Parece que fue ayer cuando servidor entraba en la redacción de este diario preguntando por Jesús Cacho. Nos entendimos a la primera porque Jesús sabe lo que quiere y lo que no. Así que ya lo ven, mil artículos más tarde aquí seguimos. Ha llovido bastante desde entonces, aunque posiblemente podría haber llovido algo más. Este es un país de secano, y más que lo será, en el que no se acuerdan planes hidrológicos por mezquindades regionales. Pero a lo que iba. Tras estos mil artículos existe la sincera intención de dar una opinión acerca de lo que pasa en este trozo del universo llamado España. Con mejor o peor fortuna, echando mano de lo que uno sabe, de lo que ve y lo que le cuentan.

Dicen que saber lo que pasa de verdad en nuestro país es poco menos que imposible, porque aquí no hay ni Dios que diga la verdad. Yo creo que no es para tanto. De acuerdo en que los políticos mienten más que una vedette respecto a su edad y que banqueros, periodistas, actores e incluso la señora del supermercado suelen tener una cierta tendencia a, digámoslo piadosamente, hiperbolizar lo que cuentan.

Dicen que saber lo que pasa de verdad en nuestro país es poco menos que imposible, porque aquí no hay ni Dios que diga la verdad. Yo creo que no es para tanto

¿Y qué? En sabiendo estas cosas se hace como los sabios italianos que aconsejan Denari e santità meta della meta y santas pascuas. Por eso uno es descreído, poco dado a fiarse de partidos y partidistas. Algunos de mis amables lectores me lo comentan. “Usted no se cree nada”. Tanto como nada es mucho decir. A los mil artículos me remito. Pero es muy difícil ser crédulo o liberal, que viene a ser lo mismo en este mundo post pandemia, en nuestra tierra. Somos país de milagros, rogativas, apariciones y cruzadas. Aquí todo el mundo sale por la mañana a la calle a pelearse con el resto del mundo porque, ya lo saben, siempre queremos llevar la razón.

Si algo he aprendido en estos mil artículos es a tomarme las cosas con una cierta distancia y, sin negar la presunción de inocencia, sospechar de entrada de cualquier cosa que digan los estamentos oficiales. Así se evita uno muchos desengaños. Y ese estado del alma es pésimo para quienes aspiramos a reír al menos un par de veces al día. Ese es otro asunto que he intentado introducir en mis parrafadas. El humor. Si Moratín aseguró que el amargor de la verdad lo disimulaba con chistes nunca he entendido porque las cosas más serias no pueden decirse con ironía. Creo, además, que es lo que más molesta al poder. La risa les inquieta sobremanera y por eso se sienten muy complacidos cuando alguien perpetra un mamotreto abstruso pensado para que lo entiendan solo quien lo escribió y su tía de Cáceres.

Si algo he aprendido en estos mil artículos es a tomarme las cosas con una cierta distancia y, sin negar la presunción de inocencia, sospechar de entrada de cualquier cosa que digan los estamentos oficiales

El humor, al ser más universal – y también más endemoniadamente difícil, no en vano llevo más de tres décadas dedicándome a estas cosas – hace que lo que pretendes decir llegue a mucha más gente. Ahí le duele a los que mandan.

Y entre risas y veras, hemos ido pasando las hojas del calendario dejando atrás a Rajoy, a Rivera, a Puigdemont, a Torra, a Iglesias, al confinamiento, a la falta de sentido común, a las tropelías de estos y aquellos, incluso hemos asistido al sepelio de Ciudadanos aunque nadie se atreva a cerrar la tapa del ataúd, al nombramiento de Iceta como ministro o a la entrada de Vox en la vida pública española. Mil artículos en algo más de tres años intentaron dar cuenta de todo eso, tamizado por mi pluma y mi manera de ver las cosas. Son como el DNI, personales e intransferibles, sin amos ni servidumbres, sin ataduras ni componendas. Están escritos desde la total y absoluta libertad de la que gozamos quienes trabajamos para Jesús, sin otro objetivo que el de ser libre y fiable, como nuestro lema.

Me siento profundamente agradecido a esta casa por haberlo podido hacer y a ustedes por interesarse sobre las opiniones de una persona como ustedes, normal y corriente. Que los periodistas también padecemos dolor de cabeza, nos duelen las muelas, discutimos con el gestor o no encontramos unos puñeteros zapatos cómodos.

Ahora, a por los próximos mil. Si Dios quiere.