Opinión

El problema de Swift: la verdad y el mercado de las ideas

La libertad de expresión sirve a la búsqueda de la verdad y de esa forma contribuye al bien público, pero en la sociedad digital esa búsqueda se ha vuelto aún más incierta, precaria, sin garantías

Soroush Vosoughi, Deb Roy y Sinan Aral, autores del estudio publicado en 'Science'
Soroush Vosoughi, Deb Roy y Sinan Aral, autores del estudio publicado en 'Science'

“Considerando la natural propensión del hombre a mentir y de las multitudes a creer, confieso no saber qué hacer con esa máxima tan mentada que asegura que la verdad acaba por imponerse”, escribió Jonathan Swift allá por 1710. Esa perplejidad no puede por menos que acrecentarse en nuestra era digital. La amplia difusión de falsedades de todo tipo, especialmente a través de las redes sociales, se ha convertido en un asunto tan sensible como crucial de la conversación pública en nuestras sociedades. Recordemos que el Diccionario Oxford proclamó ‘posverdad’ (post-truth) como palabra internacional del año en 2016, o lo rápido que nos hemos acostumbrado a expresiones como ‘hechos alternativos’ y ‘fake news’. Lo que refleja la creciente preocupación por el modo en que la circulación de bulos y falsedades está afectando a la discusión democrática y al estado de la esfera pública.

Un trabajo de la revista ‘Science’ demuestra que las falsedades no sólo compiten exitosamente con la verdad en Twitter, sino que ganan a esta claramente en todas las dimensiones estudiadas"

El pasado 9 de marzo se publicó en Science un importante estudio sobre la difusión de falsedades online que viene a alimentar el problema de Swift. El estudio realizado por Soroush Vosoughi, Deb Roy y Sinan Aral, investigadores del MIT, examina si hay diferencias en la circulación digital de verdades y falsedades y plantea cómo se explican las diferencias que aprecian en la difusión de las noticias falsas. Hasta ahora disponíamos de algunos trabajos sobre rumores concretos, pero nada parecido a un trabajo a gran escala como éste, que cubre la vida entera de Twitter de 2006 a 2017, identificando y siguiendo miles de historias falsas y verdaderas sobre un amplio espectro de temas: política, economía, desastres naturales, leyendas urbanas o el mundo del espectáculo. En total, 126.000 historias y tres millones de usuarios.

Sin entrar en los detalles del estudio, las conclusiones son poco alentadoras. Las falsedades no sólo compiten exitosamente con la verdad en Twitter, sino que ganan claramente en todas las dimensiones estudiadas. Los bulos e historias falsas circulan más, se difunden más rápidamente, llegan a más usuarios y penetran más profundamente en la red social. Por término medio, una historia falsa llega a mil quinientas personas seis veces más rápido que una verdadera. Alcanza a una audiencia más amplia y encadena más retuits, pues tiene un 70% más de probabilidad de ser retuiteada, según sus estimaciones. Tales efectos se constatan en todas las categorías de información consideradas, pero en el caso de las noticias políticas se dan significativamente acentuados. Un motivo añadido de preocupación.

Quizá la explicación de que la falsedad circule a más velocidad que la verdad se debe a que quienes las difunden cuentan con más seguidores y son más activos en Twitter, pero el estudio lo desmiente. Curiosamente sus propagadores tienen por lo general menos seguidores, tuitean menos a menudo y han estado menos tiempo en la red social. Los bulos llegan más rápido y a más gente a pesar de esas circunstancias. Tampoco podemos echar la culpa a los famosos bots. Según los investigadores, los robots difunden verdades y falsedades aproximadamente al mismo ritmo. Que las noticias falsas vuelen se debe exclusivamente a los seres humanos. La explicación alternativa que sugieren los autores se centra en dos factores. Las falsedades resultan más novedosas que la verdad y las novedades no sólo atraen la atención, sino que tienen mayores probabilidades de ser retuiteadas. Y el contenido emocional asociado, típicamente sorpresa y aversión, también contribuye al parecer a su transmisión viral.

