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Jesús Cacho

Opinión

Sánchez y la voladura de los puentes

El presidente del Gobierno acaba de dinamitar el último puente que le unía a Pablo Casado

Casado y Sánchez en su última reunión en la Moncloa.
Casado y Sánchez en su última reunión en la Moncloa.

Pedro Sánchez acaba de dinamitar el último puente que le unía a Pablo Casado: el de la indispensable relación personal que en una democracia el presidente del Gobierno y el líder de la oposición están obligados a mantener por el buen funcionamiento de las instituciones. “Esto no había ocurrido nunca en democracia, con ningún Gobierno”, aseguraba ayer un prohombre del viejo PSOE, las manos a la cabeza tirios y troyanos ante esa muestra de vandalismo político que supone la revelación por Sánchez del contenido de un wasap que Casado le dirigió en agosto en torno a un asunto, cualquier asunto, la renovación de los órganos del Poder Judicial en este caso. ¿Cómo podrá Casado fiarse en el futuro de Sánchez? ¿Con qué argumento defender la comunicación privada, incluso en graves cuestiones de Estado, con un presidente que lo puede airear a los cuatro vientos el día menos pensado si así le conviene?           

La política de tierra quemada de Sánchez progresa adecuadamente. Para nadie es un secreto a estas alturas que la estrategia de supervivencia que persigue el inquilino de Moncloa se bifurca en dos direcciones: apropiarse de la base electoral de Podemos a la mayor velocidad posible, terreno en el que el éxito parece estar acompañándole de lleno, y laminar la representación política de la España de centro derecha, reduciendo al silencio al PP a base de avivar el conflicto y exacerbar el antagonismo con un centro derecha al que se hace responsable de todos los males del país y a quien, además, se asocia reiteradamente con Vox, el mal por antonomasia según esa doctrina. Aislar al PP, si no se puede acabar con él.    

Ocurrió la víspera de una de las votaciones en el Congreso de los Diputados para renovar el estado de alarma obligado por la maldita pandemia. En casa de una diputada de un grupo parlamentario pequeño sonó el teléfono caída ya la noche. Era el ministro José Luis Ábalos:

-¿Qué vas a votar mañana?

-Pues ya lo sabes, José Luis, lo he dicho por activa y por pasiva…

-Bueno, mira, dime una cosa, ¿cómo podríamos sumar tu voto?

-¿Para qué quieres mi voto si ya tienes asegurada la mayoría necesaria?

-¡Es que queremos dejar solo al PP en la votación!

Y, efectivamente, la diputada aprovechó el ofrecimiento para reclamar ventajas concretas para su circunscripción, ante lo cual Ábalos pidió media hora para cursar la solicitud “arriba”. Al poco rato, el teléfono de la diputada volvió a sonar:

-Hecho.

Naturalmente, el PP se quedó solo en el “no” a la renovación del estado de alarma y al ladito de Vox. Así es como funcionan las cosas en esta peripatética, desencajada España. La factoría de Iván Redondo en Moncloa se dedica a maquinar maldades las 24 horas del día, operaciones de marketing y/o imagen que luego la flota mediática adicta al Ejecutivo social comunista, que es casi toda, desde luego las televisiones en su totalidad, se dedicarán a llevar a la práctica con lealtad perruna.

Y ahí está Casado, más solo que la una, más perdido que un vendedor de helados en el Ártico. Su silencio resuena cual trueno en esta España a punto de perder pie con el futuro

Entrevista en El País este domingo a Carmen Calvo. Sin venir a cuento, la vicepresidenta avanza que Casado “empieza a tener comportamientos inexplicables”, y que “pretende tener una mayoría en esos órganos [de gobierno de los jueces, se sobreentiende] que ya no se corresponde con sus derrotas electorales”. A la mañana siguiente, lunes, el mismo diario, con la firma del lamentable Elordi Cué, revela que Casado se comprometió con Sánchez por wasap a renovar los órganos del Poder Judicial. Y unas horas después, muy pocas, el propio presidente remataba la faena en unas declaraciones en “La hora de La 1”, donde una meteoróloga especialista en isobaras se encargó de masajearle con algo parecido a una entrevista: “La renovación estaba pactada prácticamente al 99%”, pero Casado se echó después atrás “inexplicablemente”. Los “comportamientos inexplicables” de la Calvo. He aquí pues un trabajo en cadena perfectamente milimetrado. ¡Pena que tal virtuosismo no se aplique para procurar el bien de España y de los españoles en su conjunto!

