Opinión

Las branquias del pez charnego

Si somos catalanes y de qué forma y en qué lengua lo somos, lo decidiremos, en libertad, cada uno de nosotros

  • Eduard Sola, director de cine -

El escritor David Foster Wallace fue el orador invitado por la Universidad de Kenyon para su ceremonia de graduación del curso 2005.  El discurso que pronunció ese 21 de mayo, el famosísimo  Esto es agua, se convirtió con el paso del tiempo en una de las piezas de oratoria más influyentes e inspiradoras de la cultura occidental. Han sido muchas las personas que reconocerían después la importancia fundamental que ese texto, que luego Foster Wallace recogió y desarrolló en un ensayo del mismo nombre, tuvo en sus vidas. Un ejemplo perfecto del profundo efecto que un texto creado en estado de gracia que ha encontrado su audiencia y su momento histórico puede llegar a tener en las personas que lo reciben

Dicho discurso empezaba con una historia que más o menos dice así. Un pez viejo se encuentra con dos peces jóvenes y les saluda preguntándoles, “hola chicos,¿cómo está el agua hoy?” Los dos peces jóvenes se miran un momento y contestan al pez viejo,  “¡pues muy bien!”.  “Fantástico” responde  el pez viejo mientras reanuda su camino. Cuando se quedan solos de nuevo uno de los peces jóvenes le pregunta al otro, “Oye, ¿tú sabes que es el agua?”

No tienen ocho apellidos catalanes ni los van a tener jamás, y por supuesto tampoco se les permitirá olvidarlo. Están condenados al tiotomismo, a probar siempre y en cada ocasión que son más catalanes que los catalanes que expiden  carnets de catalanes

Es muy difícil saber qué es el agua cuando uno vive dentro de ella. Los peces jóvenes carecen de medidas de referencia, son incapaces de distanciarse lo suficiente para percibirla como un elemento ajeno a ellos mismos. No saben que es el agua, que es todo y nada a la vez.
Esta historia del agua y los peces es la que mejor ejemplifica el supremacismo, no siempre de baja intensidad, que es consustancial a la Cataluña independentista. Parece que no existe, que no lo vemos, pero está ahí, es el líquido en el que nos movemos y dentro del cual respiramos. Cataluña es la única región en la que los jóvenes independentistas se presentan a sí mismos haciendo referencia siempre, más pronto que tarde, al lugar de donde vinieron sus abuelos, para hacerse perdonar por los elementos puros de la tribu el tener una parte de la familia de Cuenca y la otra de Jaén. No se dan cuenta, porque no saben qué es el agua, de que facilitar esa información sin venir a cuento es profundamente humillante, y que nada logran con eso. No tienen ocho apellidos catalanes ni los van a tener jamás, y por supuesto tampoco se les permitirá olvidarlo. Están condenados al tiotomismo, a probar siempre y en cada ocasión que son más catalanes que los catalanes que expiden  carnets de catalanes, que negarán siempre ser los que detentan esa función pero que todos, en cada grupo social, cada clase, cada equipo, saben quienes son. Todos ellos tienen algo en común. Son los que saben qué es el agua. Con esa diferenciación permanente, esos niños Pėrez o Martínez que sueñan con un apellido de indiscutible raigambre catalana aprenden poco a poco a odiarse a sí mismos.

No me tienen que contar de ningún caso de personas de éxito social en ámbitos muy dominados por la burguesía independentista que nieguen en público el saludo a sus padres emigrantes, porque los conozco con nombres y apellidos y no son pocos. La presión del grupo al que se quiere pertenecer es tan fuerte que pocos resisten. La clase de tropa de los partidos indepes, aquellos que se lanzaban a las calles a quemar contenedores y cortar vías de tren  estaba compuesta por unos cuantos elementos de catalanidad pura, venidos de comarcas, y de una gran masa de meritorios con primos hermanos en Badajoz dispuestos a hacer lo que sea necesario para formar parte de los elegidos. Los hijos y nietos de los charnegos, que ni siquiera saben ya que lo son, porque el Procés tuvo mucho éxito en hacer olvidar a los peces en qué agua nadaban.
Por eso el discurso en los últimos premios Gaudí del guionista  de La casa en llamas, Eduard Sola, en el que reivindicaba su condición charnega, ha levantado tantas ampollas. Porque se refirió al agua en la que nadamos todos y rompió el pacto no escrito de no mencionarla jamás. Sola habló con orgullo de sus abuelos emigrantes en Cataluña y se dolió de todas las faltas de respeto y desprecios recibidos mientras luchaban para conseguir un futuro mejor para sus familias. "Mi abuelo no sabía leer y yo me gano la vida escribiendo", llegó a decir en un discurso hasta ese momento impecable.

En Cataluña importaba quién era tu madre y de dónde venía tu padre, en qué idioma hablaban, qué costumbres tenían. Y se te preguntaba por eso en el colegio y lo asumías como podías

Quién podrá ponerle un pero a una historia tan humana de superación personal y a ese recuerdo familiar. Pues todo el independentismo, que ha salido en tromba contra el charnego que sabe que lo es y que, lo que es mucho peor, se atreve a decirlo en ese mundo de impostura que son las entregas de premios de cine. En Cataluña importaba quién era tu madre y de dónde venía tu padre, en qué idioma hablaban, qué costumbres tenían. Y se te preguntaba por eso en el colegio y lo asumías como podías, sabiendo muy bien la respuesta que era deseable y la que no. Y aunque la situación económica y social de tu familia paliaba, como todo, esa incomodidad sufrida, no desaparecía. El discurso de Eduard Sola ha caído como una bomba entre las juventudes indepes porque muchos se han dado ahora cuenta de repente de que ellos también son charnegos, y que esa agua en la que ha hecho su vida y ha triunfado el guionista premiado es también la misma en la que ellos nadan histéricamente en un intento vano de llegar a ser lo que nunca serán, catalanes de primera. Por eso ahora arremeten contra él tirando de un argumentario inane: El charneguismo es el caballo de Troya del españolismo y el charnego no debe mirar atrás sino solo hacia adelante, hacia la Ítaca soñada en la que por fin seremos todos catalanes premium, sin diferencias entre unos y otros y tal y tal. No se puede recordar al abuelo despreciado ni reivindicar su figura, pero sobre todo, no se puede decir  lo que le venga en gana a cada uno sin que de eso dependa tu condición de miembro del pueblo elegido o paria expulsado al desierto.
Es hora de pegar una patada a la mesa de los conceptos nacionales e identitarios del independentismo y de negarse en rotundo a que ellos escojan siempre los campos semánticos. Si somos catalanes y de qué forma y en qué lengua lo somos, lo decidiremos, en libertad, cada uno de nosotros. Privilegios que da saber qué es el agua frente a bandadas de peces ciegos.

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