Una historia falsa llega a 1.500 personas seis veces más rápido que una verdadera y encadena más retuits, pues tiene un 70% más de probabilidad de ser rebotada"

Los resultados de Vosoughi, Roy y Aral son compatibles con lo que sabemos por otras fuentes sobre los mecanismos psicológicos y sociales que intervienen en la difusión de rumores. Atendemos a la información de forma sesgada, de modo que tendemos a creer aquello que se ajusta a lo que ya creemos o queremos creer. Son bien conocidas las cascadas informativas, pues cuanta más gente acepta un rumor más fácil es que otros lo acepten también; o que se callen o hagan como si lo creyeran. Las redes sociales funcionan como ‘máquinas de polarización’ que refuerzan las creencias de quienes piensan igual. Y está comprobado que los intentos por corregir falsedades son en muchos casos contraproducentes y acaban por afianzarlas. Por ello algunos comentaristas han señalado que investigaciones como ésta deberían ser motivo de alarma. Como asegura Aral, uno de los autores, la verdad no sólo es importante para el debate público, sino esencial para cualquier proyecto o actividad humana.

Todo esto tiene consecuencias para la defensa de la libertad de expresión, uno de cuyos pilares más robustos y antiguos es la convicción de que la verdad se abre paso en libertad. Está presente en los argumentos de John Milton a favor de la libertad de imprenta, cuando afirma que la censura es innecesaria porque la verdad prevalecerá en el enfrentamiento libre y abierto de las opiniones. También Locke defiende con rotundidad que las leyes no deben cuidar de la verdad porque ‘la verdad saldría adelante si la dejaran defenderse por sí misma’. Son los errores, añade, los que prevalecen con ayuda de la coacción y elementos postizos. Pocos han defendido la libertad de expresión con más elocuencia que John Stuart Mill, quien la considera un requisito esencial para el progreso humano y una cultura pública civilizada. Pero tales beneficios dependen del servicio que la libre discusión presta a la búsqueda de la verdad: ninguna opinión debería ser silenciada, por errónea o perjudicial que parezca, porque ello podría privarnos de la verdad o suprimir algún aspecto de la verdad en los complejos asuntos humanos.

Los bulos se difunden más rápidamente porque, en buena medida, buscamos información de forma sesgada, de modo que tendemos a creer aquello que se ajusta a lo que ya creemos o queremos creer"

Esta convicción ha cristalizado en la metáfora del mercado de las ideas. La metáfora es dudosa, más allá de apuntar a la analogía del intercambio de ideas con el libre mercado, entre otras cosas porque la verdad es un bien público más que privado, pero ha tenido gran influencia en el Derecho Constitucional y la cultura política norteamericana. Su expresión paradigmática se encuentra en la célebre opinión discrepante del juez Holmes en Abrams v. United States cuando escribió que ‘la mejor prueba de la verdad es el poder del pensamiento para ser aceptado en la competición del mercado’. La verdad ofrece el único suelo firme para llevar a cabo nuestros propósitos personales y colectivos, por eso no hay mejor forma de alcanzarlos que por medio de la libre concurrencia de las opiniones.

Hoy no resulta sencillo mantener incólume esa vieja fe en que la verdad se impondrá. Estudios como el aquí referido vienen a ponerla en duda. Y ello nos obliga a repensar nuestra defensa de la libertad de expresión. Afortunadamente razones diversas convergen en su favor. Pero ello no puede ocultar la importancia que en esa defensa ha jugado, y aún juega, el argumento del mercado de las ideas. Como tampoco parece fácil deshacerse de dos elementos clave en su justificación: la libertad de expresión y discusión sirve a la búsqueda de la verdad y de esa forma contribuye al bien público. En la sociedad digital esa búsqueda se ha vuelto aún más incierta, precaria, sin garantías. La perplejidad de Swift es la nuestra.



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