Pocos bienes son tan universales como la electricidad. Todos en mayor o menor medida la consumimos. A diario encendemos la luz, el ordenador o el microondas, ponemos la televisión o la lavadora, hacemos café, cargamos nuestro teléfono… nuestro mundo gira en torno a un enchufe y en cuanto nos falta sabemos que hemos dejado la civilización a nuestra espalda. Aparte de nosotros, meros consumidores domésticos, la electricidad es también la primera materia prima que adquieren todas las empresas. Da igual que sea una cafetería o una gran planta industrial, para producir necesitan consumir electricidad que ponga en marcha la maquinaria. La electricidad mueve los trenes, el Metro y, últimamente, hasta los autobuses de las ciudades. En resumen, sin electricidad todo se paraliza. Podríamos llegar a sobrevivir sin mucho trastorno a un día sin gasolina, pero no a un día sin fluido eléctrico.

Pero la electricidad no se recoge de los árboles. Hay que generarla en centrales de todo tipo. Las más antiguas lo hacen quemando carbón, gas o fuelóleo, las más modernas son solares o eólicas. Entre medias tenemos las nucleares y las hidroeléctricas. El megavatio que generan es el mismo, pero en unos casos hay que emitir CO2 (y otro tipo de sustancias) y en otros no. Desde hace años los gobiernos, especialmente los europeos, están comprometidos con la llamada descarbonización, es decir, con la sustitución de las centrales que emiten CO2 por otras que sean más limpias. A esto lo han dado en llamar transición energética. En España tenemos hasta un ministerio que lleva un nombre muy similar.

La descarbonización ha provocado aumentos sostenidos en el coste de la luz. En Alemania ha subido un 70% en los últimos diez años, en España el incremento desde 2005 ha sido similar

En algunos países esto de la transición energética y la descarbonización de las centrales se lo han tomado muy en serio como es el caso de Alemania o España. En otros, bastante menos. En Polonia, por ejemplo, el 72% de la electricidad generada es mediante térmicas convencionales que queman carbón nacional. Entre los primeros, la descarbonización ha provocado aumentos sostenidos en el coste de la luz. En Alemania ha subido un 70% en los últimos diez años, en España el incremento desde 2005 ha sido similar. Esto ha ocasionado, aparte del enfado de los consumidores, que la industria local haya perdido competitividad. Nada que ver, por ejemplo, con lo que ha pasado en China, donde su Gobierno ha antepuesto el desarrollo a los objetivos climáticos. En EEUU se ha tratado de armonizar la descarbonización paulatina con la generación tradicional para que la transición no disparase los precios. El resultado es que, hoy en día, la electricidad en EEUU cuesta la mitad que en Europa.

En España, el Gobierno lleva años jugando con esto y cargándolo todo sobre la factura de la luz en la falsa creencia de que era tan elástica como una goma. Muchos pensaron que las ganancias en eficiencia de las bombillas, los procesadores o los motores eléctricos compensarían esa actividad de ir sumando sobrecostes a la factura, pero no ha sido así. Es cierto que se ha ganado en eficiencia. Una bombilla LED consume mucho menos que una de incandescencia y los electrodomésticos hoy son menos voraces que hace veinte años, pero el incremento en el precio del kilovatio ha sido tan acusado que no hay manera de compensarlo.

El precio de la luz es la suma de los costes de generación y distribución más la miríada de impuestos y peajes que los políticos han ido adosándole en las dos últimas décadas

Es en ese punto donde activistas y políticos, generalmente de izquierda, levantaron el dedo acusador contra las compañías eléctricas por ser las causantes del alza en los precios. No deja de ser curioso que los críticos con las eléctricas se concentren sólo en su parte y dejen viva la otra. El precio de la luz es la suma de los costes de generación y distribución más la miríada de impuestos y peajes que los políticos han ido adosándole en las dos últimas décadas. Pero a estos raramente se refieren. El problema está según ellos en las eléctricas y sólo en las eléctricas, que operan en régimen de oligopolio y están hambrientas de beneficios.

Las eléctricas son empresas con sus accionistas y, como es lógico, quieren ganar dinero como cualquier hijo de vecino. Eso, según algunos, no está bien porque la electricidad es un producto de primera necesidad. Un bien de primera necesidad al que, curiosamente, le aplican el IVA general del 21% y no el reducido. Pero, aunque le aplicasen este último, los fabricantes de cosas tan básicas como los productos lácteos o el pan también quieren ganar dinero y a nadie le parece mal. No le echamos cuentas a Central Lechera Asturiana o a Pascual por obtener beneficios vendiendo leche de vaca. Todos a fin de cuentas tratamos de ganar dinero con nuestra industria particular y eso no es malo. La expectativa de beneficio es la que nos anima a mantener la actividad y mejorar nuestros productos o servicios.

