Día setenta y cinco del estado de alarma. Después de dos meses de confinamiento retomo un tratamiento de ortodoncia que quedó aparcado a causa del estallido de la crisis sanitaria provocada por el Coronavirus. A las tres y media de la tarde entro en el consultorio de mi dentista. Tiene más el aspecto de una UCI que de una clínica dental.

Lo primero que veo al llegar es una comunicación sellada en la que se se hace saber a los pacientes que cada trabajador de la clínica se ha sometido a una prueba de detección para saber si contrajeron el Coronavirus. Todos han dado negativo, asegura el folio. Justo al lado, y también enmarcado, hay una constancia de desinfección de las instalaciones.

Además de la mascarilla, que ya traigo puesta, debo calzarme unos patucos de quirófano, colocarme guantes y un gorro para cubrir mi cabello. Aguardo mi turno en una sala de espera sin revistas ni pacientes. No hay nadie. Están todos en los consultorios, así que sospecho que hay una sincronía, para evitar que nos aglomeremos.

No reconozco ni a mi odontóloga ni a su auxiliar. Acaso por la voz y los ojos consigo saber quiénes son. Despiden al paciente y me piden esperar. Desinfectan todo y, entonces sí, pudo pasar. Mientras aguardo mi turno veo a cada una colocarse dos pares de guantes, dos mascarillas, una pantalla y algo parecido a un vestido plástico. También llevan gorros y patudos.

Más que probarme las fundas, siento que he venido a sacarme el apéndice. Algo parecido al episodio de la peluquería. Si entonces sentí que me peinaba en un quirófano, ahora tengo una versión amplificada. Yo, que descreí del Coronavirus y lo imaginé una estratagema farmacéutica, me arrepiento ahora, aunque ya no valga de nada.

Miércoles 27 de mayo de 2020, Madrid ha entrado al fin en la Fase Uno, pero yo aún pienso lo mismo: aunque se desconfine, el mundo sigue pareciendo un hospital.