Olvidemos la mirada política, olvidemos la mirada judicial, olvidemos la rabia, el odio y la impotencia y dejemos entrar a la mirada humana, a la empatía y veremos que, en estos casi cuatro años de cárcel que han pasado los políticos independentistas, hay hijos a los que les ha faltado su padre o su madre, hay madres a los que les han faltado sus hijas y sus hijos. Dolors Bassa decía al abandonar la prisión que lo primero que iba a hacer es ver a su madre de casi 90 años, Oriol Junqueras apuntaba en su discurso a la salida de Lledoners que entró en la cárcel el día del cumpleaños de su hijo.

Sé que esto no conmueve a muchos. Esperemos que el odio y la rabia que sienten algunos por haber sido encarcelados y otros justamente por lo contrario, por los indultos, den paso a un mínimo de estabilidad, de entendimiento y convivencia. Si incumplen la ley ya saben lo que va a volver a pasar, no hace falta que se lo recuerden diariamente. Están los jueces, la Justicia y el Estado de Derecho. Y sí, puede resultar muy de lágrima fácil pero la realidad que más que nunca nos ha servido en bandeja la pandemia es que lo más importante en la vida de cualquier ser humano es la gente que te quiere y que tienes alrededor, la familia, los amigos. Verse privado de ese bien es la peor crueldad que puede sufrirse

Salimos, pero "la lucha continua", decía Dolors Bassa y todos los que con ella han abandonado la cárcel. Si algo tienen claro es que seguirán en su empeño por conseguir la independencia de Cataluña, eso no lo ha cambiado ni lo cambiará la cárcel. Sólo lo cambian las urnas. La cárcel no arregla nada, no acaba con las ideas políticas, la vía judicial tampoco porque no hay que acabar con ningún pensamiento, ni ningún ideal independentista, con lo que hay que acabar es con saltarse la legalidad vigente y las reglas de juego. Somos libres de pensar, creer y soñar lo que nos venga en gana y para conseguir según qué en democracia necesitamos ganar en las urnas: independentistas y constitucionalistas. Fin.

Los ciudadanos que quieran, que lo vuelvan a hacer y los que pretendan la independencia, que les voten y el resto, que no lo haga, no hay más. Solo las urnas determinan lo que quiere la sociedad en democracia, nadie puede pensarse que Cataluña es suya. A eso se le puede llamar legalidad, pero también empatía, la que les ha faltado a los independentistas según reconoció la misma presidenta del Parlament, Carme Forcadell, tras lo ocurrido el 1 de octubre de 2017. Falta empatía de un lado y del otro, reconocerse, verse y aceptarse y, a partir de aquí, resolver una situación política en Cataluña que ha sido insostenible, pero también insostenible social y económicamente.

El diálogo extinguido

“Trabajaremos por la amnistía por los 3.000 represaliados, por los exiliados. Trabajaremos desde la política por todo aquello que jamás debió salir de la política”, decía Oriol Junqueras. Porque la política fracasó hace cuatro años, porque los catalanes no podemos ser un grano en el culo para Madrid, para Andalucía, para Extremadura, pero sobre todo para Madrid y de eso se han encargado bien nuestros líderes de todos los colores políticos que han copado la Moncloa y la Generalitat. Sí, es necesario un nuevo camino, un tiempo nuevo para retomar la vía de diálogo que murió en octubre del 17.

Unos se saltaron la ley, otros la aplicaron. Aquellos que se la saltaron han pasado cuatro años en la cárcel. A partir de aquí se ha transitado por el desastre más absoluto político, económico y social para todos y además se le ha sumado una pandemia con miles de muertos y centenares de hogares catalanes en los que ninguno de sus miembros tiene empleo y comen gracias a Cáritas o a los bancos de alimentos. En Vozpópuli se destacaba que, según datos del Registro Mercantil, más de la mitad de las empresas han abandonado Cataluña dese el 1-0 se ha instalado en la región de Madrid. Es obvio que si no hay estabilidad no hay negocio. Por eso, es más necesario que nunca luchar por conseguir la estabilidad en todos los ámbitos y avanzar. Cuídense.