Un sistema marginalista

Ante una realidad tan evidente, hace unos años los mismos que acusan a las eléctricas de encarecer la luz afinaron su argumentario señalando como responsable de todo el desaguisado al sistema de formación de precios que se emplea en el mercado eléctrico. Es un sistema de tipo marginalista como el de la mayor parte de sistemas eléctricos del mundo. En un sistema marginalista el precio final del producto será el que ponga el último actor en entrar en el mercado. Para que lo entendamos. Todos concurren al mismo mercado con el mismo producto a diferentes precios, en este caso el producto es el MWh. La electricidad que consumimos se está generando en este mismo instante por lo que demanda y oferta deben acoplarse a la perfección. Pongamos por caso que en este momento el mercado demanda 100 megavatios. Para cubrir esa demanda concurren tres ofertantes. Uno oferta 70 megavatios a diez euros, un precio interesante pero no cubre toda la demanda. Entra otro a un precio más alto, 15 euros con 10 megavatios. Pero sigue sin llegar, faltan 20 megavatios para cubrir la demanda, lo que obliga a que concurra un tercero que a esos 20 megavatios que faltan les pone un precio de 25 euros. El precio final para todos será 25 euros. Los que ofertaban a 10 y 15 verán como obtienen un beneficio extra que no esperaban. A eso le han dado en llamar beneficios caídos del cielo o “windfall profits”.

Así de primeras, parece injusto y muy gravoso para el consumidor, pero si lo miramos detenidamente no lo es tanto. El sistema marginalista es muy eficiente para asignar precios porque anima a los productores a ser eficientes cubriendo la demanda a bajo precio y evitando que entren los que producen más caro. Si el primero de los productores del ejemplo que he puesto arriba hubiese podido cubrir los 100 megavatios que se demandaban lo habría hecho encantado, pero no llegó, lo que obligó a meter a otros productores más caros. A pesar de ello muchos piden abandonar el sistema marginalista y pasar a un sistema de pago según oferta o “pay as you bid”, que remuneraría a cada productor según el primer precio que ofrece. Eso les incentivaría a inflar los precios porque, total, se los van a pagar igual. El sistema “pay as you bid” es el que impera en el mercado de productos de segunda mano. Si queremos vender una bicicleta que no usamos y que está en el trastero desde hace años podríamos hacerlo a casi cero euros, pero no, buscamos modelos de bicicleta similares en Wallapop y le ponemos a nuestra bicicleta un precio igual o ligeramente inferior. Eso mismo pasaría en el mercado eléctrico. Los que producen la electricidad barata en centrales nucleares o hidroeléctricas venderían sus MWh al precio de los productores caros. Ahí también habría beneficios caídos del cielo, que es de lo que tanto se quejan muchos. En Inglaterra, de hecho, pasaron a un sistema “pay as you bid” hace unos años y se encontraron con que la factura no se movió. La luz siguió costando lo mismo.

Se han penalizado las formas de generación barata como la energía nuclear o el carbón porque las primeras comportan riesgos y las segundas emiten CO2 a la atmósfera

Luego, para que un sistema marginalista funcione, hay que apostar por una generación barata que atienda la demanda a bajo precio sacando a los productores ineficientes del mercado. Eso es lo contrario de lo que se ha venido haciendo en Europa en los últimos veinte años. Se han penalizado las formas de generación barata como la energía nuclear o el carbón porque las primeras comportan riesgos y las segundas emiten CO2 a la atmósfera. Por otro lado, se subvenciona de forma intensa las energías renovables como la eólica o la solar. Las subvenciones se cargan sobre la factura de todas las formas imaginables hasta llegar al momento presente, en el que la factura incorpora más costes políticos que energéticos.

Es hora de que asumamos de que lo que pagamos por la electricidad no es sólo el coste de producirla y lo que cuesta transportarla a nuestra casa o empresa manteniendo estable el suministro. Eso es lo que debería ser, lo que realmente deberíamos pagar como con cualquier otro producto. El precio de un litro de leche refleja el coste de producirlo y transportarlo hasta el supermercado más un impuesto final en el punto de venta. Con el MW que alimenta nuestro frigorífico no sucede lo mismo.

Podrían haber ido por la vía directa y poner un impuesto del 55% sobre la luz, pero eso no se podía vender a los votantes, así que han ido enterrando esos sobrecostes en lo que técnicamente se conocen como “Tarifas de Acceso” y que todos llamamos peajes. Que hay que subvencionar la implantación de plantas renovables, esas subvenciones se pagan con cargo a los peajes. Que en Canarias o Baleares la luz es más cara porque son sistemas eléctricos insulares, se iguala el precio con cargo a los peajes. Que las minas de carbón asturianas producen poco carbón y de mala calidad, pero tienen que seguir abiertas porque dan empleo, se mantienen abiertas con cargo a los peajes. Que como respaldo a las renovables hemos obligado a las eléctricas a construir decenas de centrales de ciclo combinado que pasan la mayor parte de su tiempo o paradas o funcionando a medio gas, no hay problema, se paga con cargo a los peajes y asunto resuelto. Que el precio de la luz se ha disparado por tanta intervención, tampoco hay problema, se genera un déficit de tarifa y lo titulamos pagando los intereses con cargo a los peajes. Luego ya veremos que hacer con ese déficit, pero si no lo podemos cargar a los peajes dejaremos que suba la luz creando un sistema tarifario como el que entró en vigor hace a principios de mes

La factura echa humo por eso y no por ninguna otra cosa. Podemos seguir engañándonos y señalando a los hombres de paja que el Gobierno, todos los gobiernos, nos ponen delante o asumir cuál son los verdaderos problemas. Se llaman impuestos y sobrerregulación. Si de verdad quieren que la luz baje de precio no tienen más que bajar los primeros y aflojar la segunda.