Opinión

Tú vota, que luego ya veremos

La única virtud del desastre del 'brexit' puede ser que algunos aprendan que los referéndums los carga el diablo, que solo pueden ser el final de un proceso complejo y tomado absolutamente en serio

Theresa May, junto a Donald Tusk
Theresa May, junto a Donald Tusk

Esta será la semana en la que se decida si el Reino Unido, una vez llegado al borde del abismo del brexit, dará o no dará un paso al frente. La cumbre extraordinaria del Consejo Europeo de mañana en Bruselas decidirá si se prolonga la agonía del proceso de salida de los británicos hasta su fracaso final definitivo o si la cosa fracasa este mismo viernes.

Ya vamos viendo que no hay forma buena de salir del embrollo. Cuando una decisión compleja se precipita deliberadamente porque se ve oportunidad de ganar algo menor, cuando se simplifica irresponsablemente en un Si o en un NO, cuando se estimula la testosterona nacional, se ignora la realidad, se excitan los sentimientos nacionalistas, se desdeñan las consecuencias o se miente directa y flagrantemente sobre ellas y se impulsa una votación al todo o nada, luego no hay manera de arreglarlo.

Ya vale de rollos. Una buena parte de los políticos británicos, posiblemente los peores de ellos, adoptaron en su momento una posición populista, tan divertida como irresponsable, con esos toques de engreimiento tan suyos, y les dijeron a sus ciudadanos que era todo muy fácil y muy estupendo, que los británicos siempre habían sido de mejor condición y que les iba a ir como la seda ruling the waves de la política internacional sin la carga de esos pesados de Bruselas, que les recordaban al mítico sheriff de Nottingham con sus impuestos. Cuando mostremos tanta admiración por el parlamentarismo y la política británica, tengamos también en cuenta esas miserias, no vaya a ser que cada sistema tenga las suyas.

Una vez conseguido que las decisiones sean tomadas con las tripas, las mentiras adquieren la certeza tóxica de servir para reforzar lo ya decidido y así fue como funcionó el referéndum populista de 2016. Ahora, tras años de difíciles negociaciones, enfrentados por fin a las consecuencias de la decisión que muchos de ellos impulsaron y algunos aún aplauden, los políticos británicos, ahora ya todos ellos, los malos, los normales y los mejores, se han visto asomados al abismo al que me refería y, como es lógico, no hay manera de que hagan posible lo que desde el primer momento debían saber que era imposible: tomar una decisión radical y popular, sin asumir las consecuencias radicalmente impopulares que deliberadamente se ignoraron o se ocultaron en su día.

La única virtud de este desastre puede ser que algunos aprendan que los referéndums los carga el diablo, que solo pueden ser el final de un proceso complejo, tomado absolutamente en serio y en el que el acuerdo previo sea muy amplio

Ganas dan de esperar que salten de una vez, si no fuera porque arrastrarán tras ellos a una sociedad magnífica, tan europea como las demás, pero engañada, partida y amenazada en su prosperidad y en su unidad por la demagogia y la irresponsabilidad de unos trileros de la política como los que también tenemos por aquí.

La única virtud de este desastre puede ser que algunos aprendan que los referéndums los carga del diablo, que solo pueden ser el final de un proceso complejo, tomado absolutamente en serio, en el que el acuerdo previo sea muy amplio, las consecuencias, bien conocidas por todos y las dificultades nuevas e imprevisibles que vendrán -sin duda- plenamente asumidas.

Lo que el perverso referéndum del brexit nos ha demostrado es que lo de “Tu vota, que luego ya veremos” es siempre un engaño a ese pueblo al que se apela pero al que en realidad se trata de utilizar siempre para los intereses particulares de cada grupo. Indigna muchísimo recordar que, en este caso, tales intereses fueron en su día acallar el sector de los tories contrario a David Cameron y que para conseguir tan miserable objetivo se desatase el incendio que ahora consume al Reino Unido y ennegrece la Unión Europea.

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