En La Colmena, ese compendio de amargura, sensibilidad y retrato social despiadado de la postguerra española que escribió Camilo José Cela, hay una escena en la que se emplea como contraseña “Napoleón Bonaparte”, a lo que el otro ha de responder “Sucumbió en Waterloo”. Para los españoles siempre ha significado más el enclave belga que Bailén. Tenemos complejo de inferioridad histórica aunque hayamos ganado. Waterloo evoca derrotas gloriosas, caballerescas, en las que el vencedor detiene el fuego de fusilera para que el vencido pueda recoger sus estandartes. Waterloo era epítome de caída de gigantes, de gesta histórica.

Tuvo que venir el ultraderechista proceso y su sempiterno método de pervertirlo todo para que ese nombre de gloriosas reminiscencias se trocase en algo vulgar y zafio. Waterloo, de campo de batalla de generales decididos, tropas valerosas y audaces, caballería cargando contra los cañones, pasó a ser sinónimo de refugio de cobardes y covachuelistas, de templo de garduña, de mantenidos, subvencionados y supremacistas. Ese Siegmarinen belga que es la Casa de la República y ese Puigdemont insignificante están ahora de nuevo en la palestra porque la cámara europea debe votar si levanta la inmunidad parlamentaria en la que se refugió huyendo de sus responsabilidades.

En ese refugio atrincherado que ha supuesto Waterloo, Bélgica y el parlamento europeo, Puigdemont ha vivido cómodamente al margen de los disparos judiciales, ayudado por una justicia belga que algún día deberá explicarnos que interés tiene en proteger etarras, islamistas, kurdos o golpistas catalanes. Cierro paréntesis de momento, por que es un asunto que conozco suficientemente, así como la influencia de determinadas organizaciones en Bélgica, para hacer otro artículo.

Cuando escribo esto, todo parece indicar que la inmunidad será suspendida, que la justicia española podrá de nuevo solicitar la extradición de la banda de Waterloo – esperemos que esta vez se haga de manera correcta, que ya ven que en Bélgica están a lo que están – y veremos en qué parará la suerte de ese nieto de pastelero que quiso convocar elecciones pero se riló a la que Rufián colgó un tuit y Junqueras junto con Rovira se le pusieron a chillar como dos cabos carteleros. Lo sustancial es que los socios de gobierno en España han votado cosas diferentes en la Eurocámara.

Baja calidad democrática

Si reseño la diferencia es para poner negro sobre blanco lo bajo que ha caído nuestro país en calidad democrática. Tenemos a un gobierno en el que la mitad está de acuerdo con gente que se alzó contra la democracia, la igualdad entre españoles, incluso contra su propia autonomía, para construir una república dictatorial, presidencialista y racista. El gobierno devalúa el concepto de democracia igual que los separatistas lo han hecho con Cataluña.

Las consecuencias no les importan nada. Son operarios de una poderosa empresa de demoliciones que lleva tiempo empeñada en acabar con el sólido contrapeso que representa la Europa democrática frente a las autocracias, teocracias y demás monstruosidades que constituyen una amenaza palpable y real en estos tiempos de miseria y miedo. Saben que la mejor manera de empezar una batalla es cambiar el sentido a las palabras y ahí nos llevan ventaja. Waterloo es “el lugar de exilio del presidente legítimo” igual que España “es un país fascista con una justicia que actúa en nombre del gobierno” y los separatistas “solo quieren dar salida a su mandato político”. Devaluemos palabras, conceptos, historia e ideología y tendremos la mitad de la partida ganada, piensan acertadamente.

Por eso creo urgente decir las cosas como son: el parlamento europeo discute si se le quita o no la carta de “queda libre de la cárcel” que Puigdemont robó de la baraja del Monopoly político para que se le aplican las reglas igual que al resto de jugadores. Y quienes le apoyan son tan tramposos como él. De eso va el asunto. Que nadie se llame a engaño. El resto, pa sucat amb oli, que decimos en mi tierra.