Y ahí está Casado, más solo que la una, más perdido que un vendedor de helados en el Ártico. Su silencio resuena cual trueno en esta España a punto de perder pie con el futuro. “Resulta incomprensible que se haya callado”, asegura un diputado popular. “Tenía que haber salido negando la existencia de ese wasap [lo hizo, por fin, ayer tarde] o diciendo que está manipulado y, sobre todo y más importante, tenía que haber aprovechado la oportunidad para renovar la oferta al país entero de devolver el control de la Justicia a los jueces, como estaba en la Constitución antes de que en 1985 Felipe González se lo cargara de un plumazo, porque eso sí que lo entendería todo el mundo. Lo que no puede hacer es callarse”. Echar de nuevo mano de aquella promesa electoral del PP en 2011, vendida a los cuatro vientos por Ruiz Gallardón y luego arteramente traicionada, cuando proclamó en el Parlamento que el Gobierno de Rajoy y él mismo se comprometían a “acabar con el obsceno espectáculo de los políticos que nombran a los jueces que han de juzgar a esos políticos”.

¿Carencia de reflejos? ¿Falta de carácter? ¿Ausencia de instinto asesino? Es verdad que Pablo heredó de Rajoy una escombrera por la que ahora empiezan a asomar su rostro ajado los monstruos de la 'Kitchen', o el uso de las cloacas del Estado para salvar el culo del triste Mariano en el asunto Bárcenas, y es también verdad que no tiene a su lado a un Álvarez Cascos capaz de repartir estopa a diestro y siniestro como el asturiano hacía durante la era Aznar. Por encima de todo, es verdad que carece de un Estado Mayor, bien conectado con la sociedad civil, capaz de ayudarle a perfilar un proyecto de futuro para una España liberal y de llevarlo adelante. Es esa cierta sensación de indigencia, de desvalimiento, que hoy proyecta Génova la que tanto daño está haciendo al PP y al propio Casado. Cuentan que en la sede se ha atrincherado Narciso Michavila como sustituto del ínclito Pedro Arriola, sociólogo por sociólogo, dispuesto a entonar al oído del jefe la misma salmodia que tan buenos réditos otorgara al malagueño con Mariano: tú tranquilo, Pablo, que vamos bien y estamos remontando en las encuestas.

Y es posible que tenga razón, porque torres más altas que la de cartón piedra que sostiene el entero andamiaje de Sánchez han caído. De momento, silencio y resignación, con la CEOE y los empresarios del Ibex 35 divirtiéndose con Sánchez en la toldilla de popa, mientras suena la orquestina y el agua empieza a inundar cual torbellino los tanques de proa. “Es que el miércoles pasado, cuando Ana Botín se reafirmó en sus loas a Sánchez, enfatizando lo muy de acuerdo que estaba con el presidente, Pablo tenía que haber salido a mandarle un recado: olvídese usted de la política, señora mía, y preste un poco más de atención a sus accionistas, que lo están necesitando”, sostiene el mismo diputado. Silencio en el puente de mando de Génova. Y fatal convencimiento, entre grandes capas de la sociedad civil, de que todo, o casi, está perdido. Todos los puentes, rotos. Es el lamento del momento: “Lo de España no tiene arreglo”.

El lunes 31 de agosto, tras la exhibición, teleprónter mediante, del presidente ante sus señorías de la gran empresa y la banca españolas en Casa de América, el bello Sánchez se fue a comer discretamente con Botín y Álvarez-Pallete al restaurante Raimunda, en el propio Palacio de Linares. ¿Están seguros Ana y José María de que Pedro no va a largar pasado mañana lo que le contaron en ese almuerzo entre compiyoguis si le conviene?

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