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Karina Sainz Borgo

Diario de la cuarentena (53)

No tener rostro

Cubiertos con mascarillas, caminamos por la calle a medio hacer, casi tachados. Nadie puede verte y no puedes ver a los demás

Un hombre camina junto a una tienda de trajes de flamenca que permanece cerrada. EFE/José Manuel Vidal/Archivo
Un hombre camina junto a una tienda de trajes de flamenca que permanece cerrada. EFE/José Manuel Vidal/Archivo

Hubo quienes fantasearon con ser, por un día, el hombre invisible de H. G. Wells. Salir a la calle sin ser visto, transparente como una mampara. Hay que tener cuidado con lo que se desea, porque en ocasiones se cumple. Para desescalarme tuve que aceptar salir a un mundo en el que las personas se evitan y todos, o casi todos, hemos perdido el rostro.

Cubiertos con mascarillas, caminamos por la calle a medio hacer, casi tachados. Nadie puede verte y no puedes ver a los demás. El tapabocas ahoga y empaña las gafas. Tras esa tela, el mundo se vuelve borroso. Nos quita no sólo las palabras, sino el gesto que las acompaña. Es una prenda de los tiempos: una mordaza que vestimos por voluntad propia y que pronto nos venderán en Zara o H&M como si de un fular se tratara.

Llevar puesta la mascarilla equivale a salir a pasear con una compresa sobre los labios, algo que jamás se le habría pasado a nadie por la cabeza. Al menos, la gente ya no se aparta cuando me ve, como ocurría cuando caminaba con la cara descubierta. Dice Ángeles Caballero que, sin canas, el pelo de un solo tono y las cejas domadas siente haber saltado de fase. Tiene razón, la buena presencia exhuma a las personas que fuimos antes del confinamiento.

Y aunque coincido en casi todo con Ángeles, algo se me escapa. No sé si es la mitad faltante del rostro de los demás o la parte de mí que sepulto bajo una gasa color hospital. Con mascarilla no tengo sonrisa ni puedo pintarme los labios, las palabras se condensan y pican, mal ventiladas en la ausencia de conversaciones.

Cubiertos con mascarillas, caminamos por la calle a medio hacer, casi tachados. Nadie puede verte y no puedes ver a los demás

No reconozco a mis vecinos y hasta la gente guapa pasa inadvertida antes mis ojos. De no ser por la mirada, por lo ojos más o menos grandes o luminosos, pareceríamos monstruos, seres de invernadero, gente podada de toda la risa y exceso. Algo envuelto en algodón en el que alguien ha plantado la semilla de un frijol. Hasta la belleza se confinó detrás de esos trapos.

Esta normalidad nunca llegará a ser tal cosa. Faltan los que se han ido. Incluso quienes han conseguido sobrevivir, lucen un ánimo convaleciente. Su redescubrimiento de la vida tiene algo lacerante, un costurón al que le falta mucho para convertirse en piel lisa. Quizá por eso tengamos que usar las mascarilla, para protegernos, para que no nos vean las cicatrices que ha dejado todo esto en nuestro rostro.

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