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Gregorio Morán

Sabatinas Intempestivas

El oneroso precio de la libertad

Somos una democracia herida y eso se nota en la mermada capacidad de reacción frente a sus enemigos

Un policía francés frente al retrato del profesor Samuel Paty
Un policía francés frente al retrato del profesor Samuel Paty Europa Press

Habría que buscar las razones por las que el degollamiento del profesor Samuel Patyno ha tenido entre nosotros el valor simbólico que se le ha dado en Francia. Quizá refleje la fragilidad de nuestros referentes sociales, políticos y hasta históricos. Somos una democracia herida y eso se nota en la mermada capacidad de reacción frente a sus enemigos. Aquí hay una puja por proclamarse libres e iguales y cuando uno les escucha se nos hace evidente la duda sobre los límites de nuestra libertad y la falacia de un igualitarismo que no supera la condición de rebaño.

A los hechos. Un profesor de Yvelines, en el entorno del gran París, 47 años, da clases de Historia-Geografía, que incluye un tema tan postergado en nuestras aulas como la Enseñanza Moral y Cívica (EMC). Se puede impartir la Geografía y la Historia sin que eso apenas sea conflictivo, durante años puedes dar el mismo temario histórico y geográfico como quien enseña aritmética, pero hoy día la “Instrucción Cívica” es un instrumento ligado a nuestra conciencia social, eso que ya sabemos que se mueve, se altera, se achica o se manipula para que sea lo más inocuo posible y evitar lo individual para primar lo colectivo: las ideas comunes del creyente fanático. O también lo contrario: ser un material altamente inflamable.

Esa fue la opción de Samuel Paty. Enseñar a ver y admitir la libertad de opinión. Llevaba meses sufriendo los ataques del islamismo protagonizado por el padre de un alumno. Se le difamaba en eso que dan en llamar redes en vez de urinarios. Brahim Chnina, el padre, con la ayuda Abdel Nakim Sefrioni, un veterano del yihadismo -ambos detenidos tras el asesinato- llegaron a denunciar a Samuel Paty por exhibir en sus clases “imágenes pedo pornográficas”, entre ellas las caricaturas de Mahoma que costaron la vida a los periodistas de Charly Hebdo. ¿Acaso el humor y hasta la burla no formaban parte de una Instrucción Pública que facilitara el debate y la tolerancia? El laicismo en Francia es una conquista que ha consentido la Ilustración y la ausencia de guerras religiosas desde hace muchos años.

Pero la inquisición islámica siguió trabajando. En realidad, llevaban haciéndolo desde el falso debate sobre el velo cuando irrumpió en 1989. Un gesto sarcástico en el aniversario de la Revolución de 1789, la que cambió nuestra percepción del poder y de los dioses. Sobre el profesor de Yvelines se fueron cerniendo los peores augurios, sólo faltaba un ejecutor: Abdullah Anzorov, un checheno de 18 años que sólo seguía los preceptos del Islam y las redes de la basura. Llevaba en Francia desde los diez años, por lo que cabe suponer que estudió en el país de acogida, donde su padre había conseguido el estatuto de refugiado político, pero cabe la duda si no lo hizo en las escuelas clandestinas del yihadismo, ajenas a la red pública y donde se atienen a un principio sagrado: por encima de las leyes de la República están los mandatos del Profeta.

Que el checheno y su víctima no se conocían de nada lo muestra el hecho de pagar a un par de estudiantes del Instituto para que le señalaran a Samuel Paty, dos chivatos, detenidos y puestos a disposición de los tribunales de menores

Que el checheno y su víctima no se conocían de nada lo muestra el hecho de pagar a un par de estudiantes del Instituto para que le señalaran a Samuel Paty, dos chivatos, detenidos y puestos a disposición de los tribunales de menores. Los delatores son como las redes de conspiradores; veladas guaridas de criminales en proceso de aprendizaje. El ejecutor compró expresamente un cuchillo carnicero para rebanarle el cuello. Luego huyó y acabó de mala muerte, sin entregarse y baleado. Desconocemos si sintió alguna frustración por no entrar en el paraíso de las huríes, pero dejó una estela terrena que tardará en borrarse.

El presidente Macron había alertado sobre lo que denominó escuetamente con una palabra, “separatismo”. Nuestros buenos albaceas periodísticos han tenido que añadirle algo que él no precisó, “separatismo islamista”. El separatismo para Macron consiste en la construcción de un mundo “separado” de la sociedad republicana. En los últimos años han proliferado en Francia unas rústicas escuelas clandestinas donde se enseña a niños y jóvenes, convenientemente separados por sexos, las creencias del Islam, con especial delectación en precisar que por encima de la república y su mundo de infieles están la sharía, la sagrada ley marcada por el Profeta.

Eso ha permitido que barrios enteros de las ciudades se rijan por normas ajenas a la legalidad y que sean los imanes quienes impartan su ley, sus normas y su rechazo a los infieles. Un mundo paralelo al del común de la ciudadanía donde creencias y costumbres conviven bajo el marco de la libertad republicana. Nadie, desde la derecha de Los Republicanos hasta la extrema izquierda de Melenchon, cuestiona este marco. “Ahora el miedo va a cambiar de campo” dijo el presidente de la República. Demasiados muertos y demasiadas provocaciones han cruzado la línea roja de una sociedad amenazada por el derribo de dos de sus vigas maestras: la libertad de opinión y el laicismo.

Entiendo la sobriedad informativa española sobre lo que está sucediendo en Francia. Nosotros tenemos un techo de cristal. No podemos hablar de “separatismo” porque no sólo forma parte del paisaje, como en Francia, sino que además aquí lo decoran. Los islamistas son una comunidad pacífica y trabajadora y cuando no lo es debemos atenuarlo apelando a la precariedad. No creo que se necesite un politólogo sino un psiquiatra que explique por qué tras los sangrientos atentados de Barcelona y Cambrils, en el verano de 2017, los manifestantes exhibieron dos consignas excéntricas: “Contra la islamofobia” y “No tenemos miedo”. El president Pujol, ferviente católico montserratino, con todo lo que eso conlleva de regalías y oportunismo, favoreció la emigración magrebí en detrimento de la latinoamericana, por aberrantes razones de lengua; siempre les sería más fácil aprender catalán que ese castellano que traían los latinos, reforzado y más rico aún que el de la península.

La justicia francesa y la policía han abierto causas a los autores de los 80 tuits que se felicitaban por el asesinato del profesor Samuel Paty. Se ha iniciado el proceso de disolución del Colectivo francés contra la Islamofobia y el cierre durante seis meses de la mezquita de Pantin, foco del fanatismo “separatista”. Creíamos que los viejos dioses se habían asentado en el ilimitado territorio de sus olimpos, pero llegaron los creyentes en misión y volvieron a traer el miedo de antaño. Y nosotros ni siquiera podemos comentarlo porque los nuevos profetas laicos nos amenazan desde sus urinarios. No somos un Estado fallido, sino una sociedad acojonada.

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