidato socialista que el de Podemos le intranquiliza y ahí envía un mensaje expreso a los que votaron en 2019 a Ciudadanos y ahora se lo piensan. Pero, miren, su jefe dijo aquello de que no podría dormir con Iglesias a su lado. Y ahí están. No dudo de Gabilondo. Dudo de su autonomía. Y por eso no tengo dudas de que si el PSOE suma con lo que saque Podemos, sumarán. Por mucho que el personaje le genere intranquilidad y nervios.

Y así pactaron un Gobierno con un tipo caprichoso y oportunista como Iglesias, que celebrará repetir en Madrid si los números dan. Así han acordado leyes con los que siguen jaleando a los etarras, con los que quieren que se rompa España, o con aquellos que desean un nuevo Frente Popular. Esto sí que intranquiliza a personas que también son ni sosas, ni formales ni serias y no han votado a Sánchez.

Un señor formal entre informales

Es difícil saber qué le une a Gabilondo con todo esto, aunque es fácil imaginarlo. Pero aguanta y soporta. Y aunque dice sentirse orgulloso y con fuerzas para encarar la campaña electoral, la manera en cómo lo dice -cuesta pensar que cree lo que dice- da una idea de la gasolina que tiene en el depósito para aguantar lo que se le viene encima.

Sánchez dijo aquello de que no podría dormir si tuviera que gobernar con Iglesias. Era mentira. Duerme bien y sin problemas. Cierto, Gabilondo no es Sánchez, pero es Sánchez el que manda. Cierto, está muy lejos de Iglesias, pero no hay lejanía que el poder no acerque y determine. Pónganlos juntos y verán. No hará falta mucha atención para saber lo poco que les une y lo mucho que les separa. Ese Gabilondo, siempre lustroso, trajeado, que no sube el tono, que no falta el respeto, sin insultar, sin amenazar con la cárcel al adversario; ese candidato que siente vergüenza ante la descalificación y la hipérbole, constituye para nuestra desgracia el gran fracaso de la política española. No tiene sitio. O al menos no lo tiene junto a Iglesias. Pero el soso se deja. Y hará lo que haga falta. Hay que hacer lo que se deba aunque debamos lo que se haga, dicen por mi tierra. Y se hace.

La pesadilla del candidato serio

El candidato, llegado el momento, facilitaría el poder a Iglesias con los pocos votos que a éste le auguran las encuestas. Pocos escaños pueden asegurar una mayoría en la que el de Galapagar venda caros sus diputados. El serio es el mismo que se deja gobernar por un político sin escrúpulos al que la llamada 'batalla de Madrid' no le interesa. Aquí se juegan otros intereses que no son los de los madrileños, y así lo ha previsto Sánchez, el gran mentor de Isabel Díaz Ayuso, y que ahora  critica el narcisismo de la presidenta. Han leído bien, el presidente más vanidoso de la democracia instalado en eso tan español de consejos vendo, que para mí no tengo. Es claro que está fuera de la realidad. No hay forma de entender que persona tan vanidosa pueda ver en otro lo que a él le sobra.

La política que copia a la televisión

Cada día está más claro que la forma de hacer política ha copiado los formatos de la televisión que triunfa en este país, especialmente el telecinquismo imperante que entretiene al público que votará el 4 de mayo. La pandemia no importa. La escasez de vacunas tampoco. Son las mociones de censura, los votos comprados de diputadillos regionales, las lágrimas de esa pobre mujer maltratada por un infame ex guardia civil, y, siempre, esa obsesión de tratarnos como si fuéramos pastores. Cabreros más bien, que tiene dicho Gil de Biedma.

Poco debe importarnos si Pablo Iglesias, que aún sigue siendo vicepresidente, se está suicidando políticamente. No estaría mal que tipos así, taimados y peligrosos, llenos de rencor y furia, desaparecieran. Gente como esta, que declara alarmas antifascistas y llama criminal a la derecha, es un desastre que no merece este país. Y seguramente muchos de sus incautos votantes. Lo mínimo que le puede dar a Gabilondo es intranquilidad. Lo que de verdad ha de sentir no creo que lo pueda pronunciar delante de un micrófono.

He leído, no sé dónde, que Montesquieu elogiaba a los pueblos cuya historia puede ser leída con aburrimiento porque suelen ser los más prósperos. Y en eso estamos, divertidos ante el espectáculo y sin lugar para el aburrimiento. La prosperidad puede esperar. Como siempre en España.